El Queen Mary, el barco que lanzó la era de los cruceros de lujo

Hace 80 años, el lanzamiento del RMS Queen Mary ayudó a definir una era de cruceros de lujo
El Queen Mary, el barco que lanzó la era de los cruceros de lujo

La gente disfruta de la oportunidad de la entrada gratuita de un día a bordo para celebrar el 80 aniversario del Queen Mary el 26 de septiembre de 2014 en Long Beach, California.Foto: Getty Images

Cuatro días: eso fue lo que tardó en llegar a Nueva York.

Cuando el Queen Mary fue botado en el río Clyde, en Escocia, en 1934, ésa era la única forma como la gente podía atravesar el Atlántico.

Pasar varios días en el mar tenía sus compensaciones. El Queen Mary tenía dos piscinas, canchas de tenis, bibliotecas y guarderías para las tras clases de pasajeros.

Había juegos en cubierta de aros y naipes. El té vespertino era toda una ocasión. Después llegaba el momento de vestirse para la cena. Hasta los pasajeros de tercera clase tenían una selección de aperitivos.

El autor satírico E. S. Turner, quien estuvo presente en el viaje inaugural, escribió sobre dos pasajeros imaginarios -Beauty y Chivalry- “descendiendo ostentosamente el cortejo de las escaleras, a través de puertas a la altura de dignatarios para festejar bajo un brillo perlado con caviar servido del vientre de una colección de animales esculpidos en hielo: ese tipo de cosas”.

Cunard, el operador del barco, había sido sinónimo de la comodidad discreta, dice John Graves, curador de historia de embarcaciones del Museo Marítimo Nacional en Londres.

“Pero con el Queen Mary se hizo un reconocimiento a la modernidad, particularmente al Art Deco”.

El comedor de primera clase tenía una carta náutica del Atlántico Norte, que rastreaba su posición, así como la de su barco hermano, el Queen Elizabeth. La reunión de ambos en medio del Atlántico era un evento muy esperado.

Los abrigos de piel de las damas se almacenaban en un cuarto frío. El Grill Verandah tenía una terraza donde la gente podía bailar toda la noche.

Y las cabinas de primera clase estaban equipadas con un teléfono que podía llamar a cualquier parte del mundo.

Los años entre las dos guerras fueron la época de oro del crucero transatlántico. Las grandes potencias de Europa competían entre sí por el Blue Riband, el cruce más rápido entre este y oeste.

Alemania tenía los barcos Bremen y Europa; Italia el Rex y el Conte di Savoia. Todos eran emblemas de las ambiciones de sus líderes.

Cuando Francia lanzó el Normandie en 1932, su comedor fue comparado al Salón de los Espejos del Palacio de Versalles.

Pronto le arrebató el Blue Riband a Alemania e Italia.

El Queen Mary era la gran esperanza de Reino Unido. Los trabajadores del astillero en Clydebank crearon un monstruo: tenía el casco más grande del mundo y 12 cubiertas que albergaban a 2.139 pasajeros y 1.101 miembros de la tripulación.

En su deslizamiento por el Clyde en 1934, el locutor George Blake lo describió como un “gran acantilado blanco, descomunal y apabullante”.

Cuando el Queen Mary se inauguró en 1936, el Normandie, recién acondicionado, acababa de ganar el título de la mayor embarcación de pasajeros del mundo.

Sin embargo el barco de Cunard le quitó el Blue Riband cuando logró cruzar el océano en tres días, 21 horas y 48 minutos, y retuvo el título hasta 1952.

Pero esa época dorada estaba destinada a morir. Para 1958, había más gente volando a través del Atlántico que navegándolo.

Hoy queda un sólo crucero tansatlántico, el Queen Mary 2, que realiza 20 trayectos al año entre Southampton y Nueva York. Pero el QM2 es más lento que su predecesor, y tarda una semana en cruzar el océano.

Actualmente los barcos de pasajeros son para cruceros, más que viajes de transporte. El mayor, el Allure of the Seas, es 50 metros más largo que el Queen Mary, tiene tres veces más tonelaje bruto y alberga a 6.000 pasajeros más.

Tiene un teatro de 1.380 butacas, una pista de patinaje sobre hielo, siete “barrios” temáticos, incluido uno con un Central Park bordeado de árboles y el primer Starbucks sobre el mar.

Los cruceros apuntan a múltiples públicos con diferentes atractivos de venta: cenas formales, giras culturales por el Egeo, personajes de Disney o presentaciones de celebridades.

Algunos cruceros viajan por el Caribe. Otros salen al mar y regresan pocos días más tade sin haber atracado en ningún lado: son los llamados “cruceros a ninguna parte”.

Según la Asociación Internacional de Líneas de Cruceros, el organismo comercial que reúne a estas empresas, el número de pasajeros ha aumentado de 12,3 millones en 2003 a 21,3 millones en 2013.

Estados Unidos da cuenta de poco más de la mitad de todos los pasajeros de cruceros en el mundo, seguido de Reino Unido y Alemania. El Caribe es el destino más popular entre los estadounidenses.

Según el analista de mercado Mintel, 14% de los británicos han viajado en un crucero. En 2013 gastaron en promedio US$2.154 por persona en 2013.

David Dingle, presidente ejecutivo de Carnival UK, el mayor operador de cruceros del mundo, dice que China es un área enorme de crecimiento.

El año pasado hubo 600.000 pasajeros de crucero chinos. Dingle cree que la cifra se cuadruplicará en los próximos años.

En cambio, la clase social era la base del diseño del Queen Mary. El barco estaba construido en tres secciones distintivas, cada una con sus propias cabinas, cubiertas y comedores.

“Para mostrar que no éramos campesinos nos vestimos de esmoquin cada noche” escribió Turner, quien viajó en segunda clase en el Queen Mary.

“Era, supongo, algo cómico ver a cuatro extraños, que normalmente nunca se vestían para la cena, luchando y codeándose en una pequeña cabina mientras trataban torpemente de abrocharse el traje”.

Los cruceros han eclipsado a los barcos transatlánticos en escala e instalaciones. Pero en lo que no pueden competir es en el glamour que fue tener a Marlene Dietrich, Charlie Chaplin, Elizabeth Taylor, Winston Churchill y los Windsors a bordo.

“Representaban una forma de vida privilegiada y exclusiva, algo que nunca podrá ser recuperado en los barcos de hoy en día”, dice Graves. Y había algo que trascendía la clase social: el propósito compartido.

“No solamente estaban yendo de arriba a abajo en el Caribe”, dice. “Estaban haciendo algo con su vida, estaban dirigiéndose a un lugar”