Editorial: Redadas y deportaciones

Las madres y los menores merecen refugio en vez del regreso a la violencia centroamericana
Editorial: Redadas y deportaciones
Foto: Aurelia Ventura / Impremedia/La Opinion

Las nuevas redadas que realizará la Oficina de Inmigración y Aduanas durante mayo y junio están orientadas a atrapar y deportar a los indocumentados que entraron al país después del 1ro de enero de 2014. O a sea principalmente a las madres y menores de edad, solos o acompañados, que llegaron al país escapando de la violencia en Centroamérica y se les negó el asilo.

El anuncio del Departamento de Seguridad Interna no ocurre en un vacío, sino en medio de una inusual campaña electoral para la presidencia en que la inmigración ocupa un sitio central en el debate político. Los republicanos quieren levantar muros y deportar a millones de inmigrantes, mientras que los demócratas prometen defender las órdenes ejecutivas de DACA y DAPA. Las redadas son una respuesta a la crítica de que la administración Obama, y los demócratas, no hace nada en el control de la inmigración.

Es lamentable que se repitan las redadas de enero pasado en Georgia, Texas y Carolina del Norte en la que se detuvo 121 personas, mayoría mujeres y menores. Lo indignante que tanto esas personas, como seguramente las que serán detenidas, pasaron por un proceso volcado en su contra ante un juez de inmigración. Cómo justificar el arresto y deportación de un niño al cual se le puso sin abogado ni traductor ante un juez y un abogado del gobierno para defender su caso.

Esta es una injusticia monumental que se refleja en que el 2015 y 2016 sean los años con la mayor cantidad de casos rechazados por los jueces de inmigración de los pasados 18 años según el depósito de datos en la Universidad de Syracuse.

La intención de las redadas y deportaciones es también desalentar el arribo de madres con hijos y menores de edad solos, como ha estado ocurriendo. Esto puede funcionar si no fuera cierto que el nivel de violencia en El Salvador, Honduras y Guatemala son casi epidémicos. Las escuelas son centros de reclutamiento de las pandillas con la oferta al joven de unirse a la delincuencia, o morir.

Los indocumentados, a falta de una reforma migratoria integral, están sujetos a los vaivenes políticos. Sus historias personales de amenazas pasan a segundo plano, junto con su humanidad, para ser objetos de conveniencia política. Ellos merecen algo mejor.