El seguro de incapacidad laboral

Antes de comprar una póliza de incapacidad, debes leerla cuidado-samente para asegurarte de lo que cubre o no
El seguro de incapacidad laboral
Mientras más largo sea ese período de cobertura del seguro, mayores serán las primas mensuales.
Foto: Archivo / La Opinión

Desde el punto de vista económico, la incapacidad laboral puede resultar más desastrosa que la muerte. Si te llegaras a encontrar incapacitado debido a una enfermedad o una lesión, perderías tu capacidad de obtener ingresos, pero seguirías teniendo gastos de subsistencia y, casi siempre, enormes costos de atención médica. Para cubrir eso existe el seguro de incapacidad (o disability insurance), que reemplaza un porcentaje de tu salario antes de impuestos -generalmente entre el 50% y el 70%- con un límite en la cantidad que puedes recibir cada mes.

Antes de comprar una póliza de incapacidad, debes leerla cuidadosamente para asegurarte de lo que cubre y no cubre. Sobre todo, debes tener bien claro cómo define ese seguro la incapacidad laboral. Es probable que esa definición de lo que significa estar incapacitado sea bastante estricta, lo que te haría más difícil reunir los requisitos para recibir los pagos de ingresos que pudieras reclamar. Algunas pólizas establecen, por ejemplo, que si puedes realizar cualquier trabajo -inclusive uno que pague mucho menos de lo que ganabas antes-, no estás incapacitado.

Las opciones más caras son las llamadas pólizas de ocupación propia, que pagarán beneficios si no puedes hacer las tareas típicas de tu labor habitual. Sin duda que estos planes son los mejores, pero también los más caros. La opción de ocupación razonable -menos costosa, cubre beneficios por un periodo fijo mientras no puedas trabajar en tu ocupación original- se interrumpe cuando recuperas la capacidad de trabajar en algo acorde con tu educación y experiencia. Ten en cuenta, además, que muchas pólizas rehúsan cubrir una incapacidad que resulte de un problema médico preexistente.

Puedes optar por una póliza que te cubra por un cierto período de tiempo (uno, dos o cinco años), o por una que dure hasta que seas elegible para el retiro laboral. Mientras más largo sea ese período de cobertura, mayores serán las primas mensuales.

Los pagos por incapacidad, en caso de que llegues a hacer una reclamación, pueden demorarse hasta cuatro meses una vez que reúnas los requisitos para la cobertura después de haber sido considerado incapacitado. Sin embargo, al comprar la póliza puedes especificar un período de eliminación más corto – aunque esto aumentará el costo del seguro.

Al comprar este tipo de seguro, piensa qué cantidad de cobertura necesitas. Dependiendo de tu empleo, puede que ya tengas Compensación al Trabajador (hasta el 80% de tu sueldo neto, por lesiones en el lugar de trabajo), Cobertura Empresarial o Sindical (pago de licencia por enfermedad hasta seis meses), o Seguro Social (los cheques por cobertura del Seguro Social comenzarían a llegar después de cinco meses de presentar una incapacidad total, y debes haber establecido, mediante estándares bastantes estrictos, una incapacidad que durará más de un año).

Cuida tu crédito

Hay quienes aseguran que la única persona a quien hay que prestarle sin pensarlo es a la propia madre de uno. Para todos los demás… allí está el banco. Por eso, a menos que estés con toda conciencia dispuesto a asumir la deuda de otra persona (y esto casi nunca sucede), la respuesta para alguien que te pide que seas su cosignatario es un rotundo “NO”. En asuntos de dinero lo mejor es actuar sin ambages y con realismo.

Digamos que ya firmaste y tu amigo o pariente no puede o no quiere pagar el préstamo que consiguió gracias a ti para comprar, por ejemplo, un auto nuevo. Al ver que no se han realizado los tres últimos pagos mensuales, ya la institución que efectuó el préstamo estará lista para recuperar el carro… y tú te encuentras metido en este lío por la irresponsabilidad de otra persona a quien quisiste ayudar.

Si el deudor no quiere dar el frente a la situación -y no sólo no responde a los acreedores, sino tampoco a tus llamadas por teléfono-, contáctalo personalmente para hacerle entender su responsabilidad en $asunto y establecer un plan de pago aceptable para el deudor, el acreedor y tú, lo que te quitaría un gran peso de arriba. Si la gestión es inútil, vas a tener que darle tú la cara al acreedor y ver cómo mejor arreglas tu situación.

Si tu amigo lleva ya varios meses sin pagar y el acreedor amenaza con apropiarse del vehículo, probablemente te convenga ponerlo a tu nombre y continuar tú con los pagos.

Aún cuando ya tengas un auto con el que eres feliz, una buena solución sería venderlo y usar ese dinero para que te ayude en el refinanciamiento del otro. Por otro lado, quién sabe si tienes al alcance de tu mano una persona conocida que se entusiasma con el vehículo y el precio, y a quien le gustaría asumir la deuda o refinanciar nuevos términos con el acreedor.

Claro, si la cantidad que se debe en el auto es más de su valor total, posiblemente tendrías que hacer el sacrificio de poner dinero de tu parte -es decir, pagar una nueva entrada- para que esta transacción funcione. Eso es mejor que esperar a que el acreedor se apropie del vehículo y lo venda en subasta. ¡Esto sería terrible!

Si lo vende por menos de su costo -que es lo más seguro que suceda-, tú tendrás que pagar la diferencia, además de los honorarios legales (¡y te quedarás sin el auto!). En ese caso, si esa diferencia no llega a la cantidad que es necesaria para establecer una demanda legal, podrías llevar a tu examigo a la corte de pequeñas reclamaciones, preparar bien tus papeles y rogar porque luego se establezcan las presiones legales para sacarle el dinero que debe. Mientras tanto, tú tendrás que seguirle pagando al acreedor, y habrás perdido tu buen crédito.

Es una lección difícil, pero que te puedes ahorrar desde ahora si lo piensas antes de servir de cosignatario de un préstamo… ¡Y después de pensarlo mucho, de todos modos dices “no”!