Sherlock catastrófico

'Sherlock Holmes: A Game of Shadows' es un despropósito tan atronador como innecesario

Sherlock catastrófico
Noomi Rapace (izq.), Robert Downey Jr. y Jude Law en una escena de la película.
Foto: Warner Bros. Pictures
Regreso a Clases

Es un Sherlock Holmes inteligente, sofisticado, mordaz, ambiguo, seductor.

El Dr. Holmes que lo acompaña en sus aventuras es perspicaz, bonachón y también astuto.

Y su unión en la pantalla es, en una palabra, magistral.

Por supuesto, estoy hablando de Sherlock, la extraordinaria miniserie de la cadena británica BBC, protagonizada por Benedict Cumberbatch y Martin Freeman en los papeles del celebrado investigador y su ayudante, respectivamente, que se emitió hace un año y cuya segunda temporada está por llegar la próxima primavera.

En ella, la acción se traslada al Londres de la presente década, pero aún así, la producción mantiene el tono sofisticado de la obra de Arthur Conan Doyle.

Ahora bien, si tengo que hablar de Sherlock Holmes: A Game of Shadows, la película que hoy se estrena y que es una continuación de Sherlock Holmes, estrenada hace dos años, los adjetivos no serán precisamente tan alabadores.

El filme original -que convirtió a Robert Downey Jr. en un Holmes histérico, repelente y falto de carisma, secundado por Jude Law en el papel de un Watson algo más controlado pero siempre supeditado a las locuras de la estrella de Iron Man—, fue dirigido por Guy Ritchie con su habitual tono de teórico modernismo narrativo; es decir, incorporando una estética contemporánea a las aventuras de un Holmes a finales del siglo XIX, así como una edición acorde con ese propósito.

Como el éxito comercial fue apoteósico -recaudó 524 millones de dólares en todo el mundo- la secuela ya está aquí, y multiplica por cien todos sus defectos, sin incorporar ninguna mejora.

A Game of Shadows, clasificada PG-13, tarda unos 45 minutos en definir su argumento, porque hasta ese momento parece que lo único que importa a sus responsables es disfrazar a Holmes para que así Downey Jr. pueda hacer gala de su teórica simpatía (de lo único que hace gala el actor es de una sensación constante de repetición, ya que se limita a ser él mismo, como ya hace en la otra franquicia que protagoniza, Iron Man).

Es entonces cuando trata de explicar al espectador que Holmes y Watson deben pararle los pies al temible Profesor James Moriarty (Jared Harris), quien ha ideado un plan con el que pretende desestabilizar Europa, enfrentando a alemanes y franceses con el fin de desatar una guerra en el continente.

En medio de tal amenaza aparece Madam Simza Heron (Noomi Rapace, quien fue la protagonista de la versión sueca de The Girl with the Dragon Tattoo), una gitana cuyo hermano parece atrapado en la red criminal de Moriarty, y Mycroft Holmes (Stephen Fry), hermano del detective cuya función en la cinta no está precisamente bien definida.

La única razón de existencia del guión es crear una serie de secuencias aparentemente espectaculares y muy, muy ruidosas: ya sea en un tren, en una factoría de armas o en medio de un bosque (con un empleo abusivo de la cámara lenta).

Salvo por el enfrentamiento final entre Holmes y Moriarty, donde la acción deja paso a un diálogo más o menos atractivo, en el que los dos personajes hacen gala por fin de sus afiladas lenguas y sofisticados cerebros, el resto de A Game of Shadows es una explosión de excesos que, de nuevo en manos de Guy Ritchie, crea una sensación de estar dentro de una batidora en la que la audiencia es agitada sin parar ni dejándola respirar.

Quizá haya miembros de la misma que, abrumados por el efecto, se dejen engañar y crean haber visto una película.

Estarán muy equivocados: Sherlock Holmes: A Game of Shadows no es un filme, es un despropósito. Así de claro.