Los Juegos Olímpicos son expresión de cada época y por eso Río 2016 no se parece nada a México 68

El deporte vive una profunda crisis de dopaje y codicia, y solo queda desear que en los Juegos que empiezan esta semana triunfe el espíritu olímpico
Los Juegos Olímpicos son expresión de cada época y por eso Río 2016 no se parece nada a México 68
Aspecto de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de México 1968, los primeros de la historia en un país latinoamericano. Los de Río de Janeiro serán los segundos, pero el mundo ha cambiado mucho.
Foto: Getty Images

Una pluralidad de significados acompaña a los Juegos Olímpicos desde su origen enmarcado en el mojón del tiempo correspondiente al año 776 a de C. cuando Corebos de Elida triunfa en la carrera del estadio, en una distancia de 192.27 metros correspondientes a 600 pies de Hércules, nombre latino del héroe griego Heracles, el creador de los Juegos Olímpicos según algunos pasajes de las hermosas leyendas helénicas de la antigüedad.

El agón como expresión de lucha deportiva nace como un ritual religioso, funerario de las costumbres pelásgicas. Religión, mito, muerte, competencia atlética, enlazados y reafirmados en la rapsodia XXIII de La Ilíada de Homero cuando Aquiles, durante los funerales de Patroclo, organiza carreras de caballos, pugilato, lucha, jabalina, tiro con arco, con premios para los vencedores: calderas, mujeres de hermoso talle, mulas, talentos de oro.

En el episodio que muestra la habilidad de los aurigas se registra, acaso como primer testimonio del juego limpio y nobleza espiritual, la pugna por la victoria entre el átrida Menelao y Antíloco y la disputa tras que el primero acusa al segundo, posesionado del premio de una yegua, de hacer trampa.

Tras apasionado choque verbal, Antíloco cede la yegua. Y Menelao, con alteza, una vez que el joven reconoce su error, pone fin a su irritación al decir: “Esta yegua que es mía, te la doy, para que sepan que mi corazón no fue nunca ni soberbio ni cruel“.

Signos de la sociedad de cada tiempo

Los JJOO se han trasmitido como expresión de lucha noble. Cada época antigua y moderna le ha comunicado los signos de la sociedad dentro de una corriente formada en la aspiración a la victoria, por la magia, la religión, el idealismo, romanticismo, el amateurismo, alterado por el profesionalismo, el culto al dinero, la fama, la influencia política.

Oscilan los JJOO en una balanza de los valores deportivos, formativos, cada vez más débiles con el espectáculo; en el otro platillo, el mercantilismo y la política. El espectáculo de masas, de un público ignorante de las propias reglas del deporte y de la magnitud del esfuerzo del competidor, sediento del goce de la lucha y de la fuerza emotiva que evocan y transfieren la palabra victoria y récord –Atenea brotó del hachazo que dio Hefestos a la cabeza de Zeus, apareció la diosa guerrera armada y pronunció el horrísono grito de Niké, ¡Victoria!– con los medios de comunicación como principales catalizadores de los JJOO y las poderosas firmas comerciales a las que se suman con gran influencia el egoísmo e intereses políticos, forman un flujo y reflejo contradictorio a la esencia deportiva.

El 15 de marzo de 1896 por iniciativa del Barón Pierre de Coubertin se inauguran en Atenas los Juegos Olímpicos de la era moderna. El próximo 5 de agosto principia la más hermosa fiesta de la humanidad. Son 120 años en los que los JJOO han dejado huella con el esfuerzo cimero de héroes como Johnny Weissmuller, Paavo Nurmi, Emil Zatópek, la rusa Larisa Latinina ganadora de nueve oros; Mark Spitz, el equipo de ensueño de básquetbol, y los astros Michael Phelps con 18 oros, y el meteoro caribeño Usain Bolt.

