Protesta por el cambio

El cartel lo dice todo “Acabemos con la avaricia de las corporaciones”. Es el grito de lucha de un nuevo movimiento que recorre a los Estados Unidos de América. El de “los indignados” que se ha propuesto “Ocupar Wall Street” y acabar con lo que ellos llaman “las prácticas desleales del 1%”.

En la actualidad, dicen, el 1% de los estadounidenses son propietarios del 24% de la riqueza nacional; y el 5% posee mas del 40% de ésta. Señalan que es inaceptable que en una misma entidad corporativa, un ejecutivo gane 400 veces el salario de un empleado de menor cuantía, y que a pesar de sus rotundos fracasos financieros, reciban además escandalosos bonos al final de su malhadada gestión. El ejecutivo viaja en jet privado, puede cubrir con amplitud todas sus necesidades, y disfruta de todos los excesos y comodidades de la vida moderna; al empleado común apenas le alcanza el dinero para pagar un techo y poner el pan en la mesa familiar. No puede ni siquiera comprar una póliza de seguro médico o ahorrar para la educación de sus hijos o para envejecer con algo de seguridad financiera.

“Los indignados” se instalaron inicialmente en el distrito financiero del bajo Manhattan hace apenas tres semanas, pero su lucha se ha extendido a otras ciudades. En Los Ángeles se encuentran concentrados en los jardines de la alcaldía. Y hay grupos similares en Chicago, San Luis, Boston, y varias otras importantes ciudades.

Está formado principalmente por desempleados, muchos de ellos profesionales, pero con el paso de los días se van uniendo maestros, empleados públicos, sindicalistas, y hasta pilotos privados.

La protesta no es sólo contra la banca usurera y las grandes corporaciones, sino además contra los gobiernos de turno que le hacen el juego a los propietarios de los grandes capitales.

Se comenta que ésta es la versión de izquierda del llamado “Partido del té”, el tan popular movimiento conservador que promueve políticas conservadores como la disminución de los impuestos.

Ojalá que esta desorganizada fuerza política que emerge de la injusticia social no se diluya, y sea capaz de iniciar los cambios necesarios para acortar la brecha entre los que poseen el capital y la fuerza laboral. La cuerda no da para más, el sistema tiene que restructurarse para garantizar el derecho de los propietarios de los medios de producción de disfrutar de los frutos de su trabajo, pero sin sumir a las clases menos privilegiadas en un mar de carencias que les impide cubrir sus necesidades mas elementales.

Es inaceptable que en la primera potencia del mundo una persona gane en un día, el equivalente a lo que una persona viviendo en extrema pobreza alcanza a acumular durante un año de trabajo. Y no se trata de posturas socialistas, ni de un ataque al sistema capitalista, ni de la redistribución de la riqueza, ni mucho menos de una guerra de clases como lo ha tildado la derecha radical, sino simplemente de una participación más equitativa de los recursos entre los propietarios del capital y la fuerza laboral del país.

La clase media está siendo arrasada en los Estados Unidos, y actualmente nos dividimos entre ricos y pobres. Esta es una receta peligrosa para la estabilidad de cualquier democracia desarrollada y moderna.