“Lo volvería a hacer”: inmigrante de caravana de refugiados de 2017

Desde la casa de sus tíos en el sur de Los Ángeles, salvadoreña cuenta su peligrosa odisea para llegar a EE UU
“Lo volvería a hacer”: inmigrante de caravana de refugiados de 2017
05/02/18/LOS ANGELES/Salvadoran immigrant Olivia Caceres with her young children, Andree, 4, and Mateo, 1, discuses their one month across Mexico to arrive to the U.S. in order to ask for asylum. (Photo by Aurelia Ventura/La Opinion)
Foto: Aurelia Ventura / Impremedia/La Opinion

Olivia Cáceres ve las imágenes de la caravana de inmigrantes que permanece en la frontera de Tijuana y San Diego y recuerda la travesía similar que hizo hace in año, un camino que todavía no termina. Su caso es muestra de que llegar aquí, es la mitad de la batalla. La otra pelea es convencer a las autoridades migratorias que la dejen quedarse.

En la caravana de inmigrantes en que Cáceres cruzó México para venir a Estados Unidos, ella y su familia aguantaron hambre, frío, sol y sed, montados en el techo de un tren por 13 días.

A pesar de todos los peligros que sorteó, no se la piensa dos veces para decir con firmeza que se volvería a arriesgar en ese recorrido, por salvar sus vidas.

“Ha sido una montaña rusa de emociones. Días tristes. Días felices. Días tratando de luchar. Pero me mantengo con la convicción de que ha valido la pena por estar en un lugar seguro, estable”, dice Cáceres de 30 años, madre de Mateo de 18 meses y André de 4 años.

“Trato de mantenerme fuerte por mi compañero José, por mis hijos, por mi”, admite en una entrevista con La Opinión.

Olivia Cáceres lucha por adaptarse a su nueva vida en los Estados Unidos con sus dos hijos André de cuatro años y Mateo de un año. (Aurelia Ventura/La Opinion)

Cáceres es una inmigrante de El Salvador quien junto con su compañero, José Fuentes, y sus dos hijos, cruzó México en la caravana de refugiados de 2017 convocada por la organización Pueblo sin Fronteras.

“José terminó su carrera de periodismo pero no encontró trabajo. Decidimos emprender nuestro propio negocio de zapato artesanal. Él lo fabricaba y yo lo distribuía”, recuerda esta mujer oriunda de Santa Ana.

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Sin embargo, cuenta que llegó un momento en que no pudieron más con la renta que la pandilla les exigía. “Estábamos muy cansados del clima de violencia y la inseguridad. Le pagábamos a la pandilla 50 dólares semanales. ¡Era demasiado! Eso nos orilló a salir. Fue una decisión bien difícil. Uno no sabe lo que le puede pasar en el camino”, dice.

José Fuentes y su esposa Olivia Cáceres con sus dos hijos André de cuatro años y Mateo de un año  durante su viaje por México en la cubierta de un tren para llegar a los Estados Unidos en busca de asilo. (Aurelia Ventura/La Opinion)

La Travesía

La pareja dejó El Salvador el domingo 9 de octubre de 2017.

El lunes 10 de octubre en Tapachula, México se unieron a la caravana de refugiados que viajaba con rumbo a Estados Unidos en busca de asilo.

“Ahí comenzamos, caminando por horas. Luego a las mujeres nos trasladaron en autobús al D.F. De ahí a Mexicali fue en puro tren”, dice.

Cáceres recuerda que cuando vio el tren, se preguntó cómo le iba a hacer para subirse con los niños al techo.

“¡Súbanse! ¡súbanse! empezaron a gritar. José ya estaba arriba. Yo traía al más pequeño en brazos. Fue cuando me grita, ¡súbite! Fue un momento de mucha tensión”, rememora.

José Fuentes con su esposa Olivia y sus dos hijos André y Mateo en una imagen captada durante su viaje por México rumbo a Estados Unidos. ( Aurelia Ventura/La Opinion)

“Es toda una aventura venir con los niños, decirles no se muevan, mantenerlos sentados. ‘Pa, ya quiero jugar’. ‘Pa, ya quiero bajarme’, insistían los niños. Yo los tranquilizaba con una golosina. Porque con cualquier movimiento, uno se puede caer. Es como venir en el aire”, relata Cáceres como si reviviera esos momentos de angustia.

Dice que hubo ocasiones en ese viaje que se llegó a preguntar, “¿qué hago aquí con mis hijos?”.

“Lo motiva a uno a seguir, el deseo de salvarlos a ellos, de salvar su vida y de estar en un lugar seguro. Aunque a veces, en el trayecto, me ponía a llorar, pensando en lo que había dejado en El Salvador, mi casa, nuestro negocio, nuestras vidas, mi familia que no volvería a ver. Pero veníamos obligados”, exclama.

La travesía por el tren les tomó 13 días, en viajes de entre 18 y 20 horas seguidas.

