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Engañados en la reforma

Inmigración

El premio “Nunca se dijo una mayor verdad” de esta semana se lo lleva David Martin, que se desempeñó como vice-consejero general del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) durante los dos primeros años del gobierno de Obama.

Martin hizo una observación muy directa a un reportero del New York Times —observación que tiene sentido para todo aquel que ha comprendido la jugada realizada por el presidente Obama en cuanto a la reforma migratoria, a fin de calmar a los electores hispanos.

“Hubiera sido mejor que el gobierno declarara claramente sus intenciones de imponer la ley y que las cumpliera, en lugar de estar dispuesto a inclinarse hacia lo que pareciera más conveniente políticamente en un momento determinado,” expresó Martin. “Perdieron credibilidad en cuanto al cumplimiento de la ley, a pesar de todas las deportaciones, y permitieron que los activistas pensaran que siempre podrían obtener otra concesión, con solo acusar a Obama. Fue una quimera pensar que podrían dejar a todos contentos.”

Los comentarios de Martin aparecieron en un artículo de primera página sobre el número de indocumentados, pero sin antecedentes penales, que han sido deportados, a pesar del pedido del presidente de que DHS utilice su discreción y se concentre en delincuentes serios.

El hecho de que DHS no priorizara a narcotraficantes, miembros de pandillas o terroristas reales, mientras deportó a individuos que se pasaron un semáforo rojo o cometieron un error después de que caducara la visa que les permitía permanecer en el país, se ha sabido durante años. Sin embargo, la razón por la que el artículo del New York Times ha sido minuciosamente analizado, debatido interminablemente y utilizado para promover los objetivos de las organizaciones nacionales que defienden los intereses de los inmigrantes es que pone de manifiesto el cinismo de Obama.

Sí, Obama incrementó las deportaciones después de haber prometido a los latinos que hallaría una manera de ofrecer alivio mientras negociaba una reforma migratoria con un camino a la ciudadanía. Sí, Obama se ofendió cuando activistas, periodistas y líderes comunitarios lo desafiaron por no haber cumplido su promesa y él los reprendió durante reuniones en la Casa Blanca por haberlo criticado públicamente.

Una y otra vez, el presidente dijo que no podía actuar unilateralmente para legalizar a los inmigrantes presentes ilegalmente y después demostró lo contrario, prácticamente la víspera de su reelección, concediendo una acción diferida a los jóvenes que estaban habilitados para acogerse a la Ley DREAM quienes, coincidentemente, estaban participando activamente en la campaña a favor de los demócratas.

Y sí, Obama está respondiendo una vez más a renovados llamamientos para que termine con las deportaciones con su respuesta acostumbrada, que se reduce básicamente a “No puedo hacer nada” y “Echen la culpa a los republicanos.”

Obama efectivamente pidió a individuos suplicantes, en reuniones recientes en la Casa Blanca, que se guardaran sus anécdotas sobre el dolor y sufrimiento de las deportaciones y la separación de las familias. No porque no le importen, por supuesto —nos ha dicho muchas veces cuánto le importan— sino porque es más productivo discutir la estrategia para legislar una ayuda permanente. En eso, al menos, fue honesto, aunque un poco frío.

Sus maquinaciones presidenciales para preservar las tasas de aprobación entre los hispanos han sido evidentes durante años, aún cuando sus discípulos no quisieron verlas. Y aunque todos los años Obama ha realizado giras de conferencias durante el Mes de la Herencia Hispana, para dejar en claro que le importa que se lleve a cabo una reforma migratoria, las tasas de aprobación del presidente entre los latinos han alcanzado su punto más bajo —52%, según Gallup.

Pero el motivo por el que estuvo previamente tan alta —75%, sólo un año antes— es un misterio. Cuando se acercaba al final del primer año en su cargo, quedó claro que el programa de gobierno del presidente para el segundo y demás años no ponía la inmigración en el mapa.

No culpo al presidente por su incapacidad de lograr que un Partido Republicano obstruccionista se aviniera a un acuerdo en uno de los temas más polémicos de nuestros tiempos. Hasta Ronald Reagan, muchos han señalado, tendría pocas posibilidades de lograr que se aprobara otra reforma en el clima actual de suma polarización.

Y todo aquel con sensatez no hubiera criticado al presidente por centrarse en la economía y en la creación de empleos, si lo hubiera dicho. En lugar de ello, continuó excediéndose en sus promesas sobre la inmigración sin producir resultados.

El histórico número de deportaciones y de fracasos en cuanto a la reforma migratoria no será su perdurable legado. Será lo tontos que se sentirán sus más ardientes defensores hispanos, al saber cuánto tiempo les llevó darse cuenta de que el presidente los estaba engañando en el asunto que toca más de lleno su dignidad.

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