“¡Mataron a Pablo Escobar!”: así viví en Medellín la fuga, persecución y muerte del mayor capo del narcotráfico

Pablo Escobar murió hace 25 años, descalzo y acorralado, en un techo de Medellín. El periodista Juan Carlos Pérez Salazar recuerda un período que le tocó vivir muy de cerca

Pablo Escobar se ha convertido en icono pop.

Pablo Escobar se ha convertido en icono pop. Crédito: Raúl Arboleda | Getty Images

De pronto, hacia las 3:00 de la tarde, desde mi cubículo en el periódico El Colombiano escuché que un sector de la sala de redacción estallaba en gritos y aplausos.

Como hipnotizado, me dirigí hacia el lugar de donde venía el bullicio.

-“¿Que pasó?”, pregunté unos metros antes de llegar al grupo de personas que seguía lanzando vivas.

-“¡Mataron a Pablo Escobar! ¡Mataron a Pablo Escobar!”.

Me confundí en la llamarada de aplausos y gritos.

¿Inevitable?

A 25 años de distancia, la muerte de Pablo Escobar parece algo inevitable luego de su fuga de la cárcel de La Catedral, el refugio dorado que se hizo construir en lo alto de una montaña en el municipio de Envigado, al sur de Medellín, y donde el gobierno de la época aceptó encerrarlo.

Después de eso, sus más implacables enemigos (muchos de los cuales habían sido sus amigos cercanos, como los hermanos Castaño Gil), conformaron el grupo paramilitar los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar).

Los Pepes, en estrecha colaboración con el Bloque de Búsqueda (un cuerpo élite de la policía creado especialmente para perseguir a Escobar) y agencias estadounidenses, empezaron a cerrar el cerco contra el capo, capturando o asesinando a sus colaboradores. obligando a otros a entregarse, monitoreando todas las comunicaciones de su familia y cortando sus suministros de dinero.

Pero no era así como yo -y muchos de mis colegas- lo veíamos en ese entonces en la sala de redacción de nuestro periódico en Medellín.

Pablo Escobar había escapado en tantas ocasiones (muchas veces con la colaboración de las propias autoridades), había puesto tantas veces de rodillas al Estado, logrando, por ejemplo, que una Asamblea Nacional Constituyente intimidada por carros bombas, secuestros y asesinatos bloqueara la extradición a Estados Unidos, la principal exigencia de Escobar Gaviria para poner fin a su campaña de terror, que pensábamos que, de alguna manera, lograría escabullirse de nuevo.

Hermilda Gaviria, madre de Pablo Escobar.

Getty Images
Hermilda Gaviria, madre de Pablo Escobar, en un carro fúnebre con un ataúd en el que va su hijo.

En el escritorio de la directora del periódico, bajo llave, reposaba la prueba de la capacidad de Pablo Escobar para escapar casi de cualquier cerco. Era un pequeño mazo de fotos.

La historia es así: en una de las múltiples ocasiones en que la policía estuvo “a punto” de capturarlo en Envigado, uno de nuestros fotógrafos se percató del operativo.

Parte del municipio de Envigado se compone de sinuosas lomas con lujosas casa fincas. En una de ellas se ocultaba el capo. Nuestro fotógrafo conocía las lomas como la palma de su mano, así que pensó por donde podía huir Pablo Escobar y solo, con su cámara al hombro, tomó ese sendero.

Su instinto no le había fallado: en un recodo del camino se encontró con el capo que, pistola en mano, era seguido por cinco guardaespaldas. Cuál sería la sorpresa del reportero gráfico al darse cuenta de que Escobar no sólo conocía su nombre (era uno de los grandes fotógrafos del periódico, galardonado a nivel nacional e internacional y ahora en retiro) sino que accedió, sonriente, a que le tomara varias fotos.

La directora me las mostró una tarde en su oficina. Esperaba el momento adecuado para publicarlas.

¡Carro bomba!

-“929 en la plaza de toros La Macarena”.

Sábado 16 de febrero de 1991. Yo estaba terminando mi turno en la “página roja” (Judiciales, se llamaba) del periódico, cuando el radio por el que monitoreábamos las transmisiones de la policía empezó crujir con mensajes constantes, señal segura de que algo grave había ocurrido.

