Mis días en cuarentena, un aislamiento y dolor que no terminan

Una joven madre relata su experiencia con las autoridades médicas en LA y con su familia, en medio de una pandemia que tiene al mundo sin poder salir de casa.

Evelyn Alemán
Evelyn Alemán
Foto: Evelyn Aleman / Cortesía

Desde hace más de dos semanas presento síntomas similares a los del coronavirus. Al principio empecé con congestión nasal, seguida por una tos leve y seca. Luego llegó la falta de respiración, el dolor de pecho, unos sudores que no paraban hasta dejarme la ropa empapada. Le seguían escalofríos a los cuales le acompaña el dolor de garganta, cuerpo y coyunturas.

Cuando empecé con estos síntomas, pensé que quizás eran alergias, las cuales suelo padecer durante la primavera, como una gripe; aunque en esta ocasión me había aplicado la inyección para evitar resfriados.

Inmediatamente pensé que no podía ser el coronavirus porque entré en cuarentena una semana antes de lo exigido, trabajo desde casa, no he viajado fuera del país o soy mayor de 65 años, y no considero haber estado expuesta a ninguna persona contagiada. Así que inicialmente decidí tratar mis síntomas en casa, hasta que no pude más.

Desafortunadamente, con el pasar de los días los síntomas se volvían más fuertes, así que decidí llamar a mi médico, quien ejerce desde una clínica pública en el valle de San Fernando, donde vivo. Pensé que de seguro podría conseguir una cita con él, pero pronto descubrí que el protocolo para asistencia médica había cambiado en clínicas y hospitales públicos, al igual que privados.

A causa del coronavirus, ahora toda cita se transmite por teléfono o por visita virtual a través de un móvil o una computadora. Lo que quiere decir que tenemos que ser muy claros al pedir asistencia médica, porque no nos pueden examinar en persona. Tenemos que explicar específicamente nuestros síntomas por teléfono, cuándo ocurrieron los cambios, y dar el nombre de todas nuestras medicinas.

De esta manera me trataron varios médicos en distintas ocasiones, cada vez recetándome inhaladores y otras medicinas para las alergias y el asma, al igual que el acetaminofén para el dolor.

Las medicinas ayudaran un poco, pero al no ser suficiente por los malestares que sentía, fui a emergencias aun sabiendo que me llevaría horas ver a un médico por el alto número de pacientes; peor aún, me expondría al virus si es que no estaba infectada. Pero no pude esperar más.

Mi esposo y yo nos sorprendimos al encontrar la sala de emergencias del hospital público vacía. Yo era la única paciente y logré ver a un médico pronto. Después de unas horas, el doctor me indicó que mis rayos X, el electrocardiograma, oxígeno y otros exámenes de laboratorio habían salido normales, pero aún así sospechaba del coronavirus.

No obstante, el doctor no pudo hacerme la prueba del coronavirus ya que en ese momento el hospital carecía de ese recurso. El médico se disculpó y me envió a casa con las siguientes recomendaciones: que aguardase reposo, que me aislara del resto de la familia y que si empeoraba regresase a la sala de emergencias.

Estos pasos los repetí tres veces durante las últimas tres semanas, pero cada vez estaba más frustrada por no tener acceso a la prueba del virus y a lo que yo percibía como la falta de atención, apoyo y compasión hacia el dolor que sentía. Aun así regresaba cada vez.

Hace unos días por fin el condado de Los Ángeles me hizo la prueba del virus y afortunadamente salí negativa.

Recientemente, escuché que el alcalde de Los Ángeles Eric Garcetti anunció que las pruebas del virus ahora serán accesibles a todas las personas que exhiban síntomas de la enfermedad.

Quise celebrar mis resultados, pero no pude, la realidad es que sigo presentando los síntomas que me llevaron al hospital inicialmente.

Algo que me atormenta es que, según algunos estudios, el 30% de los resultados negativos pudieran estar equivocados. Lo que significa que la persona examinada puede estar infectada, aunque los resultados sean negativos, especialmente si continúan desarrollando los mismos síntomas. Es por esta razón que no pude celebrar y los médicos prefieren que siga las normas del coronavirus hasta que mi salud mejore del todo.

Es por eso que todavía hoy, en casa seguimos las guías establecidas para cuidar de una persona que puede estar infectada. Por ejemplo, mi familia se asegura de desinfectar las áreas de uso compartido como el cuarto de baño. Por mi parte, trato de no salir de mi habitación. Mi familia también utiliza mascarillas cuando me saludan desde el marco de la puerta de entrada a mi habitación, y uso cubiertos, platos y vasos desechables para no contaminar a nadie.

Algo que me produce mucho dolor, es que añoro los besos, abrazos, y todo contacto con mis hijas y mi esposo, al igual que los espacios y momentos compartidos donde convivíamos como familia.

Sé que es difícil estar en cuarentena y separada del resto del mundo, pero es aún más difícil estar separada de mis hijas y esposo, saber que están ahí pero sin poder abrazarlos. Para que no me sienta triste, hemos establecido un grupo por texto telefónico y le hemos dado el nombre de Chai, un gato Siamés que es nuestra mascota.

A través del texto nos enviamos mensajes de amor y ánimo. También nos enviamos videos cómicos de la aplicación Tik Tok que nos hacen reír un poco de la situación que estamos viviendo, que de repente no terminamos de creer.

Por ahora, los síntomas siguen en un constante altibajo que me agotan, y yo sigo con los medicamentos recetados bajo la supervisión de un médico virtual – esperando que pronto pasen. Mientras tanto, les comparto que me alimento bien, descanso, bebo líquidos constantemente y sigo las guías establecidas para contener la propagación del virus. Lo más importante es que sé, que si tengo que buscar ayuda médica lo haré porque mi salud y el bienestar de mi familia es lo que más importa.

Evelyn Alemán es residente de Los Ángeles y una profesional que se enfoca en ayudar a la comunidad latina en temas sociales.