Evocación de mis maestros

Como por estos días andamos de mucha celebración del día del maestro en varios países, evocaré algunos que intentaron “desasnarme”:

La señorita Esilda Vahos Agudelo nos enseñó a juntar vocales y consonantes en su kinder del barrio Berlín, Medellín. Se arreglaba como si fuera para una fiesta. Como aplastateclas que se ha ganado el pan con el sudor de sus falanges, estoy endeudado a perpetuidad con ella pues me puso en el camino del periodismo, un destino en el que triunfé tan estrepitosamente que nunca conseguí plata. Su retrato me sonríe desde mi mesita de noche.

Don Bernardo Cardona, “Tomate”, maestro de primaria, nos presentó amigos eternos como Pinocho, Peter Pan, Gulliver, Pulgarcito.

Misiá Etelvina, vendedora de frutas, aconsejaba a la muchachada no desesperar cuando no teníamos con qué comprarle mangos: “Mijo, es mejor tener ganas que quitarlas”.En el seminario, el padre Iván Vásquez me enseñó latín, idioma que es más fácil olvidar que aprender. Me encimó el “Gaudeamos, igitur…”, y el canto gregoriano. Con san Agustín decía que el quid no está en tener mucho, sino en necesitar poco. No soy ateo para no defraudar a quien casi me vuelve fraile.

Don Filiberto, profesor de filosofía, tenía línea directa con Platón y Aristóteles. De Heidegger conocía hasta el grupo sanguíneo. Nos inculcaba tolerancia con esta “jurisprudencia”: Cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas.

El “Gato” Oscar nos explicó tan bien la ley de la inercia a partir del billar, que muchos sabemos de carambolas, poco de física.

Don Nicolás Gaviria recibía en su colegio a los estudiantes maquetas de Medellín. No sé si lo decía él o el eterno cigarrillo Pielroja que lo acompañaba: Si el alumno no supera al maestro, fracasó el maestro. Y le daba el crédito a los tibetanos.

El “Ronco” Martín Uribe, entrenador de fútbol, nos enseñó a celebrar en voz alta los goles nuestros. Y en voz baja los de la competencia. El fútbol por el fútbol. Nos prestaba lágrimas para llorar en las derrotas.

“Dictadura”, hermano lasallista, daba geometría. Con lo que nos enseñó, aprendimos a descifrar el teorema de Tales, versión de Les Luthiers. Le debo una palabra misteriosamente bella: hipotenusa.

Alberto Monsalve hacía memorables las clases de anatomía porque les metía sicología y poesía. Por él supimos que “nos habita” un músculo llamado esternocleidomastoideo. Desde que lo supe, soy un poco más feliz.

El poeta Elkin Restrepo era el profesor de literatura en la U. de Antioquia. Calificaba por la capacidad de sus alumnos para inventar metáforas. Poco le importaba que no distinguiéramos entre una sinécdoque y la sota de bastos. Como nos enamoramos de las mismas actrices francesas, hicimos pacto de caballeros: él se quedó con Catherine Deneuve, yo con Brigitte Bardot. Me encimó a Jean Moreau. Yo le endosé a Michèlle Morgan.

El chileno Jenaro Medina trajo la revista VEA a Colombia. Nos repetía este mantra: “El periodista no tiene derecho a carecer de fuentes, ni a tener mala suerte”.

El maestro Alberto Acosta, fundador de noticieros de prensa, radio y televisión, y quien se proclamaba un “abuelo solitario”, no sacaba vacaciones. “No me crea tan pendejo: ¿pa qué que se den cuenta de que no hago falta?”.

Me enriquecí lícitamente en un taller del argentino Tomás Eloy Martinez. Enseñaba que más vale una mala crónica escrita, que una no escrita, y que el periodismo sirve para vivir (levantar para los garbanzos) y para la vida (crecer interiormente). Agradecido muy con todos.