Los millones de Sterling

Setenta y dos horas trepidantes. A puro nervio. En las que el desatino en las palabras de Donald Sterling le dio un sacudón a las estructuras del deporte en Estados Unidos. Apenas tres días para cerrar el caso y para abrir los ojos, y retomar con urgencia el debate sobre la necesidad de cuidar mejor el deporte. Y ese debe ser, sin duda, el gran mensaje que deje la expulsión del propietario de los Clippers de la NBA.

Habrá que mirar por el retrovisor para recordar en qué momento el deporte dejó de ser una diversión para la familia y se convirtió en un gran negocio en el que entonces, de a poco, fueron llegando personajes y personajillos de todas las pelambres.

Se colaron tipos como Donald Sterling, un multimillonario sin parentesco alguno con el deporte y quien por lo visto y juzgado, le importaba poco.

Sterling tenía un negocio, pero no la ilusión de ganar algo, visto como manejó el equipo en los 33 años que fue su dueño.

En los años de los Clippers que no ganaban, Sterling sí ganaba, y con lo que hacían en la duela los basquetbolistas que segregaba por el color de su piel, se hacía más millonario. Era más rico, pero no más feliz, porque para aquel hombre la única acepción de ganar que conoce es… ganar plata. Y los millones no compran ciertas cosas.

Se va Sterling por la puerta de atrás, pero de seguro no va a extrañar a la NBA porque para él el asunto es que sus millones le produzcan más millones y eso bien puede hacerlo si compra vacas en lugar de contratar atletas de alta competencia.

Lo bueno es que tampoco la NBA extrañará a uno de los peores dueños de toda la Liga. Un hombre sin vergüenza que encontraba como única diferencia entre lidiar con grandes atletas y con caballos de carreras, en el hecho de que Clippers le ofrecía el escenario maravilloso de alternar con Doc Rivers, Jenny Buss, Abdul Jabbar, Magic Johnson; cuando no con Jack Nicholson y otras estrellas que embriagan de magia.

Sterling no disfrutaba la NBA sino las cosas que le daba ser dueño. Aquello que le ofrecía el ejercicio de su liviandad de moral de exhibirse en público, a sus ochenta años, con una novia de 24 años que llegaría a ser principio, y no todavía el fin, de sus desgracias.

Se va Sterling, con sus millones y nadie lo va a echar de menos. Nos quedamos con el rechazo masivo de la sociedad y la familia del deporte a la conducta asqueante del ex propietario de los Clippers, que con lo que hacen en el maderámen, merecen una mejor suerte. Y rescatamos, la actitud valiente y resuelta del comisionado de la NBA, Adam Silver a quien no tembló el pulso para desterrar un brote de racismo inadmisible.