El circuito de las extradiciones, condenas y excarcelaciones

Las autoridades buscan sentencias ejemplares para narcotraficantes extraditados hacia EEUU, pero el castigo se evapora cuando los narcos acaban libres por “buena conducta” o delatar cómplices

El circuito de las extradiciones, condenas y excarcelaciones
Foto: Archivo / Impremedia

Ocurre con los guatemaltecos extraditados por narcotráfico hacia Estados Unidos, y de pronto es tendencia con narcos de otros países. Primero, la sacudida: la noticia bomba que capturaron al fulano después de un complejo operativo, la valiente intervención de las autoridades, cooperación de la DEA, etc. Sigue el viacrucis de la extradición, si no logran que el país donde se capturó al narco lo expulse. Es una “expulsión” entre comillas porque no lo expulsa a su país de origen, sino a las manos de la DEA, que lo lleva a EE.UU. en asunto de horas o días Ha sucedido en México, El Salvador, Honduras y Belice, pero no en Guatemala. Luego, el narco carga con una sentencia ejemplar (de 20 a 30 años de cárcel) si se declara no culpable y va a juicio, porque puede esperar que un jurado lo hallará culpable como se espera la noche después del día; igual si se declara culpable, para evitar ir juicio.

En el país del narco, la noticia de la sentencia y condena suena a advertencia para quienes trafican droga hacia EE.UU. (al menos eso pretende el Departamento de Justicia estadounidense). Pero una vez el tipo desaparece de los titulares noticiosos, sucede lo insólito: comienzan los grandes descuentos a la sentencia, por buena conducta o porque cantó Las Mañanitas, o las dos cosas. Y un día cualquiera, sale libre—el gran castigo ejemplar contra el peligroso narco resulta ser una burbuja. Esa parte ya no sale en los titulares de prensa en boca de las autoridades de EE.UU. La presunción de que el narco languidecería tras las rejas resulta utópica, y la “gran lección” se hace pozoles como una taza de peltre.

En la Semana Santa, el miércoles pasado, reventó la noticia de que los hermanos guatemaltecos Eliú y Waldemar Lorenzana Cordón fueron hallados culpables de conspirar para importar cocaína desde Guatemala hacia los EE.UU. Lo anunció una fiscalía especial que lleva el caso en Washington, D.C. Falta que la corte anuncie cuántos años de cárcel les recetará. Pero después de varias muestras de qué sucede después del anuncio de la sentencia, las grandes noticias de las condenas por culpabilidad pierden contundencia. No parecen definitivas.

¿Qué sucedió en los últimos tres años? En octubre de 2013, EE.UU. soltó al narco guatemalteco Otto Herrera, que cumplió seis de diez años de condena. Lo acusaban de ser uno de los 41 narcos y lavadores de dinero más buscados del planeta, y una de las bisagras entre el Cartel de Sinaloa y el Cartel de Cali. En febrero 2015, el ex presidente de Guatemala, Alfonso Portillo, sale libre después de purgar cinco años de los cinco años y diez meses de cárcel a que un juez neoyorkino lo condenó por lavado de dinero. Portillo confesó en EE.UU. que robó fondos públicos en Guatemala y los lavó vía EE.UU., pero lo negó cuando lo capturaron en Guatemala en 2010 y una corte guatemalteca lo absolvió. Siguió la negación cuando peleó su extradición hasta 2013, cuando finalmente acabó en un avioncito gringo, en un viaje express hacia una celda estadounidense.

En julio de 2015, EE.UU. suelta a otro narco guatemalteco. Le llamaremos el narco B porque volvió a Guatemala y, según información extraoficial, sigue traficando. Cumplió cinco años de cárcel, aunque estaba acusado en el mismo caso que otro guatemalteco, el narco A, condenado a 31 años de cárcel en 2010—una sentencia que para 2016 había sido reducida a 21 años. Luego, en diciembre de 2015, EE.UU. suelta a Byron Berganza, que sale después de purgar 12 años de cárcel aunque fue condenado a 22 años. ¿La razón? “Las circunstancias cambiaron” explicó el juez escuetamente en el expediente. Según una fiscalía de Nueva York, Berganza era uno de los mayores narcotraficantes de Guatemala. Le atribuía el trasiego de 20 toneladas de cocaína en un año y medio, entre otras cosas. Berganza no volvió a Guatemala. Se perdió en el mapa.

Entonces, ¿qué se pretende con los “grandes” esfuerzos para capturar, extraditar y condenar criminales si pocos años después resultan libres? ¿Cree EE.UU. que estas lecciones simbólicas tienen un impacto en el narcotráfico en Centroamérica o México?

Le responden las estadísticas. El narcotráfico no afloja ni con la captura de Joaquín “El Chapo” Guzmán, menos con la de narcos de menor pedigree. Nueve de cada diez kilos de droga destinada para EE.UU. pasa por Centroamérica y México. ¿Entonces qué estamos haciendo? Este no es un argumento en pro de la despenalización. Si el narcotráfico sigue cual muñeco de cuerda es porque la corrupción en las autoridades, desde Sudamérica (donde están los productores) hasta EE.UU. (el mayor mercado comprador), es indispensable. Y el asunto de las condenas ejemplares al narco en EE.UU., con grandes descuentos, no ayuda. Es una broma absurda.

Toca ver qué sucederá con los hermanos Lorenzana Cordón, cómplices del Cartel de Sinaloa, hallados culpables la semana pasada. Otro gran signo de interrogación cuelga sobre al menos otros diez narcos guatemaltecos capturados con gran pompa en Centroamérica y extraditados a EE.UU., donde se declararon o un jurado los declaró culpables, entre 2010 y 2015. ¿Alguien vaticina su desenlace?