929. Carrobomba en La Macarena. El aire se esfumó de mis pulmones. Mis dos hermanos estaban allí, asistiendo a una corrida de toros.

Como tantos otros reporteros en América Latina, yo me hice periodista y de alguna manera “hombre” (¡qué horrible suena eso hoy en día!) en la página roja. Era casi un rito de iniciación, algo inapelable: si ingresabas como novicio a un medio de comunicación en Colombia, te mandaban para Judiciales.

Jamás se me hubiera ocurrido negarme, decir -como lo haría hoy- que poner a un jovencito sin experiencia a cubrir esa fuente (yo venía de trabajar en la sección Cultural de otro diario de la ciudad) con casos de vida o muerte era una brutalidad.

Y sin embargo fue ahí (y más tarde, como el primer reportero en Colombia en dedicarse por completo a cubrir temas de derechos humanos y paz) que me hice periodista. Fueron esas vivencias las que me permitieron entrar después a la BBC y ser corresponsal en español e inglés en un país como México.

Medellín

RAUL ARBOLEDA/Getty Images
En Medellín aún se sienten los efectos de la influencia de Pablo Escobar.

No fue una experiencia única. Decenas de mis colegas en Medellín vivieron lo mismo en esos años y, como yo, guardan en su memoria más imágenes de muerte de las que quizás seremos capaces de procesar en el resto de nuestras vidas. Quiero recordar cuatro.

Un campero cuadrado a la salida de un colegio. Los últimos niños apenas han terminado de irse. Dentro del jeep, tres cuerpos con los ojos cerrados, como si estuvieran durmiendo plácidamente. Todos jóvenes, todos con un tiro en la frente. Eran los guardaespaldas del hijo de un alto oficial de la policía, asesinados por sicarios de Pablo Escobar. Más de 500 policías fueron muertos en menos de un año en Medellín por órdenes del capo.

Un taxi abandonado en una ruta de la montaña, en las afueras de Medellín. En la cajuela se ven dos cuerpos bocabajo, las manos atadas a su espalda con cinta plástica, las piernas dobladas. Son el abogado Guido Parra, asesor de Pablo Escobar, y su hijo, Guido Andrés, de 16 años. Horas antes, 15 hombres con fusiles automáticos, que se habían identificado como integrantes del Bloque de Búsqueda (pertenecían a los Pepes), los habían secuestrado en el octavo piso de un edificio. Sólo querían llevarse al padre, pero, cuando el joven intentó detenerlos, también se lo alzaron. Los dos tenían tiros de gracia en la cabeza.

Un humilde hogar en uno de los barrios más pobres de Medellín (lo que en la ciudad y el país se estigmatizó como “las comunas”). La familia y los vecinos están reunidos en la salita. Rodean un pequeño ataúd, donde se encuentra un niño de cuatro años, muerto por una “bala perdida” luego de un enfrentamiento entre bandas.

Noviembre de 1992, barrio Villatina. La iglesia está repleta. Se trata del entierro de ocho menores de edad (entre ellos una niña de 8 años), asesinados por agentes de la policía vestidos de civil en lo que se conoció como “la masacre de Villatina”, uno de los casos que con más perseverancia seguimos en el periódico y que culminó con el Estado colombiano aceptando la culpabilidad en la matanza e indemnizando a las familias.

Pero es el día del entierro y nada de eso se sabe aún. Yo me encuentro en la parte trasera, escuchando la homilía. De pronto, suena algo como un disparo (en realidad fue el tubo de escape de un camión) y el pánico se apodera de todos, la gente empieza a correr, a gritar, a llorar histérica. En mi recuerdo, uno de los ataúdes cae al piso. La calma retorna unos 20 minutos después y la ceremonia termina sin contratiempos.

“929 en La Macarena”

Como hipnotizado, sin pensarlo, me levanto del escritorio, tomo mi libreta de apuntes y me dirijo a la salida del periódico, donde un jeep nos llevará a mi colega Octavio Gómez, a un reportero gráfico y a mí hasta la plaza de toros.

Ahora no me explico cómo pude hacerlo, pero en ese momento no se me ocurrió decir que no podía trabajar, que mis dos hermanos estaban allí, que tenía que ponerme a buscarlos.

