Penurias: el día a día se convierte en un calvario para los venezolanos

La población sufre por la combinación de bajos salarios, escasez de productos básicos, cortes de energía y violencia
Penurias: el día a día se convierte en un calvario para los venezolanos
Las colas para comprar bienes básicos son parte del paisaje urbano venezolano.
Foto: Getty

Daniel Lozano

Caracas  – Cada mañana, cuando me despierto, me hago la misma pregunta: ¿Y a dónde voy para conseguir comida?” Luis Ramírez (36) es del estado de Táchira, fronterizo con Colombia, y vive en Caracas “desde casi siempre”. Es técnico superior en contaduría, pero en diciembre abandonó su trabajo en el negocio de colchones, donde hacía números, “porque el sueldo” no le alcanzaba. “Trabajar en la calle es más beneficioso, aquí sí se le ve el queso a la tostada”, dice.

El desayuno de hoy cuesta como si fuera un festín, 1050 bolívares (87,5 dólares al cambio oficial y 0,95 en el paralelo), pese a que se trata de un simple jugo de naranja, un café y un hojaldre de jamón y queso. Como buen contador, sabe que es una excepción, que para su bolsillo es imposible repetirlo a menudo: antes cobraba 31.000 bolívares sumando salario más los bonos de comida; hoy obtiene 40.000 bolívares, cuando el salario mínimo se sitúa en 33.000 (30 dólares en el mercado negro), y la canasta básica familiar en 200.000 (181 dólares blue).

Con esos ingresos se debe enfrentar al tsunami que se abate sobre su país, pese a que la canciller Delcy Rodríguez afirmó que Venezuela puede dar de comer a tres naciones, y que los supermercados vacíos son un invento de los periodistas. “Que se suba a mi moto, yo la llevo a recorrer Caracas. Seguro que a ella no le falta nada, pero al pueblo sí. Es como si ellos vivieran en Alicia en el país de las maravillas cuando aquí lo que vivimos realmente es una película de terror”, se queja Ramírez, que carraspea atacado por una alergia para la que lleva más de un mes buscando antihistamínicos, sin éxito.

Los cubanos lo llamaban “resolver”, los venezolanos prefieren el verbo sobrevivir. “Esto está jodido, ahora sí. Tantos años escuchando que llegaba, quejándonos porque venía? ¡Y por fin llegó!”, dice sobre la carestía a la cubana.

Una situación calcada de Alicia en el pueblo de las maravillas, el sarcasmo cinematográfico que el cubano Daniel Díaz Torres realizó en 1991, cuando empezaba en la isla el período especial luego del fin de las ayudas de la Unión Soviética.

“Prácticamente lo que estamos haciendo hoy en Venezuela es sobrevivir”, confirma Luis mientras prepara la moto china con la que, transformado en una especie de centauro para cualquier tipo de mandados, recorre las calles de la ciudad más peligrosa del planeta, capital del “período especial” venezolano.

Cuida con mimo su vehículo, como si fuera un purasangre. No es para menos: la semana pasada le falló el motor y no encontró piezas, porque en Venezuela no hay repuestos para casi nada. La reparación le costó 19.700 bolívares, la mitad de sus ingresos y más de la mitad de un salario mínimo.

El vía crucis de taller en taller para encontrar repuestos haría las delicias de Franz Kafka. Pero la odisea de los automovilistas en busca de una batería es incluso más ridícula. La cola empieza a la tarde y hay que acudir con el vehículo en cuestión, ya sea remolcado o con batería prestada, para pasar la noche en el auto.

“El otro día esperé media hora en la cola del pan. Mi amigo el panadero está sacando dos barras por persona a las 18.30. Cuando me vio, repitió la frase que tanto se escucha en las calles: «¡A lo que hemos llegado!»”, dice Luis sobre el drama de la escasez y de las colas para comprar alimentos.

El viernes es el día que le tocan las compras subvencionadas, según lo dispone su número de cédula. Alimentos a precio regulado luego de colas inmensas pese a que en estos días ni siquiera se encuentra harina, leche, aceite, azúcar, mayonesa, café y huevos. “Y he comprado arroz a 1500 bolívares, a la fuerza, a revendedores”, dice resignado. La carne y el pollo reaparecieron, pero un 40% más caros que en abril.

La crisis económica y social que devora a Venezuela cambió hasta el rostro de las calles. Son tan grises que ni la luz tropical puede iluminarlas. Lo mismo ocurre con su gente, un desfile constante de personas armadas con bolsas de plástico más o menos llenas, como zombis sin rumbo. Una ciudad donde hasta el amor está racionado y es peligroso.

Para Luis y su novia una noche de pasión equivale a dos semanas de penurias. “Una habitación en un albergue transitorio en la ciudad te sale más de 5000 bolívares por unas horas. En abril sólo salimos una noche: dos hamburguesas, gaseosas y papas fritas nos costaron 10.000 bolívares. El cine es un lujo y con el racionamiento eléctrico hay menos funciones en los centros comerciales. Hasta para comprar un DVD pirata, a 700 bolívares, hay que pensarlo”, detalla.

Las cervezas comienzan a escasear por la falta de materias primas, y la que se encuentra ya está muy cara. “Antes era lo más económico para el venezolano”, cuenta. Viajar al extranjero ni se plantea, coto cerrado. Tampoco comprar ropa en centros comerciales. “Tenés que conformarte con los mercados populares. ¿Zapatos? ¡Imposible!”, se echa a reír Luis.

Por supuesto, la seguridad prima al 100%. Los mandados y movimientos son a toda velocidad. Celular escondido, ninguna exhibición, “máxima atención en la calle, acá te jugás la vida”, dice Luis.

En su casa caraqueña no hay cortes eléctricos, más que algún apagón de vez en cuando. Los martes no hay agua, por lo que en su familia establecieron recortes “para que no se agote el tanque”. Pero los cuentos familiares que le llegan de Táchira son horribles. “Días enteros sin luz. Vivir en Caracas, pese a todo, sigue siendo un privilegio.”