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“El Mencho” y la coreografía de la violencia

La violencia que siguió en México a la muerte de Oseguera Cervantes resulta, como mínimo, extraña

Tras la muerte de "El Mencho" se desató violencia en algúnos puntos en México, controlada al poco tiempo.

Tras la muerte de "El Mencho" se desató violencia en algúnos puntos en México, controlada al poco tiempo. Crédito: Arturo Montero | EFE

Antes de que los misiles y bombardeos devolvieran a Irán al centro de la agenda global, otro nombre dominó los titulares internacionales: Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”. Su muerte, ocurrida el 22 de febrero de 2026 durante un operativo militar en Tapalpa, Jalisco, fue presentada como un golpe histórico contra el crimen organizado en México. El líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) había caído. El “narco más buscado del mundo”, según la narrativa oficial, había sido finalmente abatido.
El mensaje fue claro: victoria del Estado, derrota del cártel.

Pero la historia no termina ahí. En realidad, apenas comenzaba.

Horas después del operativo, México fue escenario de una violencia cuidadosamente visible: bloqueos carreteros, vehículos incendiados y ataques atribuidos al CJNG en distintos estados. Las imágenes recorrieron el mundo. El guion parecía confirmar lo que durante años se ha repetido sin matices: que el CJNG es una organización vertical, férreamente controlada por un solo hombre, cuya muerte había desatado el caos.

Ese relato es atractivo. Y profundamente engañoso.

Desde hace años, investigaciones académicas y periodísticas han mostrado que el CJNG no funciona como una estructura piramidal clásica. Opera, más bien, como una red criminal fragmentada, integrada por múltiples células con distintos niveles de autonomía, ancladas en territorios específicos y protegidas por redes políticas y empresariales locales. En términos prácticos, se parece menos a un ejército con un comandante en jefe y más a una franquicia criminal: actores diversos que comparten una marca, ciertos métodos y un repertorio común de violencia, pero que no dependen necesariamente de un centro único de mando.

Desde esa lógica, la violencia que siguió a la muerte de Oseguera Cervantes resulta, como mínimo, extraña.

¿Por qué una red de este tipo decidiría exhibirse de manera tan aparatosa justo cuando el gobierno estadounidense amenaza con una guerra frontal contra los cárteles? ¿Por qué llamar la atención del Ejército mexicano y, sobre todo, de Washington, en un momento de máxima tensión política y militar?
La pregunta se vuelve aún más incómoda si se considera el perfil del propio Mencho. No era un joven en ascenso, sino un hombre mayor, con problemas de salud ampliamente documentados. Desde una lógica estrictamente criminal, no parece racional que su muerte provocara una reacción tan desbordada, capaz de poner en riesgo la supervivencia misma de la red.

Lo ocurrido se asemeja más a una coreografía de la violencia que a una reacción espontánea.
Una coreografía que cumple varias funciones: dramatiza el peligro, alimenta el miedo y refuerza la narrativa de que México enfrenta una amenaza extraordinaria que solo puede resolverse con fuerza militar. Es la violencia convertida en espectáculo, diseñada para las cámaras, los titulares y los discursos políticos.

El contexto político importa. El abatimiento de “El Mencho” ocurrió en un año de elecciones intermedias en Estados Unidos. No es un detalle menor. El presidente estadounidense no tardó en adjudicarse el golpe. En su informe a la nación, afirmó que su gobierno había “abatido a uno de los jefes de cárteles más siniestros de todos”. Poco importó que el operativo se realizara en territorio mexicano o que la participación estadounidense fuera, según las propias autoridades, de inteligencia y coordinación.

El mensaje estaba dirigido a otro público: el electorado.

En un país donde el fentanilo se ha convertido en crisis nacional, la figura del “narco abatido” funciona como símbolo político, aunque su impacto real sobre el tráfico de drogas y las adicciones sea prácticamente nulo. La guerra contra el narcotráfico vuelve a ofrecer imágenes de éxito, aunque los resultados estructurales sigan siendo los mismos.

También hay otros ganadores menos visibles. El complejo militar-industrial y las empresas dedicadas a la tecnología de vigilancia y control encuentran en este clima el terreno ideal para expandirse. No es casual que esta escalada ocurra a pocos meses del Mundial de Futbol. La permanencia de México como sede parece cada vez más ligada a su capacidad para garantizar seguridad mediante esquemas de hipervigilancia, monitoreo masivo y control territorial.

El abatimiento de “El Mencho” encaja así en una lógica más amplia: la de un modelo que necesita enemigos claros, violencia espectacular y narrativas de guerra permanente para sostenerse. Un modelo en el que la seguridad se convierte en negocio y la violencia en argumento político.

Más que el fin de un capo, lo ocurrido revela la persistencia de una ficción útil: la idea de que matar a un líder criminal equivale a desmantelar una economía criminal. La realidad, como siempre, es mucho más incómoda.

Los textos publicados en esta sección son responsabilidad única de los autores, por lo que La Opinión no asume responsabilidad sobre los mismos.

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