Los 50 años del estadio Azteca: los lujos de Ronaldinho y Mourinho entró a la cancha a cortar un ataque

El equipo de las leyendas mexicanas se impuso 9-8 a las leyendas de la FIFA, en un especial partido lleno de risas y de camaradería

Es el coliseo de Santa Úrsula, pero desde hace 50 años el mundo lo conoce como estadio Azteca. Es la mole de cemento en la que Diego Armando Maradona saltó a la eternidad con la Mano de Dios y, minutos más tarde, obró el milagro que lo convirtió en “barrilete cósmico“. Esta estructura colosal, una de las canchas de fútbol más legendarias del planeta, celebra el medio siglo regalándose un partido de fútbol: leyendas de la FIFA contra las leyendas mexicanas.

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Todo está listo: los protagonistas, que se turnarán en equipos de nueve jugadores (y jugadoras, porque también hay mujeres) para disputar cuatro tiempos de 20 minutos, trotan y estiran los músculos a lo largo y a lo ancho del campo. El cielo no quiere sumarse a la fiesta y regala una garúa pertinaz, que se mantendrá mientras la pelota ruede. En los bancos de suplentes, dos canosos: el profesor Juan Carlos Osorio, entrenador colombiano y actual DT de la selección de México, y José Mourinho, el portugués que todavía no quiere confirmar si a partir de julio entrenará a Manchester United. En Inglaterra lo dan por hecho. Entre los ejercicios aeróbicos hay un espacio para recordar viejos tiempos. Hablan Fernando Hierro y Carles Puyol, que es como si hablaran Real Madrid y Barcelona. Recuerdan algún derbi. Ríen. Se palmean.

Es un partido especial. Tanto, que la terna arbitral está formada por tres mujeres. No pasarán sobresaltos y nadie les protestará ningún fallo. Sólo habrá alguna queja del mítico Jorge Seré, arquero-leyenda de Nacional de Montevideo, por un penal sancionado en su contra. El pelado golero tendrá una noche agitada: volará de palo a palo como en sus mejores noches de Copa Libertadores.

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Figo, el portugués que quiso ser presidente de la FIFA, ahora está aquí en una muestra de apoyo a Gianni Infantino, el nuevo jefe del fútbol mundial. Se especula con que el ex futbolista de Barcelona o Real Madrid podría ocupar un lugar en la flamante comisión de jugadores de la FIFA. Mientras tanto, el hombre hace lo que le dio de comer durante muchos años: juega al fútbol. Y todavía lo hace bien, como lo demuestra el primer gol de la noche, un zurdazo contra un palo que recuerda a algún otro gol en el Bernabéu o en el Camp Nou, los estadios en los que más brilló.

También está Ronaldinho. No parece jugador de fútbol, sino un Globetrotter. Usa una vincha blanca y cada vez que toma la pelota mira para otro lado antes de lanzar un pase furibundo. No erra un solo envío y se da ciertos lujos, como en la vida. Intenta lo imposible y no siempre le sale. Es un showman y por eso aquí lo quieren tanto: jugó dos años en Querétaro.

El representante argentino en la fiesta es Pablo Aimar. Lleva unos botines naranjas y no parece un ex jugador. Da pasos cortitos, como siempre. Lleva la pelota atada, como siempre. Hace goles, como nunca. La sonrisa no se le borra de la cara, salvo cuando la jueza principal le anula un gol por mano. “No, no”, le dice con el dedo índice levantado. Aimar juega como si todavía jugara.

Si vieran el partido en vivo, los hinchas de Boca y de River recordarían viejos tiempos. Del lado mexicano hay dos ilustres que vistieron esas camisetas, como Alberto García Aspe, el 8 azteca, y Luis Hernández, que tiene una noche inspirada. Ni uno ni otro dejaron su huella en el fútbol argentino. Pero aquí mantienen su fama. García Aspe hace lo de siempre: patea al arco desde cualquier lado. Nunca le sale bien. Hernández hace goles, y refrenda en una noche aquel apodo de “Matador“. Incluso ensaya un festejo como si fuera un torero. Está en su salsa.

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Una mujer, Sissi, los corre a todos. Juega para el equipo de la FIFA y podría hacerlo en cualquier otro lado. Incluso le rompe la cadera a un defensor azteca con un amague. Oswaldo Sánchez, histórico arquero mexicano, tiene que interrumpir la jugada con una mano fuera del área para evitar el ridículo. Infantino, el presidente de la FIFA, está con Mourinho y parece aplaudir la jugada. Termina el primer tiempo y la FIFA gana 3-0.

La segunda de las cuatro partes marcará la remontada azteca. Habrá tiempo para otro resurgimiento, el de Francisco “Kikín” Fonseca, un delantero que siempre fue segundón en el seleccionado mexicano. Hoy la rompe. Y hasta está al borde de lesionar a Seré, el arquero rival. Sin pelo y con muchas batallas sobre el lomo, el físico del uruguayo no responde como antaño.

El tercer tiempo es el de Aimar, Ronaldinho, Michel Salgado y el francés Marcel Desailly. Ellos se arman su propia fiesta futbolera. El Payaso convierte los goles. Ronaldinho es el mago sin barita. Desailly, el capo de la defensa que muchas veces queda pagando. Termina el partido con hielo en un gemelo. Míchel Salgado hará lo suyo: la banda derecha. Lo suyo siempre fue correr.

“Profe, lleve a Kikín (por Fonseca) a la Copa América Centenario”, le gritan a Osorio. El Profe, entrenador de México, sonríe. Interpreta la humorada y retruca: “No, a Luis Hernández”. El partido está por terminar. El resultado (México gana 9-8) es anecdótico. La última imagen que entrega el partido provoca más risas: José Mourinho se mete a la cancha e interrumpe un avance del equipo rival. La jueza principal decreta el final. Todo es risas; todo es fútbol.