Arnold Schwarzenegger mantiene intacto su carisma en ‘The Last Stand’

Arnold Schwarzenegger regresa como protagonista de su propia cinta de acción con 'The Last Stand', que confirma su hilarante carisma

Arnold Schwarzenegger mantiene intacto su carisma en ‘The Last Stand’
Arnold Schwarzenegger y Johnny Knoxville en 'The Last Stand'.
Foto: Lionsgate

Aunque Arnold Schwarzenegger, durante y justo después de su labor como gobernador de California, actúo en varias películas —Around the World in 80 Days y las dos entregas de The Expendables— no es hasta este The Last Stand en que la exitosa estrella de Terminator regresa al protagonismo, por sí solo, de un largometraje.

Y vaya regreso.

The Last Stand, que se estrena hoy en cines y ha sido clasificada R por su violencia, no es, ni mucho menos, una cinta memorable. Sus altibajos de ritmo son constantes (en ocasiones parece como si avanzara a paso de tortuga), sus escenas de acción no resultan destacables (salvo por el hecho de que tratan de huir del empleo de la tecnología digital para aumentar falsamente el espectáculo, lo que hay que agradecer) y el guión… ¿de veras alguien irá a ver The Last Stand prestando atención a los diálogos?

Pero lo que no se le puede negar al filme, dirigido con sorprendente impersonalidad por el coreano Jee-woon Kim (A Tale of Two Sisters) es que entretiene. Y lo hace gracias a un Arnold Schwarzenegger que despliega su indudable carisma en cada uno de sus planos.

El actor austríaco de 65 años, al igual que Sylvester Stallone, continúa, tras más de 30 años el pie del cañón del cine de acción, siendo un referente del género, no tanto por sus limitadísimas dotes como intérprete (él mismo es consciente de ellas y aprovecha esa impresión para reírse de sí mismo), sino por su presencia magna, legendaria y siempre entrañable.

En The Last Stand, Schwarzenegger da vida al sheriff Ray Owens, que lidia con el día a día de un pequeño pueblo fronterizo donde lo único que la policía hace es rescatar gatos de lo alto de sus árboles.

Pero las cosas cambian cuando el jefe de un cartel, Gabriel Cortez (el español Eduardo Noriega, en un papel que le va demasiado grande), escapa de las manos del FBI en Las Vegas y, a bordo de un auto que fácilmente alcanza las 190 millas por hora, huye hacia la frontera con México.

El agente John Bannister (Forest Whitaker) contacta con Owens advirtiéndole que Cortez va de camino hacia su territorio que, además, ha sido asediado por un grupo de criminales asociados al capo y liderados por el sanguinario Burrell (Peter Stormare).

El sheriff solo tendrá horas para organizar a su equipo, formado por los policías Mike Figuerola (Luis Guzmán), Jerry Bailey (Zach Gilford) y Sarah Torrance (Jaimie Alexander), a los que se les unirán Lewis Dinkum (Johnny Knoxville), un alocado coleccionista de armas, y Frank Martínez (Rodrigo Santoro), el exnovio de Sarah.

Hay que dejar de lado la poca lógica del libreto de The Last Stand: como la falta de teléfonos celulares de algunos de sus personajes o el hecho de que el FBI tarde horas y horas en desplazarse desde Las Vegas a la frontera… cuando en estos tiempos la Casa Blanca puede ordenar el envío de drones a cualquier parte del mundo en segundos.

Pero la película vive en otra época, en la del western. Al fin y al cabo, Schwarzenegger es el John Wayne de The Last Stand, y el resto de personajes parecen salidos de clásicos como Río Bravo.

Dejando de lado la absoluta irrelevancia del producto, hay algo que sí merece ser destacado y que, muchas veces —como en la saga The Fast & The Furious—, se deja de lado: en The Last Stand cada uno de los protagonistas principales buenos, logra una conexión inmediata con la audiencia. El espectador acepta como amigos al sheriff y a sus asociados (la actuación del siempre acertado Luis Guzmán viene a la memoria) y es por ello que, cuando alguno de ellos es herido o, peor, aún, asesinado, uno siente la pérdida.

Es el encanto de una película que forma parte de lo que antaño se definía como un filme de serie B: títulos que, sin ser obras cumbres, cumplían con su decente propósito de distraer.