Sin opciones para hacerle frente a violencia del crimen organizado

Sin opciones para hacerle frente a violencia del crimen organizado
La familia Echevarría, Cristian y Valeria, hijos de Rafael (al fondo), salió de Juárez huyéndole al crimen; en Veracruz enfrentan lo mismo.
Foto: AP

SEGUNDA PARTE

VERACRUZ, México.- Una vez de vuelta en Veracruz, Cristian Echevarría obtuvo un empleo como cajero de un minisupermercado, mientras que su padre decidió tramitar una licencia de taxista.

Valeria había dejado de hablar después del trauma que sufrió en el tiroteo. Pasaba el tiempo dibujando cadáveres en fosas comunes, tal como fueron descubiertos en su barrio de Juárez, pero pareció mejorar después de que ingresó a la escuela.

La administración del entonces gobernador Fidel Herrera prometió también transferir el título de propiedad de la casa de los Echevarría en Juárez, para que adquirieran una vivienda subsidiada en Veracruz.

Eso jamás ocurrió. Los teléfonos de las oficinas creadas para ayudar a los residentes que volvían dejaron de funcionar.El nuevo gobernador, Javier Duarte, asumió en diciembre. Su vocera Gina Domínguez dijo que ahora la “agenda social de este gobierno va encaminada por otro lado”.

“Es un programa, así como se planteó en papel, ideal”, reconoció Domínguez. “Pero obviamente su ejecución no era tan sencilla porque, bueno, finalmente tú tienes que generar condiciones para todos”.

Herrera no respondió a una solicitud de entrevista.

Echevarría no recibió ayuda para pagar los 6,000 pesos (unos 441 dólares) que costaban las nuevas placas de matrícula de su taxi.

Veracruz ha sido durante mucho tiempo un punto en la ruta por la que transitan drogas y migrantes desde el sur. Durante años, estuvo dominado por el cártel del Golfo, que colaboraba con una banda de sicarios formada por exmiembros de fuerzas especiales del Ejército, Los Zetas.

Cuando el estado y el puerto eran controlados por una sola organización, había menos violencia, pero a comienzos de 2010, Los Zetas se escindieron del cártel del Golfo y desencadenaron una lucha atroz en el estado de Tamaulipas, fronterizo con Estados Unidos y ubicado al norte de Veracruz.

Este año, una ofensiva del gobierno para detener esos enfrentamientos hizo que la violencia se propagara también a Veracruz.

El derramamiento de sangre empeoró en los últimos meses, cuando un tercer cártel, supuestamente alineado con el capo más buscado y poderoso de México, Joaquín “El Chapo” Guzmán, llegó a Veracruz en busca de controlar las operaciones del narcotráfico.

Los resultados de esta lucha entre organizaciones distintas quedaron a la vista de los veracruzanos en septiembre, cuando un grupo de hombres embozados interrumpió el tránsito a la hora en que era más intenso, para arrojar 35 cadáveres en una de las principales avenidas del puerto.

Mensajes dejados en el lugar afirmaban que los muertos eran integrantes de Los Zetas, aunque los reportes oficiales han puesto en duda esos nexos. Entre las víctimas había albañiles, expolicías y un taxista.

Los Echevarría se toparon con una situación peor de la que habían escapado.

Se habían mudado a una barriada de casas de ladrillos de concreto, a las afueras de Veracruz, para ahorrar 500 pesos (unos 37 dólares) mensuales en el alquiler.

Durante una entrevista reciente, Rafael llegó a casa. Lucía pálido, caminó directamente al baño y vomitó.

“Tiene el azúcar alto”, dijo su esposa, en referencia a la glucosa en la sangre. “Está muy presionado porque es de los peores años que hemos tenido”.

Los Echevarría explicaron que debieron empeñar su refrigerador y su estufa para pagar las matrículas del taxi, pero después descubrieron que el oficio de taxista se ha vuelto peligroso.

“Ya han levantado [secuestrado y asesinado] a 10 taxistas. A mí me han ofrecido vender drogas”, dijo Rafael. “Sí, me da miedo [trabajar], pero ¿cómo le hago? Tengo que sacar adelante a mi familia”.

Ahora, los Echevarría ganan menos de 250 pesos (unos 19 dólares) al día.

Alejandra destapó una olla que contenía arroz en salsa de jitomate. Había una sola rebanada de pan en un plato y se había agotado la leche en la casa de la familia, que acumula en un rincón varias botellas de plástico que recolecta en las calles para venderlas a razón de 5 pesos (36 centavos de dólar) el kilo.

Tampoco a Valeria, que tiene ahora 8 años, le gusta estar en Veracruz. “No hay parque”, dijo.

La familia ha debido eludir de nuevo las balas, pero esta vez en su propia casa.

Cristian dijo que más de 20 hombres vestidos de marinos llegaron hace unas semanas al barrio, con fusiles en mano. Valeria oyó los disparos y Cristian la llevó a una habitación, donde esperaron a que volviera la calma.

En otro ataque, dijo Cristian, cuatro de sus amigos de la infancia murieron y otros tres fueron secuestrados.

Mudarse a Veracruz fue un error, consideró.

En junio, cuando Cristian termine el bachillerato, se mudará a la casa en Ciudad Juárez y buscará empleo. Si tiene éxito, el resto de su familia se le unirá.

Los homicidios en Juárez han caído de 2,657 en los primeros 10 meses de 2010, a 1,730 en lo que va de 2011. Siguen descendiendo.

Valeria no recuerda la época en que no hablaba y solo se comunicaba mediante dibujos. Era una niña sin un diente, quien apenas sonreía.

Sin embargo, sigue dibujando. Esta vez estaba concluyendo la imagen de un hombre vestido con uniforme militar, quien apuntaba una pistola a otro sujeto, que tenía una mancha rosada en el ombligo. Tres transeúntes gritan: “¡Va a disparar!”.

Valeria puso un título al dibujo: “El gobernador salva a la gente”.