La salida de Irak

La intervención estadounidense comenzó para salvar al mundo de las armas de destrucción masiva y terminará, según parece, como el cumplimiento de una promesa electoral. En realidad no es ni uno ni lo otro. Las mentiras flagrantes, las verdades a medias y los malos cálculos marcaron los ocho años de una guerra elegida e iniciada por Estados Unidos.

Las armas de Saddam Hussein fueron la justificación falsa del expresidente George W. Bush para derrocar al dictador iraquí y reorganizar al país en una quimera de democracia pro Washington.

En tanto, la decisión del mandatario Barack Obama surge de la dificultad para negociar una inmunidad ante la ley iraquí -como la que tienen hoy los 40,000 soldados estadounidenses que siguen allí- para una cierta cantidad de efectivos que habrían quedado en capacidad de entrenamiento de las fuerzas locales y otras funciones.

Obama fue coherente desde el inicio en su oposición a esta guerra y en su política de reducción de tropas, aunque su administración esperaba poder dejar algunos soldados en Irak por más tiempo.

Bush negoció la salida de tropas para fin de año, aunque tanto el actual gobierno iraquí como la Casa Blanca esperaban conseguir que quedara una presencia militar mínima pero estabilizadora. El clima político en Irak, resultado de los largos años de ocupación militar, hizo imposible el acuerdo.

Los errores de anticipar una guerra rápida y poco costosa, en gran parte por esperar que Irak compense los gastos con su petróleo, deja a nuestro país con un pesado legado económico, a un costo cercano al billón de dólares, y humano tanto en pérdidas de vidas, mutilados y soldados con trastornos postraumáticos de la guerra.

Al mismo tiempo, el retiro total de las tropas estadounidenses deja solo al gobierno del primer ministro Nouri al-Maliki para defenderse de los militantes de Al-Qaeda, las milicias chiitas y los insurgentes sunitas. Todo esto bajo la amenaza de expansión de la influencia iraní. Una inquietante incertidumbre domina el futuro de Irak.

El final del conflicto, según el sueño neoconservador, era un Irak agradecido hacia quien lo salvó del tirano, pero la realidad fue la reacción -que no debe sorprender a nadie- de quien no pidió ser salvado y sufrió las terribles pérdidas de una guerra en su tierra.