Creo en los inmigrantes, y creo en EEUU

Creo en los inmigrantes, y creo en EEUU
Hay motivos de celebración entre los inmigrantes tras la histórica votación de ayer en el Senado 68-32 a favor de la reforma migratoria. El proyecto queda ahora en manos de la Cámara.
Foto: AP

Inmigración

Mi padre tuvo una infancia difícil. Su madre murió sólo cuatro días antes de él cumplir nueve años. El pequeño negocio que sus padres construyeron juntos se hundió y así, aun siendo un niño tan pequeño, tuvo que abandonar la escuela e ir a trabajar. Prácticamente, tuvo que trabajar el resto de su vida.

Mi madre también creció con muchas dificultades. Su padre fue deshabilitado por la polio cuando era niño y pasó mucho trabajo para mantener a sus siete hijas.

Mis padres se conocieron en una tienda pequeña donde mi madre era cajera y mi padre era un guardia de seguridad. Él vivía y dormía en el cuarto de almacenamiento de la tienda.

Como todas las parejas jóvenes, tenían muchos sueños. Mi madre quería ser actriz. Mi padre se esforzaba por salir adelante. Después del trabajo, él tomó cursos por correspondencia para aprender a reparar televisores y radios, pero se le hacía difícil porque apenas sabía leer.

Hacían todo lo posible por lograr una mejor vida. Pero viviendo en un país cada día más inestable, con una educación limitada y sin conexiones, simplemente no lo lograban.

Empezaron a ahorrar todo lo que podían y el 27 de mayo de 1956, subieron a un avión rumbo a Miami. Vinieron a los Estados Unidos en busca de una mejor vida.

Como la mayoría de los recién llegados, su vida en los Estados Unidos tampoco fue fácil. Mi padre tuvo que pedirle a alguien que le escribiera fonéticamente en un pequeño papel las palabras: “Busco trabajo”. Él se memorizó las palabras. Literalmente, fueron algunas de las primeras palabras que aprendió a decir en inglés.

Mi padre tomó empleos en dondequiera pudiera encontrarlos. Él y mi madre fueron a trabajar en una fábrica de sillas de aluminio. Mi padre empezó un trabajo en Miami Beach de ayudante de barra y eventualmente llegó a ser barman. Él ahorró dinero y trató de abrir su propio negocio. Cuando eso no se dió, se fueron a vivir a Los Ángeles y Las Vegas. Pero eso tampoco dio resultado y finalmente se encontró nuevamente detrás de un bar en Miami Beach.

Ellos estaban desalentados. También sentían nostalgia por Cuba. De hecho, en los primeros días del régimen de Castro, antes que se declarara como un Marxista, ellos consideraron la idea de volver a Cuba permanentemente.

Pero cuando el comunismo empezó a echar raíces en La Habana, eso también se convirtió en algo imposible.

Estoy seguro de que en sus días más difíciles, ellos se preguntaban si las cosas algún día mejorarían. Pero el milagro que conocemos como los Estados Unidos empezó a cambiar sus vidas.

En 1967, habían logrado ahorrar lo suficiente para comprar una casa. Estaba a poca distancia del Orange Bowl donde los domingos podían ganar un poco de dinero extra al permitir que los fanáticos del futbol se estacionaran en su patio. Mi hermana mayor bailaba ballet. Mi hermano mayor era el “quarterback” estrella del Miami High.

Pero, no cambiaron solamente sus vidas; también sus corazones.

Todavía hablaban español en casa. Conservaban muchas de las costumbres que habían traído de Cuba. Pero con cada año que pasaba, este país se convirtió en el suyo.

Mi madre recuerda como lloró ese día terrible de noviembre 1963 con la noticia de que su Presidente había sido asesinado. Como en la noche mágica de 1969 vió a un americano caminar en la luna y se dió cuenta de que nada era imposible.

Porque mucho antes de hacerse ciudadanos, en sus corazones, ellos ya eran americanos.

Nos recuerda que a veces nos enfocamos tanto en como los inmigrantes podrían cambiar a los Estados Unidos, que nos olvidamos que los Estados Unidos cambia a los inmigrantes aún más.

Esta historia no es mía solamente. Nos recuerda que somos E Pluribus Unum. “De muchos, uno”.

Nadie debe dudar que, como nación soberana, tenemos el derecho de controlar quien entra. Pero, a diferencia de otros países, no tememos la llegada de personas de otros lugares. Por el contrario, inspirados en principios judeo-cristianos, los estadounidenses “hemos visto al extraño y lo hemos invitado a pasar”.

Y, nuestra nación ha sido bendecida por ésto de una manera que nos recuerda las sabias palabras:

“Dios dividió el mar y los guió e hizo de las aguas una muralla. Por el día los guiaba con una nube; por las noches con una luz de fuego”.

“Partió las rocas del desierto. Les dió suficiente de beber como sacado de lo profundo. De las piedras hizo correr riachuelos y las aguas convirtió en ríos”.

“Ordenó a las nubes en lo alto y abrió el portal de los cielos. Hizo llover maná para que fuera su alimento y desde el cielo les dio pan”.

Nuestra historia está repleta de evidencias de que la mano de Dios está sobre nuestra patria. ¿Quién entre nosotros puede discutir el hecho de que somos un pueblo bendito?

En el puerto de nuestra ciudad más famosa hay una estatua de una mujer que sostiene una lámpara. En la base de esa estatua hay un poema que dice:

“Mantengan sus tierras antiguas, sus historias pomposas…/Dénme sus cansados, sus pobres,/sus masas amontonadas anhelando respirar libremente,/”la basura desgraciada de vertida de sus orillas.”

“Envíenme estos, los desamparados, los despojos de la tempestad/¡Levanto mi lámpara junto a la puerta dorada”!

Por más de 200 años, han venido. En busca de libertad, con toda seguridad. Pero a veces vienen simplemente buscando trabajo para poder mantener a sus hijos y la oportunidad de una vida mejor.

De Irlanda y Polonia, de Alemania y Francia. De México y Cuba. Han venido porque en su tierra natal sus sueños eran más grandes que sus oportunidades.

Han traído sus idiomas y costumbres. Su religión y su música. Y de alguna manera las han hecho nuestras también. De una colección de gente de todas partes, nos hemos convertido en un pueblo. La nación más excepcional en la historia del mundo.

Y a pesar de todos nuestros retos, seguimos siendo la ciudad que brilla en la cima de la colina. Todavía somos la esperanza del mundo.

Vayan a nuestras fábricas y campos. A nuestras cocinas y sitios de construcción. Hasta la cafetería de este mismo Capitolio. Ahí, encontrarán que el milagro de los Estados Unidos sigue vivo.

Porque aquí, en los Estados Unidos, los que antes no tenían esperanzas, les darán a sus hijos la vida que ellos una vez desearon para sí mismos.

Aquí, en los Estados Unidos, generaciones de sueños no realizados al fin se harán realidad.

Yo apoyo esta reforma.

No solamente porque creo en los inmigrantes, sino porque creo en los Estados Unidos aún más.