El giro de Obama hacia el Pacífico

El regreso de Asia al centro de la escena internacional es el gran desplazamiento de poder del siglo veintiuno. En 1750, Asia contaba con aproximadamente tres quintos de la población mundial y representaba también tres quintos de la producción global. En 1900, tras la Revolución Industrial en Europa y los Estados Unidos, la participación de Asia en la producción mundial se había contraído hasta un quinto del total. En 2050, Asia estará otra vez bien encaminada a convertirse en lo que fue 300 años atrás.

En lugar de prestar atención en esa dirección, Estados Unidos malgastó la primera década del siglo empantanado en las guerras de Irak y Afganistán. Pero ahora (según señaló en un discurso reciente la Secretaría de Estado de los EE. UU., Hillary Clinton), la política exterior estadounidense “pivotará” hacia Asia oriental.

La decisión del presidente Barack Obama de crear un destacamento rotativo de 2,500 marines en una base del norte de Australia es una señal anticipada de ese giro. A esto se suma que en la reunión del Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico, celebrada en noviembre en el estado natal de Obama, Hawaii, se decidió llamar a una nueva ronda de conversaciones comerciales denominada Acuerdo de Asociación Transpacífica. Ambos acontecimientos refuerzan el mensaje de Obama a la región de Asia y el Pacífico, en el sentido de que Estados Unidos pretende mantener una presencia firme en el área.

El giro hacia Asia no implica que el resto del mundo ya no tenga importancia, sino todo lo contrario. Por ejemplo, la economía de Europa cuenta con un nivel de recursos y un desarrollo muy superiores a los de la economía china. Pero como explicó hace poco el asesor de Obama para asuntos de seguridad nacional, Tom Donilon, durante los últimos años la política exterior estadounidense tuvo que hacer frente sucesivamente a las guerras de Irak y Afganistán, el problema del terrorismo, las amenazas de proliferación nuclear en Irán y Corea del Norte y los recientes levantamientos en los países árabes. Con el viaje de Obama a Asia en noviembre se pretendió poner las prioridades de la política exterior estadounidense en correspondencia con la importancia de la región a largo plazo.

Donilon señaló que “al darle a esta pujante región un lugar entre nuestras prioridades estratégicas principales, Obama demuestra que está decidido a no permitir que las crisis actuales aparten a nuestra nación de su rumbo”. El gobierno de Obama también anunció que sin importar cuál sea el resultado de las discusiones sobre el presupuesto de defensa, “nos aseguraremos de proteger los recursos necesarios para mantener nuestra presencia en la región de Asia y el Pacífico”.

El viaje de Obama en noviembre también fue un mensaje dirigido a China. Después de la crisis financiera de 2008, muchos en ese país manifestaron la errónea creencia de que Estados Unidos se encuentra en un estado de decadencia terminal y que China debe adoptar una actitud más asertiva (especialmente en lo que concierne a sus reclamos de soberanía en el mar de China meridional), en detrimento de los aliados y amigos de los Estados Unidos. Durante el primer año de la presidencia de Obama, su gobierno asignó a la cooperación con China un alto nivel de prioridad, pero parece que los dirigentes de este país malinterpretaron la política estadounidense como una señal de debilidad.

Luego el gobierno estadounidense endureció su posición, cuando Clinton se refirió al tema del mar de China meridional en la reunión de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático celebrada en Hanói en julio de 2010. La posterior visita del presidente chino Hu Jintao a Washington en enero de 2011 fue un éxito, pero muchos editorialistas chinos se quejaron de que Estados Unidos intentaba “contener” a China e impedir su pacífico resurgimiento.

Este temor de China por una supuesta política de contención de los Estados Unidos está nuevamente en boga, ahora que Clinton insiste en que los conflictos por la soberanía de los mares que tiene el país con sus vecinos se discutan en la Cumbre de Asia Oriental del año próximo en Manila, que contará con la presencia de Obama, Hu Jintao y otros líderes regionales.

Pero la política estadounidense en relación con China es diferente de la política de contención que se siguió durante la Guerra Fría en relación con el bloque soviético. Mientras que los intercambios comerciales y la interacción social con la Unión Soviética eran limitados, Estados Unidos es el mayor mercado extranjero de China, aprobó y facilitó el ingreso de este país en la Organización Mundial de Comercio y recibe cada año en sus universidades a 125.000 estudiantes chinos. Para ser contención al estilo de la Guerra Fría, la política actual de los Estados Unidos hacia China resulta extraordinariamente cálida.

En el informe estratégico del Pentágono para Asia oriental, en el cual se basa la política estadounidense desde 1995, se propuso la integración de China al sistema internacional por medio de programas comerciales y de intercambio. Aunque al mismo tiempo y para proteger esta apuesta, Estados Unidos reforzó su alianza con Japón, esto no constituye contención. Después de todo, los dirigentes chinos no pueden predecir las intenciones de sus sucesores. Estados Unidos apuesta a que sean pacíficas, pero no hay cómo saberlo. Una medida de protección es señal de precaución, no de agresión.

Las fuerzas militares estadounidenses no tienen por objetivo “contener” a China, a la manera de la Guerra Fría, pero tal vez ayuden a establecer el marco dentro del cual los futuros líderes chinos tomarán sus decisiones. Todavía sostengo lo que dije en mi declaración de 1995 ante el Congreso de los Estados Unidos, en respuesta a quienes ya entonces pedían una política de contención más que de presencia: “Sólo China puede contener a China”.

Si China llegara a convertirse en un problema para la región de Asia y el Pacífico, otros países se unirán a los Estados Unidos para hacerle frente. Es precisamente por eso que después de 2008, cuando la política exterior china se volvió más asertiva, muchos de los vecinos de China reforzaron su vínculo con Estados Unidos. Pero lo último que queremos es una repetición de la Guerra Fría en Asia.

Cualesquiera sean las posiciones competitivas de China y Estados Unidos, la cooperación sinoestadounidense en asuntos como el comercio, la estabilidad financiera, la seguridad energética, el cambio climático y la respuesta a las pandemias será provechosa para ambas partes. Y los demás países de la región también saldrán beneficiados. El giro de la administración de Obama en dirección a Asia no es un exhorto a la contención, sino una muestra de reconocimiento del enorme potencial que tiene la región.