“Venimos a trabajar y dejamos a los hijos allá en la casa con el miedo de no regresar”

Las nuevas políticas migratorias tienen en vilo a los trabajadores agrícolas de California
“Venimos a trabajar y dejamos a los hijos allá en la casa con el miedo de no regresar”
Trabajadores agrícolas recogiendo fresas en Oxnard.
Foto: J. Emilio Flores / La Opinión

Sumidos en la pobreza y sin casi esperanzas de salir de ella, campesinos latinos que llegaron a Estados Unidos en busca del tan famoso “sueño americano” ceden a sus hijos estadounidenses un anhelo que esperan que el presidente Donald Trump no se lo arrebate con sus políticas migratorias.

“Para mí el ‘sueño americano’ es poder darle a mis hijos lo mejor ¿Qué es lo mejor? Comida, techo, alimento, una mejor educación, la educación que yo no tuve”, dice Beatriz Aguilar, trabajadora del rancho de cilantro Martínez en Oxnard, California.

La coordinadora de campesinos, madre de dos jóvenes nacidos en México y dos pequeños estadounidenses, indica que el presidente y sus medidas para aumentar el control a la inmigración ha generado “mucho racismo” hacia los latinos.

Políticas que tienen en vilo a estos trabajadores que madrugan para llegar las fincas antes de las 6 de la mañana para sembrar o cosechar vegetales y frutas a cambio de unos salarios que les obligan incluso a comprar solo ropa de segunda mano.

Adriana Almazán, del estado mexicano de Oaxaca, indica que el promedio de ingreso anual de cada campesino que conoce es de 23,000 a 27,000 dólares, con los cuales mantienen su hogar en Estados Unidos y envían remesas a familiares en “México, Honduras o El Salvador“.

Según indicadores de 2018 del Gobierno federal, si una persona tiene un ingreso anual de 12,140 dólares está bajo el nivel de pobreza, cifra que aumenta a sólo 25,100 dólares para familias de cuatro miembros.

Pero la pobreza no es lo que más preocupa a estos obreros del campo, sino las crecientes “redadas” de los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).

“Porque nosotros venimos a trabajar y dejamos a los hijos allá en la casa con la preocupación y el miedo de no regresar”, dice Almazán, madre de tres hijas estadounidenses y quien comparte la renta de la casa en una austera vivienda en Oxnard con su hermana, su marido y dos sobrinos para quienes acomodan en la sala una cama y un guardaropa.

“Ellos (los políticos) no se dan cuenta de que sin nosotros no van a comer su verdura ni su fruta”, asegura esta líder campesina mientras asa tomates para las salsas de los tacos de casa y llevarse como almuerzo en el campo.

En el sembradío de cilantro, con el rostro medio cubierto con un pañuelo y sombrero, la mexicana Carla Acevedo, explica que “sin los latinos los Estados Unidos no serían nada”, porque realizan “todo el trabajo que no haría un ‘gringo'”.

Pero ni con esas Librado Álvarez, originario del estado mexicano de Oaxaca, vislumbra un futuro más prometedor, como el que le animó a emigrar desde su país de origen.

Álvarez es consciente de que “soñar con un futuro mejor” en Estados Unidos “está difícil” si en Washington no se aprueba una reforma migratoria para los cerca de once millones de indocumentados que se calcula viven en el país.

“Mis hijos pueden lograr en un futuro un sueño que posiblemente a mí no se me pueda dar”, augura con cierta resignación.

Arturo Rodríguez, presidente del Sindicato de Trabajadores del Campo (UFW), recuerda que en Estados Unidos laboran cerca de “1.6 millones de campesinos”, de los que el 95 % es de origen latino y más del 70 % trabaja sin tener sus papeles en regla.

Los campesinos inmigrantes “tienen tiempo viviendo en Estados Unidos, tienen hijos nacidos aquí, por eso merecen la oportunidad de gozar el ‘sueño americano'”, asevera.

Mientras que Francisco Moreno, portavoz del Consejo de Federaciones Mexicanas en Norte América (COFEM), dice que “el ‘sueño americano’ se nos aleja más a los que venimos a trabajar con nuestras manos”, y por eso sus esperanzas se centran ahora en que sus hijos puedan alcanzarlo, si el Gobierno no les pone más trabas.