Sabores y olores que anuncian la Navidad

Las tradiciones latinas se han impuesto en las celebraciones
Sabores y olores que  anuncian la Navidad
Entre coloridas piñatas y variados dulces, Armando Alvarado con su hija Valeria se preparan para la Nochebuena.
Foto: Aurelia Ventura / La Opinion

Desde muy temprano ayer, el olor de la Navidad ya invadía emociones. En la esquina de Olympic y Central, el bullicio de los comerciantes ofertando sus productos y el de los marchantes, alentaban ese espíritu navideño, pero con un ambiente muy particular.

El aroma de la variedad de chiles, de la jamaica, del tamarindo, mezclado con los olores de las cazuelas de diversos platillos, de las pupusas, de la birria de chivo y de una larga lista que formaba parte del menú, enmarcaban esa estampa folklórica en vísperas de la Navidad.

“Disfruto más venir a comprar estas cosas el mero día”, dice José Hernández, residente de Lynwood. “Este pedacito de calle, me transporta a México, los olores también me traen ese recuerdo y me ponen feliz, aunque no me lo crea”.

Hernández se refiere a la compra de las piñatas, los cacahuates, las colaciones, los tejocotes, las cañas y hasta algunos productos para los tamales. Ahí, en esa esquina, tienen todo lo que la gente necesita para recrear el ambiente del país que dejaron al emigrar a este país.

Armando Ávila, desde hace once años -el mismo tiempo que tiene viviendo aquí-, acude a esa esquina conocida como Central Market, a realizar sus compras.

“Nosotros celebramos la Navidad como en México y hay que sentir ese entusiasmo desde temprano”, expresa Ávila, mientras paga por dos enormes piñatas que han puesto feliz a su hija Valeria de 7 años de edad,

“¡Pásele!”, “¡pásele marchanta!, tenemos todo para las posadas [una tradición de algunos países latinoamericanos]”, grita Elia Santoyo, propietaria de El Cora.

“Aunque no haya dinero, al latino nos gusta disfrutar y comprar aunque no tengamos”, sentencia Santoyo.

Y no se equivoca. Ávila asegura que aunque no fue el mejor el año, se gastó unos dos mil dólares entre la compra de regalos y los preparativos para la cena de Navidad.

Las banquetes parecen haber reducido su tamaño, y el tráfico en esa zona es lento.

“Pero esto no es nada”, asegura Santoyo que tiene 18 años con su negocio en ese lugar. “Hace unos años atrás, aquí no se podía caminar”.

La comerciante cuenta que la mala economía se ve, obviamente, reflejada en las ventas. Y aunque ayer fue el mejor día, no se compara en nada al de hace unos cinco años.

“La gente no llevaba por libra, compraba por costal, dulces, cacahuate, y lo hacía durante toda la temporada de posadas. Ahora es sólo un día”, explica. “Ya no hacen masivas posadas, ahora han reducido sus gastos”.

Santoyo dice que aunado a eso, ya hay más competencia porque aumentó la cantidad de locales y comerciantes ambulantes que ofrecen los mismos productos.

“Este es nuestro mejor día, porque para Año Nuevo, las ventas se bajan un 50%”, añade.

Con mucho o poco dinero, las familias no abandonan su tradición y reviven con nostalgia esos buenos momentos que vivieron en su país.

“Una Navidad sin ponche o tamales no es Navidad”, asegura Eloisa Martínez, que manejó desde Sylmar, para hacer sus compras en Los Ángeles.

“Llegué a las siete de la mañana, para alcanzar hacer mis compras y regresar a preparar la cena”, expresa Martínez, que ha comprado las cañas, el cacahuate y la jamaica para los ponches.

Irma Ramón fue de compras con toda su familia. Sus hijas, visiblemente felices, disfrutan de esa “fiesta” que se vive en esa zona, donde además de todos los productos en venta, la música navideña y de otros ritmos, le ponen armonía.

Las familias latinas, al menos en Los Ángeles, ya no sufren la nostalgia de ciertos productos, porque aquí, dicen, los encuentran casi todos.

“Tenemos todos los productos y podemos continuar nuestras tradiciones, pero aún así, nunca será igual”, dice Refugio Medina, originaria de El Salvador. “Aunque todo esto nos trae recuerdos y nos permite vivir más la Navidad, no es lo mismo que si pudiera estar en mi país”.

Ramón, residente del Monte, dice que esta es la fecha que más disfrutan y que tratan, casi “religiosamente” seguir la tradición.

“A las 12 de la noche, salimos con el Niño Dios. Recorremos la cuadra, llevamos silbatos y luces anunciando que ha nacido”, explica Ramón, originaria de Puebla, México.