Los sueños que terminaron en un desierto

Inmigrantes que lo intentaron, pero no pudieron cruzar a Estados Unidos, y los que lo hicieron en un momento los deportaron

Ancianos en el asilo La Casa para Pobres Desamparados.
Ancianos en el asilo La Casa para Pobres Desamparados.
Foto: Agustín Durán / Impremedia

Inmigrantes cansados y enfermos, muchos con cabello blanco y un caminar lento; unos invidentes y otros sin poder levantarse de su cama; los más afortunados andan en silla de ruedas por todo el asilo buscando alguien con quién hablar, alguien que los escuche porque su familia dejo de hacerlo hace mucho tiempo.

Si, estamos hablando de personas mayores de 50, 60 o 70 años, pero que hace unas décadas, llegaron como inmigrantes a Tijuana con un sueño, unos no pudieron cruzar a Estados Unidos, otros si, pero con el tiempo fueron deportados. El problema es que ahora que están en el ocaso de su vida, con necesidades físicas y psicológicas enormes, han sido abandonados.

Lo triste es que, en muchas ocasiones, hasta sus mismos familiares fueron los que los llevaron al asilo, pero ya no regresaron por ellos.

Si, lo escuchaste bien, su propia familia. Esa palabra con la que muchos latinos en Estados Unidos nos llenamos la boca de decir que lo primero y más importante es la familia. Pero si le preguntamos eso a cualquiera de los 35 inmigrantes que habitan el asilo, te dirán que no es cierto. Que la familia no fue lo más importante, por lo menos no para sus parientes de sangre que se han olvidado de ellos.

Asilo La Casa para Pobres Desamparados en la Rumorosa, en Tecate, México. (Agustín Durán)

Mencioné los latinos en los Estados Unidos porque un gran número de estas personas tienen hijos, hermanos y algunos hasta padres o conocidos en el país más rico del mundo, pero que por diversas razones no los frecuentan ni les hablan, solo a uno que otro, pero igual, no los visitan, y eso hace que los días sean más largos.

Estoy hablando del asilo La Casa para Pobres Desamparados, fundado y administrado por el hermano Pablo desde 1999 para ayudar a los seres humanos que, en la etapa de más necesidad, no tuvieran a alguien que viera por ellos.

Es por eso que desde hace 22 años y literalmente, piedra por pierda, el hermano ha ido construyendo el asilo. Con la ayuda de innumerables voluntarios inició un cuarto, luego otro, luego fue el baño y la cocina, y así, poco a poco se construyó hasta lograr un inmueble que, si bien no es lo que uno quisiera tener, si tiene lo mínimo para cuidar de aquellas personas que los brazos o las piernas ya no les responden como antes.

El hermano Pablo construye un cuarto del asilo, literalmente, piedra por piedra. (Agustín Durán)

Cuando le preguntamos al hermano Pablo cuántos ancianos ya han muerto en el asilo, no quiso responder, solo explicó que cuando llega ese momento tratan de avisarle a la familia de las víctimas, pero no siempre contestan y los cuerpos de los inmigrantes terminan en un lugar en el desierto, a unos pasos del asilo.

Actualmente, el inmueble que se encuentra ubicado en la Rumorosa, en pleno desierto a unos 40 minutos de Tecate, en el estado de Baja California, le están construyendo otros cuartos que servirán de clínica para atender las necesidades básicas de los abuelitos que lo necesitan urgentemente. Ante tanta necesidad, lo triste es que la construcción va a cuentagotas por la falta de recursos.

Es por eso que la organización Los Niños de la Calle con Wendy, del condado de Orange, visitan el asilo por lo menos cinco o seis veces al año para llevarles alimentos y manos expertas que ayuden a la construcción, limpieza o al arreglo del inmueble.

El mes pasado los voluntarios cambiaron todos los sanitarios, y el pasado fin de semana llevaron unas camas, limpiaron y entregaron alimentos para unos treinta días.

Así que, si quisieras cooperar, solo tienes que hablar al 714-635-0130 o visita la página de Facebook: Los Niños de la Calle con Wendy para donar tiempo o dinero. Pero si quieres hablar con el hermano Pablo, solo marca desde Estados Unidos el 011-52-686-233-6941 y él mismo te atenderá.

Agustín Durán es editor de la sección de Metro de Los Ángeles en el periódico La Opinión.