El dinero electoral

CNN y el NY Times publicaron hace unos días que el multimillonario, magnate de casinos de Las Vegas, Sheldon Adelson y esposa, estaban aportando 10 millones de dólares más para la campaña de Newt Gingrich en adición a los 11 millones que ya habían dado con anterioridad.

¡21 millones de dólares!

Este anuncio me tiene consternado y preocupado. El que alguien piense que nos vamos a tragar el cuento ese de que esa gigantesca aportación es a cambio de nada, es casi insultante.

Claro que el matrimonio Adelson es libre de regalar su dinero -de seguro lo repondrán rápidamente en sus casinos- pero el político no creo que sea libre de aceptarlo, porque quiera o no, crea un compromiso. Pero ¿compromiso de qué pudiera ser?

Yo podría especular pero no lo voy a hacer. Solo quiero expresar mi sorpresa de que los Adelson apoyen tanto a Gingrich quien hasta el momento no es ni siquiera el puntero entre los pretensos, y de llegar a candidato republicano su camino a la presidencia estaría pavimentado de espinas… por eso de que algunos de sus pecadillos del pasado se perdonaron, pero no se olvidan…

Me preocupa este aporte, y muchos más, de un millón cada una para otros pretensos, porque estamos substituyendo el “We the people” con un “We the Money”.

Estos aportes son -diciéndolo lo más amable posible- la compra de influencias. ¿Y si las influencias esáan a la venta, donde queda el interés del país?

Si usted, amable lector, observa el proceso político actual en los Estados Unidos, se dará cuenta que la importancia que los pretensos le dan al dinero es mayor que su discurso político, y que su posibilidad de llegar al poder lo miden en función de su acceso a recursos.

El aporte del gobierno federal a cada partido para gastos de elecciones está reglamentado y no son personales, como las privadas.

Los aportes pequeños de ciudadanos, que aun creen en su partido y candidatos, son más convenientes y democráticos. Lo recuerdo de tiempos más ingenuos.

Y es una pena pero los políticos ya no ganan adeptos ni con ideologías ni con su carisma (del que están careciendo), sino con campañas de publicidad y mercadotécnia manejadas por expertos en la materia.

En otras palabras, nuestra democracia es solo un producto; el que tenga más recursos y los maneje mejor compra su derecho a gobernar.

Suena mal, está mal y es trágico.

Aquí ya nos estamos acostumbrando que el dólar sea rey en la política, pero esa situación es nueva para muchos latinoamericanos, especialmente para los inmigrantes de México que han venido a radicar aquí. A ellos este “palear dinero” les parece una dramática distorsión de la gran tradición democrática americana que tanto admiran.

¡Y lo es!

La envidia que sentíamos en México al comparar nuestra democracia con la de aquí, se está convirtiendo en decepción al ver que ahora se trata más de una campaña de ventas que de una lucha ideológica. Así al votar estamos comprando una figura política que tiene más compromiso con los que la financiaron que con los votantes.

Y esa decepción es precisamente porque en México los fraudes electorales estaban (¿están?) a la orden del día.

En muchos casos -yo lo viví en México- se acarreaba gente a los mítines. Asistían a cambio de una pequeña gratificación, una torta y un refresco; reflejo de su dramática pobreza.

Ah, pero políticamente, pese a que se sabía que la asistencia era acarreada, lucía mucho un mitin muy concurrido donde los “jilgueros” (lidercitos de lengua fácil) podían lucir sus habilidades; también se acarreaba gente para que votara.

¿Autoengaño?

Por supuesto… Todos lo sabían, lo habían hecho ellos en su camino ascendente, pero aun sabiendo que todo era falso, era políticamente importante que asistiera mucha gente.

La deshonestidad orquestada era en el votar y en el conteo de los votos. No se aceptaba perder y se encontraban mil formas para evitar una derrota.

Hubo un fraude, el más famoso por cierto, que se hizo cuando Cuahtemoc Cárdenas compitió con Carlos Salinas, que era el gallo del presidente gris Miguel de la Madrid.

Cuando en el proceso del conteo de votos se realizó que era desfavorable a Salinas, se “cayó” el “sistema electrónico”.

¡Oportuna decisión deshonesta del presidente gris!

Con ese, ¿cómo llamarle? ganó Salinas la presidencia y ya presidente mandó quemar los paquetes que contenían los votos.¡Había que borrar de la historia los comprobantes de ese “trinquete”! ¡Muy conveniente abuso del poder!

En otras ocasiones se llenaron urnas de antemano o se perdían algunas con posibles resultados adversos.

Hubo fraudes con un procedimiento sencillo: El partido (o sindicato) les daba a sus miembros una boleta, idéntica a las de las casetas. Esas boletas ya estaban marcadas con el voto. El votante estaba obligado a devolver la boleta en blanco que le daban en los lugares de votación tras meter a la urna la premarcada que llevaba; No hacerlo podía costarle el empleo.

El conteo de votos era correcto, el resultado, legal.

Los fraudes alejaron al pueblo de México del proceso electoral y los amantes de la democracia suspiraban por tener una como la de los Estados Unidos.

Ahora a mi me invade el temor de que nuestra democracia se esté ahogando bajo el peso de los dólares.