Lograr buenas pensiones

No hay necesidad de que se retire del trago ni de otros pecados capitales y no capitales: ellos se irán retirando de usted
Lograr buenas pensiones
Cuando añore el poder que tuvo, pásese memos para no perder la costumbre.
Foto: Archivo

Papeles

Declaración de principios: Uno debería nacer pensionado primero y dedicarse a vivir después. Así de rico es este estado.

Conviene reivindicar la edad. Para empezar, digamos con Borges: no somos viejos, pero hace tiempo somos jóvenes. No hacer “nada” durante el mes y pasar por el banco a cobrar, es un placer que rima casi con lo orgásmico.

Empiece a bajarle al azúcar y a la grasa. Sin abusar. Una dieta ideal consiste en comer de todo “con cierto ritmo y en cierta proporción”.

Hágase monitorear la próstata anualmente. Déjese violar del urólogo.O del proctólogo que practica una diversión parecida. Trate de llevar con garbo, paciencia y creatividad la precaria condición de santísimo expuesto todo el día en casa. Bienvenido al eterno croché, al dolce far niente, o dulce hacer nada de los italianos, al ocio creativo, a la agenda siempre de vacaciones.

Ayúdese en las mañanas con un variado puré de pastillas. Laboratorio puede dar lo que naturaleza va quitando. No hay necesidad de que se retire del trago ni de otros pecados capitales y no capitales: ellos se irán retirando de usted.

Recuerde que cuando ha dado un paso al costado, ya no necesita presumir de importante ni de inteligente. Eso ahorra estrés. Con terror-pánico irá constatando que el mundo, el país, el municipio, la oficina, siguen funcionando aunque usted no esté al mando.

Como no está en el mercado, la vanidad cambia de prioridades. Algunos nos contentamos con escoger el sustantivo o el verbo correctos al momento de parir un texto. Lo demás es adjetivo.

Bienvenidos a esos días en los que uno se despierta y se le agotó la agenda, como a los gatos, nuestros colegas, eternos perezosos. No se preocupe si señor el Alzheimer empieza a pasarle la factura y que de pronto no recuerde ni de donde es vecino. En la calle vea a la gente que quiere. Y prepárese para que no lo vean aquellos “amigos” a quienes usted no les interesa. No está mal cantar con el argentino Horacio Guarany: “Cuando llegues, vejez, no te insolentes, aprende a respetar a los mayores”.

Redistribuya el ingreso con los pájaros de su barrio. En reciprocidad, ellos seguirán con sus serenatas sin pasar cuenta de cobro. Ni esperar aplausos. La vida por la vida.

No perdone siesta. La siesta y el sueño son cuotas iniciales de una muerte que empieza a ser una certeza más. Contradígase sin ponerse colorado. Piense con el cineasta Antonioni: “No se puede ser el mismo en todas las estaciones”.

Devore los avisos funerarios del periódico pues cada día asistirá a más entierros que a fiestas. En los entierros se encontrará con amigos y parientes a los que les perdió el rastro hace décadas. En esos reencuentros, practique el tic de leer el código de barras (= arrugas) de sus interlocutores. Ellos harán lo mismo.

Espere invitaciones a formar parte de la junta administradora del edificio, de la asociación de quienes se miran el ombligo, o de la sociedad de entierros mutuos.

Cuando añore el poder que tuvo, pásese memos para no perder la costumbre. Sanciónese de vez en cuando, sobre todo si era de esos jefes cuya única virtud era esa: ser el jefe. Saber que no tiene encima jefes reduce el colesterol y los triglicéridos. Siga el consejo del cascarrabias de Mark Twain: viva de tal forma que lo lamente hasta el empresario de pompas fúnebres.