Día del punto y coma

Pasó sin romperse ni mancharse el día del amigo sugerido para alguna fecha de marzo. En algunos países, esa celebración, con el alias de amor y amistad, se realiza en septiembre. También el día de san Valentín, en Estados Unidos, puede considerarse su equivalente.

No nos dejemos imponer el tal día del amigo. No dejemos comercializar, es decir, pordebajiar la amistad con celebracioncitas de menor cuantía.

Difícil encontrar un país donde haya más festividades que en Colombia. Estamos ad portas del libro Guinness como los que empinamos más el codo por cualquier pretexto. Vivimos en un eterno tufillo entre la fiesta que ya pasó y la que se ve venir.

Al paso que vamos habría que celebrar también el día del nuevo mejor amigo. O del nuevo peor enemigo. O darle la bienvenida al día del corrupto, del contratista, del pedófilo, del vándalo que destruye el transporte público, del que ayuda a correr una silla.

Si prospera la multiplicación de jolgorios tendríamos el día del adúltero, del que pasa por la acera de enfrente, del “proustático”, del ateo, del operado de la envidia.

¿Qué tal entronizar el día del guayo? O del amigo personal del punto y coma. Del enemigo personal de las comas, o de los adverbios. Del divorciado o soltero cero kilómetros. Del que repitió epístola.

Al amigo no hay que celebrarlo. Suficiente con tenerlo, amarlo, padecerlo. Saber que ahí está. Puede permanecer en el cuarto de san Alejo de la memoria.

De hecho, son más los amigos que no figuran en nuestra memoria diaria. No por eso pierden su vigencia en el disco duro de nuestros afectos.

No están pendientes del éxito ajeno para subirse a ese tren. De pronto uno está descuidado pensando en los huevos del gallo, y pum: irrumpe la figura del amigo que tira la piedra de su amistad, da una mano, encima un abrazo, un beso, y se esfuma sin pasar factura.

Los mejores amigos son los de antes del Nobel, proclamó el fabulista de Aracataca, Gabriel García Márquez.

La amistad es repetición, sensación de lo ya oído, dicho, visto. Al amigo le contamos la misma historia mil veces. Y no nos retira el saludo ni la mirada.

De pronto le adicionamos a esa historia contada un adjetivo inodoro, o un insaboro sustantivo, cambiamos de lugar una coma. Si mucho nos dirá, en tono benévolo: “Bienvenido al alpiste”, que es una mezcla de alzhéimer con despiste.

Los mandatarios made

in USA han empequeñecido la voz amigo: A cualquier mandatario que se convierta en su ventrílocuo, les haga mandados, les incline el pescuezo, lo gradúan de “líder fuerte” y le enciman el manoseado “my friend“.

El presidente Obama, de Estados Unidos, se encontró en la Cumbre de las Américas, en Cartagena, con sus peores amigos y mejores enemigos. Aunque dicho está de vieja data que Estados Unidos no tiene amigos, sino intereses.

Una vieja definición considera que amigo es aquel con el que no tenemos negocios sino secretos.

“Mis amigos, sí hay amigos”, pero no hay que estar proclamándolo a la rosa de los vientos. El amigo es lo mejor de uno en otra persona. Un advenedizo bienvenido en el chamizo (árbol) genealógico.

Los verdaderos amigos caben en una mano, a juicio de la editoradel Nobel, Carmen Balcells. Y sobran dedos para ponerle la mano al metro.

Por todo lo anterior, manos fuera de los amigos. No más celebracioncitas. El palo -y el bolsillo- no está para cucharas.