Crónicas mexicanas: Esa bestia llamada PRI

¿Qué alimenta a esta bestia? El miedo. Miedo que, sin embargo, la gente de a poco va perdiendo
Crónicas mexicanas: Esa bestia llamada PRI
Los principales dirigentes del Partido Revolucionario Institucional participaban en una rueda de prensa en julio en Ciudad de México.
Foto: EFE

Jean Paul Sartré enseñó en su novela “La Náusea” que existen personas tan inverosímiles que delegan a otros la responsabilidad de sus malas acciones. Personas que han perdido totalmente la voluntad y cuyo único plan de vida es obedecer a alguien más, con lo que sea y por lo que sea, sin que nunca sea suya la culpa de algo. Un mundo sin consecuencias. Un robot, o un animal, o ambas cosas al mismo tiempo.

De esta enseñanza alguna vez encontré mi propia definición de un militante del PRI. Sabía – y conforme pasa el tiempo lo reitero-, que quienes viven anclados a los intereses creados de ese partido político son personas con sonrisas de cartón. Seres vertebrados que amanecen y duermen cada día según la ley de la alienación. Malos para mentir, pero buenos para insistir, creen sus propias mentiras tan sólo por decirlas una y otra vez.

Pero, poniendo un poco más de atención, he descubierto que en otros Partidos políticos mexicanos, las similitudes son varias. La única diferencia con el PRI, es la falta de poder. Una condición que los condena a negociar su supervivencia a cambio de mediocridad. Y si el priísmo es la cabeza de la bestia, el sistema de partidos se pone a la cola. Siguiendo los pasos que dicta su confundida guía. Perviviendo a la sombra de sus huellas.

Es como si nadie se atreviera a saltar de la cola a la cabeza. Tomarla de un mordisco y hacerla caer. Pareciera que todos los partidos se conforman con las dádivas y negociaciones que con el PRI-Gobierno, con el PRI-autoritarismo. Negociar una ley a cambio de una diputación. Una gubernatura a cambio de un presupuesto. Y cuando los intereses son mayúsculos como una Reforma Educativa bien se puede negociar un negocio más jugoso.

Y así, los votos honestos caen en la mesa de negociaciones. La permanente mesa de apuestas donde una elección es una moneda de cambio cuyo valor se deprecia o genera dividendos según el contexto ¿Y quién paga? La casa, el país, el pueblo, los impuestos, el petróleo, la gasolina, la canasta básica, los servicios públicos, la gratuidad de la salud, la educación, la monopolización de los medios de comunicación, de las industrias, la desvalorización del trabajo y los pobres que cada vez son más, aunque crean que todo lo tienen gracias al crédito. Y por supuesto, las y los migrantes.

¿Qué alimenta a esta bestia? El miedo. Miedo que, sin embargo, la gente de a poco va perdiendo.