El Zar contra el Sultán

El Zar contra el Sultán
Foto: Getty

El reciente choque entre Turquía y Rusia a raíz del derribo de un avión de combate ruso por la fuerza aérea turca ha revivido un conflicto histórico que se remonta la guerra de Crimea del siglo XVIII, cuando Rusia estableció su dominio en la parte suroriental de Ucrania y conquistó la Península de Crimea hasta entonces bajo el mando del imperio otomano.

En noviembre pasado, durante la recién celebrada cumbre sobre el cambio climático en París, el Presidente ruso Vladimir Putin se negó a estrechar la mano al Presidente de Turquía Recep Erdogan, a cuyo gobierno acusó de haber derribado el avión ruso sobre territorio sirio y de estar beneficiándose del contrabando de petróleo que estaría adquiriendo a precios preferenciales de los fundamentalistas del Estado Islámico (ISIS).

El rompecabezas regional se vuelve paradójico toda vez que Rusia y la Organización del Tratado del Atlántico (OTAN), a la cual pertenece Turquía, ahora son aliados en la lucha contra las tropas fundamentalistas del ISIS que han creado el Estado Islámico en un territorio que abarca buena parte de Siria e Irak, y controlan un territorio de alrededor de 56,000 kilómetros cuadrados donde viven cerca de seis millones de personas.

Esta alianza estrategica anti Estado Islámico ha permitido a Rusia ubicarse de nuevo en el tablero geopolítico mundial, toda vez que tanto los Estados Unidos como la Unión Europea han dejado por el momento aparcado el conflicto que tienen con Rusia debido a las pretensiones expansionistas rusas en Ucrania y a su ingerencia en los asuntos internos de esta nación que se desmarca del bloque de naciones influenciadas por Rusia y se ha acercado a la Unión Europea.

Bajo la divisa de combatir al enemigo común, al igual que durante la Segunda Guerra Mundial lo hicieron europeos y sovieticos contra la dominación Nazi y Adolfo Hitler, ahora la alianza entre la OTAN y Rusia se hace para contrarrestar al enemigo común, el Estado Islámico, en Siria e Irak.

Pero, más que una guerra religiosa-fundamentalista, en Siria se lleva a cabo una lucha hegemónica por el control de la producción mundial de gas natural, y de las rutas para transportarlo, ya que este será el recurso energético del siglo XXI. El petróleo, en camino a convertirse en una obsolete fuente de energía frente al gas natural, parece destinado a ser sustituido por esta nueva modalidad energética menos contaminante, más económica y con reservas mundiales incalculables. Las siete grandes reservas de gas natural están en Rusia, Irán, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Estados Unidos (EE.UU.) y Venezuela.

Para romper la dependencia del gas de Europa Occidental a Rusia, EE.UU. planeó el gasoducto Nabucco, que llevaría gas de Azerbaiyán a Europa vía Turquía, y que fracasó. En junio de 2011 Irán construyó un nuevo gasoducto Irán-Irak-Siria para transportar gas iraní hasta Damasco, con una proyección al puerto de Tartus y de allí bajo el Mediterráneo hasta Grecia. La respuesta norteamericana al proyecto iraní ha sido un gasoducto alternativo que llevaría gas de Qatar a Europa para hacerle la competencia al gasoducto ruso South Stream, que nace en Rusia asiática y desemboca en el Mar Negro, pasando por Grecia y el sur de Italia uno de sus ramales, y por Hungría y Austria, el otro.

La ruta del oleoducto que plantea EE.UU. partiría de Qatar, pasaría por Arabia Saudita y Jordania. Uno de los ramales debe ir a Turquía para liberar a este país del gas iraní, pero la única ruta es por Siria, de modo que el gasoducto llegaría a Homs en territorio sirio y de allí se dividiría en tres ramales. Uno a Latakia (Siria), otro a Trípoli (Líbano) y un tercero hacia Turquía.
Aquí se vuelve relevante la posición de Turquía y Rusia como actores principales de la región. El zar y el sultán disputándose el corazón de la princesa Siria.

Y es que a nivel geopolítico ambos países, en el escenario sirio, representan a dos bloques diferentes empeñados en controlar las rutas gasíferas y la producción petrolífera: el Estado Islámico (ISIS), Occidente y las monarquías del golfo pérsico por un lado, y por el otro Irán, China, Rusia y Siria.

Estas dos fuerzas hegemónicas y sus proyectadas rutas gasíferas definirán, en las guerras que vienen, el nuevo Atlas regional del siglo XXI.