Editorial: Cambio histórico con Cuba

La apertura de relaciones con la isla ayudará a recuperar libertades

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La normalización de la relación con Cuba es una decisión razonable y valiente por parte del presidente Barack Obama. Los más de 50 años de bloqueo estadounidense no dieron resultado, no obstante esta acción causará otra tormenta política para la Casa Blanca.

El primer mandatario ya había expresado su intención de terminar con una política anclada en el pasado. El romper un pilar de la política exterior estadounidense con una acción administrativa renovará las críticas republicanas de lo que ya llaman una “presidencia imperial”. A esto se le suma las protestas de una generación de políticos cubanoamericanos que se niega aceptar el fracaso del embargo como instrumento para cambiar a Cuba.

El senador Marco Rubio (R-Florida) ya dijo que hará lo posible para bloquear la acción de Obama cuando presida del Subcomité del Hemisferio Occidental del Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Por él deberá pasar la confirmación de quien podría ser el embajador ante Cuba.

La decisión de Obama es un desafío a la política parroquial de Estados Unidos, basada en el sentir de la comunidad cubana en el exilio en vez de los intereses estadounidenses. La isla ya no es una plataforma para misiles soviéticos ni para las guerrillas latinoamericanas como en décadas pasadas.

Es cierto que Cuba tiene un gobierno dictatorial con libertades limitadas. Sabemos que el largo embargo, y fracasado bloqueo, no mejoró las condiciones en la isla. La experiencia dice que el contacto humano con el exterior, el comercio y el estrechamiento de relaciones es más positivo para abrir un sistema cerrado como el cubano.


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Una mención aparte merece la gestión del Papa Francisco en acercar estas dos naciones. El Vaticano mostró así su capacidad política de mediador, la cual es necesaria en tantos otros conflictos.

Este cambio también eliminará un obstáculo permanente en la relación de Estados Unidos con Latinoamérica, como lo es el tema cubano.

El embargo a Cuba es una reliquia política. La apertura de relaciones no es un premio para los Castro, sino una nueva presión. Ya no habrá excusas de la amenaza del “enemigo” para reprimir y más ojos estarán en la isla viendo lo que ocurre allí. Este es el inicio de una nueva era en una relación complicada.