Historias de locos bajitos

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Historias de locos bajitos
Los niños protagonizan anécdotas que nos hacen sonreír.
Foto: Morguefile

Papeles

Regreso con anécdotas en las que los protagonistas son niños. Paso el sombrero para recibir la limosna de historias similares.

“Estaría bien que dejara de engañar a los niños para que siempre tengan ganas de comer su comida”. Hannah Robinson, 9 años, a Don Thompson, director de McDonald’s, durante la última asamblea de accionistas.

En una ciudad de hierro un niño se acerca a un policía, le jala el pantalón y le dice:

– Señor agente, ¿usted no ha visto una señora sin un niño como yo? (Contada por García Márquez, en una columna de prensa).

Un día me dice Claudio, 4 años: “Mamá, me estoy quedando mudo: olvidé esa palabra en español y no sé cómo se dice en francés”.

Desde Oxford, Inglaterra, un niño le escribió a Bertrand Russell: “Gracias de todo corazón por todas las cosas que usted ha hecho. Me gusta usted. Si viene alguna vez a Oxford venga a casa a tomar té conmigo. Con mucho afecto, Paul Altmann. Tengo seis años”. Respuesta de Bertrand Russell: “Querido Paul Altmann, te agradezco tu linda carta que sobre todo me pone contento porque encuentro en ella un aliento para seguir con mi tarea. Me encantaría tomar el té contigo en tu casa, pero creo que por el momento no iré a Oxford. Pero cuando vaya te lo haré saber. Con mucho afecto y los mejores deseos de Bertrand Russell”.

Como la nueva bebé lloraba mucho, el mayorcito le dice a mamá: “¿No será que la podemos volver a meter en tu barriga que allá no se oía?”.

“La mejor edad de la vida es estar viva”. (Mafalda).

María Clara, 5 años, no se quiere ir de donde están. “Todo tiene fin”, le dice mamá. “No, mami, Dios no tiene fin, los números no tienen fin y la vida no iene fin”.

El tío estuvo jugando al fútbol con Henri, a quien le preguntó que de quién era hincha él, y los tres años de Henri le contestaron: «De mamá».

“Es cierto que mi origen fue poco auspicioso, pero a los cuatro años sucedió un milagro: aprendí a leer”. (Sean Connnery).

“Cuando sea grande me convertiré en flor”, María de las Estrellas, poeta, a los diez años.

Una niña de 7 años iba a hacer la Primera Comunión. Le preguntan: ¿Qué es lo que más te alegra, la fiesta o recibir al Niño Jesús? Y ella responde: No me preguntes que ya me confesé y no puedo decir mentiras…

Cuando mi abuela padecía de artritis no podía agacharse para pintarse las uñas de los pies. Mi abuelo se las pintaba, aun cuando sus manos tenían también artritis: eso es amor. Rebeca, 8 años.

Felipe, 6 años, dice que quiere ser bombero. El papá le dice que chévere, para apagar incendios. El niño aclara: “No, es para tener en el bolsillo un fajo de billetes como los que mantienen los que echan gasolina en las bombas”.

“Si quieres aprender a amar, deberías comenzar con un amigo a quién tu odias”. Nikka, 6 años.

En casa se habla de la pérdida de la juventud y similares. El abuelo, dice de pronto: “A mi edad, ya nadie me echa los perros”. La nietecita corre hacia él, lo abraza y le dice al oído.

– ¡Guau! (Del libro de Abuelas y abuelos, de Armando Fuentes, mexicano)