10 mil vendedores ambulantes en calles y playas de Los Ángeles

Durante la temporada calurosa, los vendedores se van a las playas de Los Ángeles

Fidencio Zarzueta, de 62 años, tiene la piel curtida por el sol, ya que por años ha vendido pulseras y collares en las playas de Santa Mónica, donde también se ofrecen frutas, sodas y chicharrones.

“Le hago la lucha”, dice Zarzueta, un sinaloense que aprendió el oficio en las playas mexicanas. En las de Tijuana, donde vivió mucho tiempo, ofrecía accesorios para mujer y camarones preparados. “Aquí ya no vendo comida porque me puedo meter en más problemas y no quiero”, comenta.

La Policía lo trae a raya, pero él sigue en lo suyo. “Acabo de pagar dos tickets de $75 cada uno”, cuenta, quien prefiere este lugar por los turistas. “¿A dónde más voy? Aquí está toda la gente”.

Con el reventar de las olas en el muelle de esta ciudad pasa una mujer que vende sodas, y después se acerca José Luis ofreciendo mangos y chicharrones. “No es nada malo y lo hago por necesidad”, dice.

Cuando sube la temperatura en el Sur de California, algunos vendedores ambulantes (se calcula que hay 10 mil sólo en las calles de Los Ángeles) se van a las playas. La Policía no sabe cuántos son, pero subraya que no les perdona las infracciones.

“Son sujetos a una citación por un delito menor, arrestados si reinciden en varias ocasiones y se confisca su mercancía”, indicó el sargento Rudy Camarena, vocero de la Policía de Santa Mónica.

El Departamento de Playas y Puertos del condado subraya que el ambulantaje no está permitido por cuestiones de salud y seguridad.

“Cualquiera que haga algún tipo de negocio en nuestras playas debe tener un permiso”, insistió su portavoz Carol Baker.

Para Julio Rodríguez, capitán de salvavidas del condado, esta actividad se ha visto desde la década de 1990, pero no ha crecido tanto. “En Santa Mónica es donde he visto más vendedores”, comentó.

Una comerciante irregular fue arrestada en esa playa y –por ser indocumentada– referida a la Oficina de Migración (ICE) en junio, luego de agredir a dos empleados municipales que intentaban fotografiarla.

El señor Fidencio asegura que él no tiene problemas con las fotos y que incluso posa con los visitantes.

“Hay que portarse bien con ellos, para que vengan”, comenta con una sonrisa.