Neoyorquinos, siéntense y tomen un respiro

Sin importar la hora, la zona está siempre en ebullición; atestada de turistas y neoyorquinos que compran compulsivamente en Macy's y en las tiendas aledañas.
Neoyorquinos, siéntense y tomen un respiro
Sin importar la hora, la zona está siempre en ebullición.
Foto: Silvina Sterin Pensel

Sin importar la hora, la zona está siempre en ebullición; atestada de turistas y neoyorquinos que compran compulsivamente en Macy’s y en las tiendas aledañas.

Se trata de la meca comercial de la Gran Manzana y sin riesgo de equivocarse, puede afirmarse que todo individuo que recorre el área de Herald y Greeley Square carga una o varias bolsas.

Los compradores atraviesan todas las fases de la experiencia de consumir que supone picos de euforia –cuando aquél par de zapatos calza perfectamente; cuando parece que esa mujer se lleva el sweater deseado y luego lo deja arrumbado o cuando se está dispuesto a pagar una fortuna y la cajera da la buena noticia de que el artículo en cuestión está de rebaja– y también de agotamiento– ¿Por qué compré tanto? ¿Cómo seguir viaje con toda esta carga? Es ese el instante donde se necesita hacer un alto, tomarse un respiro y separarse de la muchedumbre. Pero hasta hace poco eso era un imposible en las calles del llamado distrito 34, en Midtown, y quien se detuviera apenas unos segundos era arrollado por la masa.

Gracias al argentino Ignacio Ciocchini, 42, ahora hay lugares donde sentarse y recuperar la calma en esta convulsionada porción de la ciudad. “Acabamos de instalar 20 unidades”, señala acomodándose en uno de sus propios bancos “y en el futuro se instalarán 1,000 más”.

Se trata del proyecto de mayor envergadura en el que este diseñador de objetos urbanos ha puesto la firma y será la primera vez que una creación suya podrá ser admirada y disfrutada por gente más allá de los confines de Manhattan. “La idea es ubicar aproximadamente 300 bancos por año en Queens, Brooklyn, El Bronx y Staten Island,” comenta orgulloso.

El banco, –de look contemporáneo y realizado en acero pintado al horno–, está compuesto por tres unidades pegadas y es una perfecta combinación entre estética y funcionalidad. “Lo diseñé de un ancho que permite al usuario sentarse cómodamente, hasta acompañado de un niño que también puede sentarse sin molestar a la persona de al lado”, explica. “Quienes están cargados pueden apoyar sus bártulos sin necesidad de tener que apoyarlos en la falda o en el suelo o de quitarle espacio al banco contiguo”.

Ignacio explica las características de su diseño ante la mirada extrañadísima de un hombre sentado en uno de los extremos. No le son ajenas este tipo de situaciones, apunta, porque llegar a diseñar los primeros prototipos requiere un período de rigurosa observación –que él mismo conduce– y muchas veces se ha ligado algún que otro reto.

“Durante varios meses me dediqué a mirar fijo determinados bancos, en el subway, en el Central Park para ver qué cosas no estaban funcionado”, comenta. “Incluso a veces sacaba fotos a la gente sentada y claro, a muchos les parece algo raro, pero yo siempre explico que estoy investigando para lograr que tengan una experiencia más agradable”.

Este diseñador industrial que llegó a Nueva York hace ya varios años ilusionado con encontrar el trabajo que escaseaba en Argentina, explica que de eso se trata su labor: idear algo cómodo que haga llevadera la vida del transeúnte y que más personas utilicen el transporte público o se decidan a caminar y andar en bicicleta para movilizarse.

“El modelo de ciudad actual está agotándose”, dice con un dejo de preocupación. “Tiene que haber menos carros y deben ser más pequeños pero las urbes no están haciendo lo correcto para tentar a la gente a que deje el auto en casa.

Los comerciales de carros ofrecen esos interiores confortables, donde uno viaja cómodo y relajado escuchando música y ¿Qué ofrece la ciudad? Mi trabajo es lograr que la gente disfrute mientras camina”, afirma sin detener la marcha a lo largo de Broadway que está plagada de otros objetos a los que dio vida: un extravagante bote de basura verde chillón, un carrito móvil donde los visitantes reciben información sobre actividades para realizar en Nueva York y hasta los carteles de las calles, enormes y llamativos.

“La B de Broadway tiene unas siete pulgadas de alto y el cartel tiene en su interior cientas de lamparitas LED que se encienden al atardecer entonces se lo puede ver desde lejos”. Muchos de sus diseños, como las nuevas máquinas para abonar el Select Bus Service están traducidos al español.

Vive con su esposa y su hijito en Hunters Point, Long Island City y de allí se monta en el 7 para llegar a las oficinas que comparten las tres empresas que lo emplean como Director de Diseño y Desarrollo Urbano.

Las firmas, 34th Street Partnership, Chelsea Improvement Company y Bryant Park Corporation llegan a manejar unos 80 proyectos en simultáneo. “Estamos haciendo cambios fundamentales y no me quejo; uno siempre está estresado y mejor que sea porque se tiene demasiado trabajo y no porque falta”.