Época para derrochar

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Colgados del brazo de mamá, mi hermana Analuz y yo caminábamos hacia la atiborrada zona comercial de Cali, donde veríamos juguetes en un paseo tan emocionante como si ya fueran nuestros.

En ese tiempo no nos seducían en la televisión con regalos ostentosos y tampoco con anuncios “lava-cerebros” para inducirnos a pedir artefactos inútiles, que a los pocos días se guardarían en el cuarto de San Alejo.

En ese tiempo los juguetes infantiles no eran violentos, ni sembraban odio, ni competencia alevosa. Eran solo muñecas, carritos y pasatiempos de mesa para lograr integrar a las familias y no desunirlas.

El truco del paseo familiar, preparado por mamá con minuciosidad, consistía en observar el tamaño de los ojos cuando veíamos un juguete, lo que medía el deseo, supeditado a la capacidad de su monedero.

Después mamá compraba los regalos y de forma compinche, con hermanos mayores que ya sabían la verdad, los escondía en un armario.

Nunca cuestionamos la diferencia entre Papá Noel (Santa Claus) y el niño Dios. Mientras los primos esperaban al barba blanca, influenciados por la costumbre de los Estados Unidos, nosotros le teníamos fe al pesebre, los pastores y los Reyes Magos.

En la familia había un discrepancia cultural entre mamá y papá, porque él, nacido en Francia, proponía que los regalos se dieran el 6 de enero cuando se conmemora la llegada de los Reyes Magos a Belén, pero ganaba mamá al sorprendernos el 25 de diciembre, el primer día de la natividad, llenándonos de felicidad. Era tan niña como nosotros que deseábamos los obsequios rápido.

Nunca hubiéramos querido que muriera la fantasía, hasta que un primo maloso nos llevó al armario secreto y reveló la verdad, desengañándonos.

A pesar de eso, aquellos diciembres siguieron siendo alegres y dentro del corazón persistía un regocijo desbordante que nutría de bienestar el espíritu.

No fue una sola vez que en mi hogar de infancia, la escasez tocó a la puerta en Navidad, siendo el mayor deleite recibir un juego de ajedrez, elaborado con paciencia por mi padre, durante meses, con pequeños mosaicos de los que se usaban para los sanitarios.

Todas las familias hemos tenido tiempos difíciles. Es como un zarandeo al alma para que comprendamos que la festividad por el nacimiento de Jesús es una época de reflexión, reconciliación y reunión en paz con la familia y no un negocio comercial.

Hoy día, la abrumadora propaganda y la manipulación que lucra a incrédulos, empaña el sabor navideño de esta época hermosa. No nos dejemos usar y volvamos a los buenos tiempos en que era un gozo natural.

Lo primero que debemos hacer es agradecer a la fuerza Universal por tener salud y compañía y después derrochemos en nuestro corazón caridad y compasión.

Derrochemos cariño y amor. Visitemos a los que no tienen nada; a los abuelos que envejecen solos; a los tíos ermitaños que no tuvieron hijos y saludemos a quienes precisan de una palabra de aliento porque la enfermedad los tiene postrados en cama.

Derrochemos tiempo cantando villancicos y compartiendo arroz con leche, buñuelos y natilla con aquellos que amamos.

Derrochemos sin tacañería abrazos y esta frase: ¡FELIZ NAVIDAD!