Alivio temporal para los niños

Los niños migrantes son seres inocentes que tratan de sobrevivir
Alivio temporal para los niños
La crisis humana de los niños migrantes es resultado de la violencia en sus países.
Foto: Archivo

Inmigración

Cuando mis hermanas y yo salimos de El Salvador rumbo a Estados Unidos una madrugada de diciembre, nos acompañaba un pequeño maletín con varias piezas de pan francés, queso duro, y una imagen de San Judas Tadeo.

Mi hermana mayor contaba con 18 años, la menor apenas con 11 y yo andaba ya en los 12. El plan era viajar desde El Salvador hasta Tijuana, México, sin adultos, mapas, papeles, dinero, o polleros (coyotes). El motor principal que movilizó a más de 1.3 millones de salvadoreños, entre ellos cientos de miles de niños, a dejar su tierra y arriesgarlo todo fue una cruel guerra civil que arrasaba con miles de vidas inocentes.

Las noticias de las últimas semanas acerca de niños que buscan salvarse del peligro en El Salvador, Guatemala, y Honduras nos recuerda a muchos que el fenómeno migratorio no tiene solo un principio o un fin.

Los recién llegados pudieran parecernos diferentes a los del éxodo masivo de la Centro América de los años 80. Pero al final, el drama humano que se vive hoy con los más de 50,000 niños centroamericanos que buscan refugio en EE.UU. es el mismo: seres inocentes que tratan de sobrevivir, huir del peligro, y buscar a como dé lugar el calor familiar de unos brazos que los acojan.

Mi experiencia como niño inmigrante indocumentado me da un punto de partida para entender algo de lo que está pasando en la frontera. Pero mi experiencia no me da el peso moral para pedirle a un niño o padre de familia que no lo arriesgue todo por reunirse con un ser querido que vive “al otro lado”.

Lo que puedo afirmar con certeza porque yo lo viví es que la travesía sin documentos desde Centro América a Estados Unidos, para cualquier ser humano sin importar edad, género, o capacidad física, es sumamente peligrosa, trágica, y a veces fatal. Muchos logran llegar a la frontera pero la búsqueda por Gringolandia se convierte aún más amenazante, temible, y los supuestos beneficios perturbadoramente viscosos.

La esperanza de un mejor porvenir jamás ha sido exacta para nosotros los inmigrantes. Que se le pregunte a cualquier madre o padre que ha llorado incontables lágrimas al ver llegar a un hijo a California, Michigan, o New York, pero cuyo rastro le había perdido desde hace meses. Que se les pregunte también a los abuelos que quedaron atrás rezándole a los dioses en algún pueblo de Centro América y que en silencio tuvieron que apagar las velas al pasar décadas sin que sus nietos, y los dioses, respondieran a su plegaria. A la promesa de una vida sin sufrir le sobran espinas que rasgan sin piedad el corazón de generación tras generación.

Y sin embargo seguimos intentando el viaje. Nuestros corazones siguen latiendo fuerte al creer que al otro lado la vida existe sin violencia, pobreza, maras, narcotraficantes, políticos corruptos, dolor. Seguimos creyendo en las promesas de polleros, supuestos expertos en pasar camellos por el ojo de una aguja. Y emprendemos viaje aun cuando tenemos todo que perder.

Sería fácil culpar a los padres de haber inducido a estos niños a emprender tal viaje sin arribo garantizado. Sería entendible decir que los culpables son los coyotes que se hacen ricos entregando a estos niños a inmigración. Sería entendible pero injusto.

La situación de los niños es precaria y el gobierno estadounidense amenaza con facilitar la deportación de todos ellos. La pregunta no es cuál esperanza, mentira, o fantasía convenció a este grupo de inmigrantes a dar el paso más osado de todas sus vidas. La pregunta como sociedad humanista, compasiva, y pragmática que somos es qué hacemos con los niños y jóvenes que ya están entre nosotros. Deportarlos sería inhumano, cruel, y sanguinario.

La falta de una reforma migratoria está directamente conectada con la situación de los niños centroamericanos. No exclusivamente, pero es parte del contorno que describe esta compleja migración supuestamente repentina. Siendo así, es de suma urgencia que el Presidente Obama considere a estos niños y sus familias miembros de la gran familia de inmigrantes con raíces en Estados Unidos y les otorgue alivio migratorio temporal inmediatamente. No hay tiempo de titubeos esta vez. A un pueblo se le puede engañar varias veces pero a sus hijos no se les debe exponer a más sufrimiento.

Ahora que mi familia cuenta con ciudadanía estadounidense y salimos a votar cada vez que podemos, recuerdo como si fuera ayer el día cuando llegué a EE.UU. sin papeles, sin dinero, sin una palabra de inglés enredada en mi lengua. Recuerdo que mi corazón rebozaba de esperanza que aquí las cosas serían mejor. Por suerte las cosas han sido mejores para muchos de nosotros pero no tan buenas para millones que vinieron detrás. Ahora que Estados Unidos tiene la oportunidad de enmendar sus errores recientes, especialmente con la fallida reforma migratoria, el momento para mitigar las lágrimas a esos niños y a sus padres llegó. De esperanza se alienta el espíritu. Pero de alivio migratorio otorgado por un mandatario con corazón y un país con conciencia se puede empezar una nueva vida.