México 68: coronación del espíritu olímpico

Uno de los acontecimientos más luminosos ocurrió en México 68 cuando el estadounidense Bob Beamon maravilló al planeta al saltar 8.90 m en longitud, ¡65 cms más que el anterior récord mundial establecido en el mismo escenario por el ruso Igor Ter Ovanessian! La hazaña se magnificó con el marbete de “El salto del siglo XXI”. Otra estrella de primera magnitud fue Dick Fosbury, cuya técnica revolucionaria ha permitido el “Everest de 2.45 m” en el salto de altura.

Los Juegos del ’68 marcaron el fin de una era maravillosa. Representaron el ideal puro, de la armonía; fue el más hermoso festival del músculo, la inteligencia, la alegría, la juventud mundial. Miles de atletas ante un público enfervorizado rompieron el protocolo y bailaron, se abrazaron, rieron sin distinción de razas, credo religioso, tendencia política. Se coronaba el espíritu olímpico de competencia, amistad, paz universal como jamás se vio en escenario alguno.

Atrás quedaba el espectro de la Segunda Guerra Mundial y el descarte en Londres 48 de Alemania y Japón. La década de los 60 fue de florecimiento cultural, artístico, científico, social, tras que Europa como ave fénix resurgía de sus cenizas y escombros. Se respiraba un aire de de transformación envuelto en el pacifismo.

De la turbulencia a la ambición

Si los Juegos Olímpicos enfrentaban problemas de gigantismo y comercialización, en 1972 sufrieron el terrorismo del Septiembre Negro que irrumpió en la Villa Olímpica y secuestró a deportistas israelitas en un drama que terminó en un baño de sangre en el aeropuerto muniqués. Montreal 76 que aclamó a la rumana Nadia Comanecci presenció el boicot de África ordenado por el congoleño Jean Claude Ganga.

Moscú 80 vivió el boicot orquestado por Estados Unidos y los anglosajones. EEUU había sufrido un resonante fracaso en Montreal, donde finalizó en tercer lugar con 34 oros superado por las potencias URSS con 50 y la República Democrática de Alemania con 40. En la Guerra Fría sostenida por EEUU y la URSS, el deporte servía de baremo político, social, económico. El éxito olímpico interpretaba la bondad y virtudes de los sistemas. James Carter les puso grilletes a sus atletas e impidió que asistiesen a Moscú. Cuatro años después en Estados Unidos se creó una atmósfera de tensión y rechazo a los soviéticos, y estos y sus satélites declinaron participar en Los Ángeles 84.

Las desmedidas ambiciones crematísticas atropellaron en 1996 a la ciudad de Atenas como sede de los Juegos del Centenario. La riqueza proyectó a Atlanta y la fuerza e influencia política de Tony Blair, primer ministro de Inglaterra, sorprendieron al empujar a Londres por encima de París.

Río, solo queda desear lo mejor

Hoy el mundo presencia aturdido y sorprendido cómo la decisión arbitraria de Sebastian Coe, presidente de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF), y un informe de autenticidad dogmática –sin dar nombres, sustancias, claves de las muestras de laboratorio– que acusa a Rusia de practicar dopaje de Estado veta a decenas de atletas rusos de concurrir a Río de Janeiro y condiciona la participación de cientos.

Los Juegos viven una profunda crisis con el dopaje, reflejo de codicia, vanidad, del triunfo a ultranza, y el terrorismo y la alta tecnología de los drones, los han colocado bajo la espada de Damocles. Cada vez resultan excesivamente caros y difíciles de celebrar en una sola ciudad. Aparte, parece un infortunio-desacierto conceder la sede a países que como Brasil manifiestan problemas políticos, económicos, sociales, organizativos.

No obstante hacemos votos porque Río de Janeiro, conforme al espíritu olímpico, organice los mejores Juegos.

 

Arturo Xicoténcatl es uno de los periodistas con mayor conocimiento del deporte olímpico en Latinoamérica. Ha cubierto más de 10 ediciones de Juegos Olímpicos, además de Mundiales de Atletismo y Natación, dos de las especialidades de las cuales es considerado un experto en el periodismo deportivo mexicano