Historias de locos bajitos

Catalina, cinco años, se admiraba de que las ventanas siempre estuvieran mirando hacia afuera.
Catalina, cinco años, se admiraba de que las ventanas siempre estuvieran mirando hacia afuera.
Foto: Morguefile

Como las golondrinas de Bécquer, también vuelven las historias de “bichos”, como Cortázar llamaba a los hijos de sus amigos, los Jonquières (no sin antes cumplir con el ritual de pasar el sombrero para que los lectores que no han desertado me hagan llegar anécdotas parecidas):

De Luis se cuenta que a los siete años, cuando se estaba preparando para ir a confesarse, le pedía a su mamá que le preparara los pecaítos mientras él se bañaba.

Guillermo, de 8 años, es un gringuito hijo de padres colombianos residente en Miami. Sus padres le preguntaron si deseaba pasar vacaciones en Europa. Les respondió que quería volver a la finca de sus abuelos en Carmen de Viboral, el pueblo de sus abuelos en Colombia, “porque allá son felices”.

Sofía, de dos años y medio, se deja venir con tremendo eructo.

– ¿Qué es eso?, le pregunta mamá.

– Un pedo por la boca.

Desde Ontario, Canadá, Arcebelle cuenta que a uno de sus nietos, venezolano, sus compañeritos de colegio se la dedicaron burlándose del presidente Maduro. Se los quitó de encima fácilmente: “¡Lo que ustedes no saben es que es colombiano!”.

Todas las noches al acostarse la madre le da un beso a su hijo Connor, siete años. El pequeñín siempre se frota la mejilla después del beso. La madre la pregunta por qué lo hace: “Es que así hago espacio para que me des otro beso”. (Publicado en Selecciones).

Todas las mañanas Martín llora a la hora de la peinada. La madre le dice que lo va a motilar. Camino de la guardería sostienen este diálogo:

Julia: Hijo, motílate. ¡Estás muy desordenado!

Martín: No, mamá. No quiero.

J: ¿Por qué no quieres?

M: No quiero que la gente piense que soy mi papá, no quiero ser mi papá.

J: Martín, tú vas a seguir siendo tú, con o sin pelo.

M: No quiero que la gente piense que soy mi papá.

Un abuelo sintió la alegría de envejecer cuando su nieto comenzó a decirle: “Abuelo, una pregunta”.

Otro abuelo cuenta que el primer día de clase, los compañeritos de Rocío (7 años) estaban incontrolables y la profe no podía con ellos. Rocío le aconsejó: “No te preocupes. Vete, que yo me encargo de estos pequeños”.

“Los niños son una gran escuela. Tengo un hijo que hablaba como un profesor. Cuando tenía un año recuerdo que me decía: ‘Si no estuvieras tan ausente, te querría más’”. (Temprano para redondear semejante andanada, pero si lo cuenta el novelista italiano Alessandro Baricco…).

Mi hija de siete años me lo dijo un día y no salgo del asombro: “Mamá, yo ví por tele cómo se hacen los niños, y creo que a los dos les gustó porque gritaban… Pero lo que no entiendo es por qué después lloran de dolor las señoras si les sale el bebé por donde les entró. (BBC, de Londres).

Darío, un bichito de seis años, dice mirando una mancha de aceite: “Mira, mira, se derramó el arco iris”.

Y Catalina, cinco años, se admiraba de que las ventanas siempre estuvieran mirando hacia afuera.