Como un zombi (¿como un policía, un paramilitar o un sicario?) me enfoqué en mi misión: reportar lo que había ocurrido. Recorrí el lugar, observé las ambulancias en las que cargaban los cuerpos (los muertos fueron 27), los vehículos destruidos, el impacto del carro bomba debajo del puente en el que lo habían dejado para que creara mayor destrucción por el efecto de resonancia.

Al mismo tiempo que tomaba apuntes, preguntaba por mis hermanos. No los encontré . Regresé a la sala de redacción cubierto de polvo. Escribí una crónica. Me dirigí a mi casa.

Allá estaba Mauricio, uno de mis hermanos. Me dijo que estaban bien, que nadie conocido había muerto. Pero no quedé tranquilo hasta que, un par de horas más tarde, apareció Felipe, el menor. Y ahí estallé: lo putié por irresponsable, por no haber llamado, por no haber corrido a esconderse debajo de la cama después del atentado; por ser tan frágil, de carne y hueso, en lugar de indestructible acero; porque si bien ese día no le había pasado nada, quizás al siguiente sí podía pasarle…

Raúl Arboleda, AFP / Getty Images

Un ícono

El momento adecuado para usar las fotos de Pablo Escobar llegó el 2 de diciembre de 1993. La historia ha sido contada ad nauseam en libros, series de televisión y hasta telenovelas. Cada vez más solo y acorralado, el capo bajó la guardia y empezó a llamar todos los días a su familia, alojada en un hotel en Bogotá… que pertenecía a la policía.

De esa manera y con ayuda de los gringos, lograron triangular su ubicación a una casa de tres pisos en la carrera 79 B #45D-94, en el barrio Los Olivos de Medellín y a pocas cuadras de un lugar donde, de adolescente, yo tomaba cerveza con mis amigos. Pablo Escobar, descalzo, fue abatido en el techo de la vivienda. Aún se debate quién le dio el tiro de gracia.

La noticia mundial la anunció un colega por la cadena RCN. Luego vinieron los aplausos, los vítores. Los abrazos.

Después… ¿qué paso después? Un amigo, en otra ciudad, asegura que me escuchó hablando sobre el tema en cadena nacional por una radio. aunque no tengo consciencia de ello. Otro que salí a reportear, aunque estoy seguro de que ese día no puse un pie fuera del periódico hasta que no salió la separata especial con la noticia. A la salida me esperaban un aguacero y un trancón de tráfico descomunales.

Lo que sí recuerdo con claridad son mis argumentos para publicar, en primera página, la foto de Pablo Escobar muerto. Era la manera de evitar -aunque igual surgió- el mito de que no había muerto.

Foto de Pablo escobar muerto en un Museo en Colombia. / Foto: Raúl Arboleda, Getty Images
Foto de Pablo escobar muerto en un Museo en Colombia. / Foto: Raúl Arboleda, Getty Images

Yo me encargué de negociar la imagen con el fotógrafo de la policía que la había tomado en la morgue. Al día siguiente, otro periódico salió con una foto mejor: había pagado casi el triple por ella.

Ahora soy mayor que Pablo Escobar cuando murió y en estos 25 años he visto cómo pasó de ser sinónimo de horror a convertirse en ícono pop.

Hace unos años, en Ámsterdam, un camarero indonesio estuvo a punto de abrazarme cuando supo que yo era colombiano. Tal era su admiración por Pablo Escobar. Este año, a una reunión editorial en inglés del Servicio Mundial de la BBC, llegó orondo un periodista turco con una camiseta estampada con el inconfundible rostro de Pablo Escobar.

Una pequeña industria se ha generado alrededor de su vida y muerte: libros, series, películas, documentales, hijos que nadie conocía, bisutería. “Narcotoures”. Su jefe de sicarios se convirtió en un bloguero y celebridad, la gente lo detiene en la calle para tomarse fotos con él.

Quisiera decir que todo eso me asquea, que detesto los libros que se han escrito sobre esa época (incluyendo “Noticia de un Secuestro” de mi admirado Gabriel García Márquez) porque ninguno logra reflejar lo que viví, lo que vivimos… Pero me doy cuenta de que aquí estoy, escribiendo sobre eso, participando de alguna manera en la cacofonía.


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