Derecho a ser un consentido

Hay demasiados padres perdidos que acaban convirtiendo a su hijos en quejones y débiles por mimarlos demasiado
Derecho a ser un consentido
Rachel Cannings.
Foto: Facebook

Sociedad

Los mexicanos tienen un refrán gráfico que debe servir como advertencia a los padres de la actualidad, no solo al sur de la frontera sino también en los Estados Unidos. Dice lo siguiente: “Si crías cuervos, te sacarán los ojos”.

Créanlo. Si no pregunten a Sean y Elizabeth Canning, de Lincoln Park, N.J. Su hija de 18 años, Rachel, quizás sea ahora la mocosa malcriada más famosa de Estados Unidos. También es el epítome de lo que ahora se denomina la Generación del Milenio, pero que debería ser rebautizada como la “Generación E”—por entitlement (sentido de derecho).

Parece que los Cannings negaron la realidad de haber criado un cuervo hasta que les entregaron papeles legales.

Rachel ha demandado a sus padres por manutención. Tras irse de casa (ya sea porque se escapó o porque la echaron, según qué versión hay que creer) pidió a un juez que declarara que ella no está emancipada, y que ordenara a sus padres a pagar la matrícula de una escuela secundaria privada, a cubrir sus gastos hasta que ella pueda mantenerse y a ayudar con la educación universitaria. También quiere que papá y mamá paguen los costos legales. Ya saben, los incurridos en demandarlos a ellos.

Quizás los padres de Rachel deban alguna indemnización —no a ella sino al resto de la sociedad. Parecen haber ayudado a que la muchacha perdiera su rumbo.

Sean Canning, ex jefe de Policía, admite que fue más eficaz en imponer la ley con los oficiales bajo su mando que con su propia hija.

“Soy un padre liberal, liberal”, expresó Sean al The New York Post. “Ojalá me hubiera criado en mi casa”.

Hay que preguntarse si el jefe se ha percatado de que, con los jóvenes, ser demasiado indulgente a menudo hace más daño que ser demasiado estricto.

Según informes mediáticos, parece que los Cannings querían criar a su hija con gran autoestima. Misión cumplida. Cuando uno demanda a los propios padres, no es ningún timorato. El problema es que lo que tiene Rachel Canning es lo que los psicológos llaman una autoestima “barata”. La autoestima real proviene de esforzarse, fracasar, insistir y finalmente triunfar —y no de que los padres le abran a uno el camino.

Cuando los Cannings finalmente exigieron que Rachel hiciera tareas en la casa y obedeciera la hora de llegada a la medianoche, la muchacha se rebeló.

Por supuesto. Uno establece reglas y expectativas para sus hijos cuando tienen 8 años y no, 18. Para ese momento, están acostumbrados a hacer lo que quieren.

Rachel obtuvo el dinero para presentar la demanda —12 mil dólares— de los padres de una amiga. John y Amy Inglesino dicen que ellos están pagando la cuenta y permitiendo que Rachel se quede en su casa, porque quieren que la joven realice su potencial. Si existe un código tácito entre padres, los Inglesinos lo han derribado.

En este momento, los Cannings dicen que lo único que quieren es reunir a la familia.

“Queremos a nuestra hija”, dijo Sean Canning al Post. “Ella es nuestro orgullo y alegría. La puerta está abierta. Queremos que vuelva a casa”.

Ese es otro error. Rachel tomó su decisión y ahora tiene que padecer las consecuencias.

Recientemente, un juez de la Corte Superior le negó el pedido de matrícula para una escuela privada y los gastos de manutención. Se sostendrá otra audiencia en abril para decidir si los Cannings deben pagar la universidad.

Que sirva de advertencia. Hay demasiados padres perdidos. Se proponen cuidar a sus hijos, pero acaban mimándolos, y como resultado los hijos son quejicas y débiles. Al poco tiempo, el niño está convencido de que los adultos —padres, maestros, ministros, entrenadores, etc.— no son más que una flota de asistentes personales, cuyo trabajo es asegurar que esa preciosura experimente un constante estado de felicidad.

Muchos padres en la actualidad parecen estar traumatizados por lo estrictos que fueron sus propios padres, y están determinados a hacer lo opuesto. Se obsesionan pensando si sus hijos son felices, les permiten todo capricho y se esfuerzan por ser su “mejor amigo”. En poco tiempo, el niño pierde respeto por ellos y los mangonea. Todos los días, en partidos de las pequeñas ligas o en eventos escolares, veo padres intimidados por sus hijos. Algunos parecen directamente aterrorizados.

Y ya saben las reglas. No hay que negociar con terroristas.