Postales de Ali, ‘El Más Grande’, en sus 73 años de vida

Lo divino y lo humano de Muhammad Ali en el capítulo final de su historia
Postales de Ali, ‘El Más Grande’, en sus 73 años de vida
Ali salió el viernes del hospital y pude festejar su cumpleaños en su casa.
Foto: Getty Images

El más grande tendría que ser el más feliz. Tristemente no parece así. Es la paradoja lamentable que preside la vida de Muhammad Ali, el maravilloso “Payaso de Louisville” que cuando todavía se llamaba Cassius Clay decidió que era capaz de desafiar al “establishment”, se negó a combatir en la Guerra de Vietnam, se tragó una dura sanción y le alcanzó la vida para ser el más grande boxeador de la historia.

Una mirada retro desde la otra orilla cuando Muhammad Ali llega hoy a los 73 años mientras lleva a cuestas la pesada mochila de su legado y más que eso, la carga con el peso de la historia como una voz en alto que supo reclamar los derechos que otros les negaban.

Un atleta excepcional y un reclamo a gritos en la figura de un hombre enfermo de Parkinson que apenas puede mantenerse en pie.

Inevitable un dejo de nostalgia, saber así de cerca, que un rudo peleador que supo llenar de arte y gracia la rudeza del boxeo, no haya podido regalarle a las generaciones de este tiempo, su carisma único, su talante indómito y su sabiduría insultante, con las que construyó piedra sobre piedra su propia mitología.

Eso sí, nos regaló Ali una carrera fantástica. Fue el indiscutido campeón de los semipesados en los Juegos Olímpicos de Roma y ese es el primer titular de aquellas fechas puntuales que —¿los dioses del box?— marcan el largo trayecto de su leyenda.

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Primeros pasos de una gran marcha, porque Cassius Clay, tan pronto como en 1964 decidió ponerlo todo en sus términos y el 25 de febrero derrotó a Sonny Liston en Miami para ganar el título mundial de los pesos completos a los 22 años.

Un día después pasó a llamarse Muhammad Ali y se convirtió al Islam.

“¡Soy el más grande!”, le gritó al mundo.

Esa suma de hechos que se atropellan en la memoria señalan la segunda fecha clave en su historia.

Sería el mismo Ali que desfiló con Malcom X y Martin Luther King Jr. contra la Guerra de Vietnam y que en 1967 cuando fue despojado del título mundial por negarse al servicio militar tuvo el apoyo de toda la comunidad “antiwar” de Estados Unidos y del mundo.

Hoy, mientras la televisión nos muestra imágenes de archivo de alguno de sus cumpleaños, lo recordamos como el campeón de todos que no tenía en casa una correa de título mundial, pero que se reía de la autoridades que eran señaladas de arbitrarias y racistas. Ése, el Capítulo tres.

Sin aflojar un milímetro, cuando perdía dinero, pero no respeto, Ali, a pura entereza, fue capaz de ganarle la pelea a sus inquisidores y pudo volver a volar como mariposa y picar como abeja.

Ya lo había hecho en 1965 en la revancha ante Sonny Liston, que liquidó en el primer asalto y quería probarlo de nuevo cuando le levantaron la sanción y regresó al Madison Square Garden ante Joe Frazier.

Como si fuera necesario probar que era solamente un humano, aquella noche Ali cayó ante el inolvidable zurdo de Filadelfia.

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Extrañamente de aquel contraste salió más grande y más fuerte. Parecía que le hubiera agregado un capítulo más a su leyenda y ésa es la cuarta gran marca a los puros tachones en su calendario.

Ganar y perder, los dos impostores impredecibles que aparecen en cualquier curva del camino, no convirtieron a Ali en un boxeador corriente, sólo lo hicieron más humano y sí, lo convirtieron en un competidor más feroz. Así como perdió con Frazier y venció a Frazier, perdió con Ken Norton y venció a Ken Norton y a sus fantasmas.

Ya pasaron 40 años desde el 30 de octubre de 1974, el día en que Ali, en Zaire, le dio una lección de boxeo a George Foreman lo noqueó en ocho asaltos y le quitó el título mundial.

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Ya Estados Unidos tenía perdida la Guerra de Vietnam (terminó en 1975) cuando la vida se reconcilió con el ruidoso moreno de Louisville y tras una espera de siete años pudo volver a ser campeón mundial. Quinta fecha clave en la vida de Ali.

Fue entonces cuando se tomó tiempo y junto al periodista Richard Durham escribió The Greatest: My Own Story. Un libro en el que Ali, en estado puro, y con la autoridad de su grandeza, mientras ordena sus ideas, denuncia y deja al descubierto un establecimiento de ruindad moral y desgreño social sin excusa posible.

Y habría una historia más, o tal vez dos, ocultas en la maraña de fábulas que marcan paso a paso el largo trayecto de una leyenda.

Decía, con toda razón, el inolvidable Bert Sugar: “Los grandes boxeadores siempre pierden la última pelea”.

Hoy, Ali cumple 73 años, muy enfermo y en medio de cuidados intensivos, pero todos lo recuerdan con el cariño que le profesaron al veinteañero camorrista, buscapleitos y fanfarrón que ganaba notoriedad con su carácter volátil y su lenguaje callejero.

Eso reconforta, pero no olvidamos que las portadas noticiosas de todos los días nos dejan abierto un obligatorio séptimo capítulo para consignar los últimos pasos del mítico Muhammad Ali.

El final de su historia. Una pena, pero hasta los eternos tienen su límite.

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Fue aquella noche en el Cesars Palace de Las Vegas frente a Larry Holmes, entonces sólido campeón de los pesos pesados versión CMB.

Rumbo a los 39 años, el físico de Ali duró sólo hasta que su esquina tiró la toalla en el décimo asalto.

Todo después de un ritual de castigo sin oposición por parte de un hombre que tenía marca de 35-0 frente a lo que quedaba de Ali con 20 años de trajín en los ensogados. Esta historia, por un capricho o por puro morbo, la cuentan por episodios.

Tres meses antes del combate Ali- Holmes la Comisión Atlética de Nevada había ordenado un examen neurológico en la Clínica Mayo. Los resultados se mantuvieron en reserva, pero vistos tiempo después se supo que Ali no había superado la prueba.

Eran exámenes básicos para identificar limitaciones funcionales. No podía sostenerse parado sobre un solo pie, tuvo problemas con su “speech” y no pudo con la prueba dedo-nariz de círculos en espiral. Pero la pelea se hizo.

Despúes de eso peleó una vez más y perdió. Entonces colgó los guantes. Muy tarde, porque en 1984, con apenas 42 años, le diagnosticaron el mal de Parkinson.

Desde entonces han sido 30 años viendo apagarse la estrella de más brillo y viendo como se le va la vida gota a gota a “The Greatest”.