Entre Vietnam y México

A las naciones las une 60,000 muertos y pocas explicaciones

Guía de Regalos

He estado buscando un libro que usé hace años en mi primer año de estudios graduados en la Universidad de Oregon. Era un tratado filosófico, no era una lectura liviana, con el título Explanation, que utilizaba el profesor Joseph G. Jorgensen en su curso sobre la metodología antropológica.

Menciono el libro porque es una de las pocas obras que conozco que especifica las clases de evidencias que llevan a la comprensión.

Hay explicaciones intencionales, racionales, psicológicas, históricas, y por supuesto -el propósito del curso- las empíricas, que usan el método científico.

Los métodos empíricos más desarrollados dentro de las ciencias sociales eran los que se aplicaban en la economía. La antropología, la más humanística de las ciencias sociales, también contribuía, hasta con estadísticas de muestras mínimas.

Cursábamos estudios en ese recinto universitario bucólico a fines de la década de los 60. Algunas esquinas, en otras partes de la nación, se quemaban y una retórica ardiente encendía los grupos desilusionados.

Los simples espectadores cada vez más se veían involucrados en la inestabilidad de un escenario mundial que se les acercaba al declararse la guerra de Vietnam. Se nos decía que la guerra terminaría pronto, pero no se nos decía nada de la guerra secreta librada en Camboya y Laos, ni de la contrainsurgencia en Tailandia.

Varios estudiantes graduados de mi programa resultaron conscriptos a la guerra. Otros se alistaron voluntariamente, otros más huyeron o se negaron a servir.

Busco hoy aquel libro para volver a aprender la diferencia entre la explicación y la comprensión.

Ese año, en aquel entonces, Joe Jorgensen y otros integrantes de la facultad, montaron una plataforma para el discurso y hablaron de la inmoralidad de la guerra.

La American Anthropological Association ya había estado condenado públicamente la guerra desde 1966. Jorgensen, como integrante del Comité de Ética de la asociación, participó en tratar de proteger la integridad del método de investigación de campo de los antropólogos de ser explotado en el manejo de la guerra.

El conocimiento y la experiencia antropológicos en el tercer mundo con frecuencia se veían comprometidos -adrede y no- por las políticas gubernamentales de contrainsurgencia e investigación clandestina.

Junto al eminente catedrático Eric R. Wolf, Jorgensen escribió un ensayo clásico en 1970, el cual salió en la revista, New York Review of Books, y que hasta hoy es la normativa de la ética de los antropólogos. El ensayo explica la manera en que la investigación antropológica ha sido utilizada en América Latina, India y Asia para formular políticas de contrainsurgencia y para agredir a pueblos pacíficos.

Queda claro, escribieron, que la “objetividad científica” “implica el enajenamiento del antropólogo de las personas entre las que trabaja él o ella”. “El futuro de la antropología, su credibilidad, depende de poder sostener la dialéctica entre el conocimiento y la experiencia”, escribieron Jorgensen y Wolf.

Joe Jorgensen era experto sobre los indígenas norteamericanos. Escribió un texto clásico sobre la religión de la Danza del Sol y sobre los esquimales en la era del petróleo después del derrame de la nave petrolera Exxon Valdez. Se jubiló tras una carrera distinguida de investigación e instrucción como profesor emérito en la Universidad de California, en Irvine.

Yo no sabía que había fallecido en el 2008 hasta que intenté localizarlo para que me diera bien el título del libro y su autor.

Yo conocía a Jorgensen cuando la conciencia de la nación estaba a punto de transformarse después de entender el dolor y el sufrimiento que vivían las familias que habían perdido a sus parientes en el servicio militar, que tenían a amigos y vecinos que volvían a casa heridos, lesionados o inestables.

La transformación se dio cuando entraron en auge las muertes. La gente preguntaba, ¿qué pretendíamos nosotros, como nación, lograr cuando el costo personal era tan alto? La dolencia y la angustia personales fundamentaron la comprensión cuando se entendió que habíamos permitido que nuestros mandatarios manejaran políticas bélicas que llevaban a la muerte y la miseria.

Antes de llegar a su fin, la guerra resultó en la muerte de más de 60 mil estadounidenses del servicio militar.

Hoy, en los últimos cinco años, esa misma cifra, unos 60 mil mexicanos, han muerto o están desaparecidos a causa de la guerra contra las drogas que libra su vecino. Es un resultado, en parte, del tráfico de armas, de las violaciones de derechos humanos, las migraciones, el lavado de dinero, las ganancias ilícitas, la piratería, la corrupción, del cese de transacciones comerciales, y de la anarquía relacionada con el narcotráfico que nutre los hábitos de consumo mayormente estadounidenses y el contrabando de armas.

Así como durante la guerra de Vietnam, nos ha hecho falta tener otra política durante décadas.

Es por eso que usted también debería estar al acecho de ese libro que define lo que es una explicación. Todos tenemos que entender el porqué.

Y tenemos que exigir que nuestros mandatarios dejen de hacernos cómplices en la violencia con sus políticas públicas.