El 2015 será, sin duda, un gran año

El fin de año es mi feriado favorito. Soy de esa especie de seres humanos que cree firmemente que el año que se inicia va a ser “el gran año”. Lo creo ahora, lo creí en 1980, y lo creeré en el 2040 si entonces tengo vida.

En la vida real, hay simplemente años buenos o malos. Hay unos que traen cambios inesperados que a veces son positivos y otras veces pueden ser trágicos.

El nacimiento de un hijo puede ser, por ejemplo, el golpe de timón que transporte al ser humano a una dimensión diferente en la concepción de la vida. La muerte de un ser querido puede ser el empujón a una puerta que nos lleve a la oscuridad de un dolor profundo e incomprensible.

Pero más allá de aquello, los años transcurren llevando y trayendo en sus aguas experiencias positivas y también dificultades.

Creer que todo será a pedir de boca en el año venidero y que los problemas van a desaparecer como por arte de magia es una tontería, y sin embargo habemos tontos soñadores que creemos a rajatabla que con el sólo cambio del calendario nuestro mundo se transformará. Pero claro, nunca falta el aburrido, como mi hijo de 19 años, que de un golpe y sin anestesia te lanza: “Hey hombre despierta, el primero de enero vas a seguir tan gordo como el 31, y probablemente más.”

Pero la gente como yo se limita simplemente a mirar a esos asesinos de nuestra loca esperanza con desdeño y soberbia. ¡Que saben ellos! A lo mejor mañana sale a la venta la pastillita milagrosa que te vuelve flaquito de un solo tajo.

Este año que termina le robó la virginidad a mi inmortalidad. Y no es que me creyera inmortal, pero el ver morir a tantos amigos y conocidos de mi generación me hizo comprender que la bandida parca no está lejos, por el contrario, está ahí, a la vuelta de la esquina, esperándome para llevarme con ella, aunque yo no quiera.

Los años pasan, las canas se vuelven habitantes permanentes. Los dolores se hacen pan del día, cuando no duele por aquí, duele por allá, pero algo está siempre “descuageringado”. Las fuerzas ya no son las mismas.

Los hijos crecen, algunos inician su camino a su propia independencia, y los padres los miramos con orgullo, pero con nostalgia. Curioso el hombre que se alegra al ver a su descendencia agitar las alas con fuerza pero al mismo tiempo quisiera volver a los tiempos cuando estas aves ahora llenas de energía apenas se podían sostener en dos patitas y tambaleaban sin la ayuda de nuestra mano.

Es la vida y no hay nada que podamos hacer para cambiarla, solo creer que el 2015 será el “gran año”. Y el que lo ponga en duda no sabe nada de nada.

Feliz año, y como diría mi abuelo: “Que en el 2015 los atropelle el vehículo de la felicidad”