“Para no ir al baño, lo que hacía era no tomar agua. Me mojaba los labios con suero para resistir. Nos hidratábamos cuando podíamos parar por unas horas en un lugar fijo”, recuerda.

“En el tren no se puede dormir. A veces, José y yo nos turnábamos para dormitar, con los niños bien apretados contra nosotros para que no se nos fueran a caer”, narra.

Arribo a la frontera

El tren los dejó en Mexicali a finales de octubre de 2017. Olivia y José decidieron separarse. No tenían suficiente dinero para pagar el viaje a Tijuana para los cuatro.

Acordaron que José se entregaría en la frontera de California, llevando en brazos a André de un año, porque venía enfermo; el niño padecía una infección estomacal y requería atención médica inmediata.

El 12 de noviembre, José solicitó asilo político. Olivia no supo nada de él por días.

Olivia Cáceres trata de mantenerse fuerte. Ella y su compañero José y sus dos hijos llegaron a Estados Unidos en la caravana de refugiados de 2017 que llegó a la frontera sur de California desde Centroamérica en busca de asilo político. (Aurelia Ventura/La Opinion)

“Cuando por fin él pudo hacer una llamada telefónica, me dijo que le habían quitado al niño. Escuchar eso fue como si alguien me hubiera tirado con un balde agua fría. No sabíamos quién lo tenía. Nos llevó entre siete y ocho días saber dónde estaba el niño, y poder hacer una video llamada con él por cinco minutos”, dice la madre.

A José lo dejaron en el Centro de Detención de Migración en Otay.  A Mateo, el hijo menor, se lo llevaron a un casa de cuidado de niños no acompañados en Texas.

Cáceres logró llegar a Tijuana e instalarse en un albergue con su hijo mayor, André de 4 años. Se entregó a las autoridades de migración en la frontera el 28 de diciembre. “Nos tuvieron detenidos por tres días a mi y al niño. Me dejaron salir el 1 de enero de este año, pero me pusieron una pulsera para monitorearme”, precisa.

Olivia Cáceres muestra la pulsera electrónica que le pusieron las autoridades de migración para dejarla entrar al país y monitorearla mientras inicia su proceso de asilo político.  (Aurelia Ventura/La Opinion)

Sigue en limbo

Desde enero, Cáceres vive en Los Ángeles en la casa de sus tíos que le dan cobijo y alimento. Después de tres meses de separación, pudo recuperar a su hijo Mateo, ahora de 18 meses. “La primera noche que me lo entregaron, el niño no se quería dormir, estaba como asustado. Tal vez pensaba que si se dormía, despertaría en otra casa. Le tomó tiempo adaptarse. Lloraba mucho. Estaba desconfiado”, dice.

José Fuentes, su compañero sigue en el Centro de Detención de Otay. “Los niños pudimos ir a verlo por primera vez esta semana.  La primera visita es por una pantalla de televisión. Dicen que después ya nos dejaran verlo en persona”, comenta.

“Lo vimos algo flaco, pero se mantiene optimista, ocupado. Está trabajando en el Centro de Detención de Otay, ayuda en lo que puede. Escribe mucho. No deja que el encierro le gane”, comenta.

El sueño de Cáceres es que su familia se reunifique. “Lo que más anhelo es que volvamos a estar reunidos los cuatro juntos, conseguir el asilo y tratar de superarnos en este país”, confía.

Ella tiene que presentarse a las oficinas de ICE en Los Ángeles cada dos semanas. “Me hacen ir a firmar”, dice.

Agrega que tiene hasta un año a partir de enero que entró al país para solicitar el asilo político. Por lo pronto está muy entusiasmada porque es posible que este mes le quiten la pulsera electrónica que le pusieron en el tobillo.

“Me dijeron que tal vez me la quiten. Es un infierno traerla. Hay gente que no la aguanta. Una conocida se la arrancó en un momento de desesperación, escapó a otro estado, y ya se quedó como indocumentada”, relata.

Pelean por el asilo

La abogada en migración Noreen Barcena dice que ya solicitaron el asilo político para José. “Tenemos una última audiencia en julio. Él tiene un buen caso. Esperamos ganarlo. El único problema es que estando bajo detención, solo tenemos semanas para preparar los argumentos. Si estuviera afuera, tendríamos meses para prepararnos”, señala.

“Ahora estamos esperando que un psicólogo lo entreviste para probar que las razones que José expone para haber salido de El Salvador, son verdad”, observa.

Dice que desafortunadamente no califica ni se le permite que pague una fianza para salir libre y pelear su caso de asilo al lado de su familia.

“En dos ocasiones nos han negado su libertad bajo palabra porque dicen que si lo dejan salir, va a huir”, comenta.

A Cáceres la dejaron libre bajo palabra con el grillete electrónico en el tobillo.

La abogada critica que no se permita que la pareja pelee su caso de asilo político juntos. “Es muy injusto que los obliguen a hacerlo por separado, y con eso gastan más en jueces”, expone.