Del discutido privilegio de emigrar

La mayoría de los que emigran lo hace por “fuerza mayor”
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Del discutido privilegio de emigrar
Quienes emigran a veces no tienen otras alternativas
Foto: Aurelia Ventura / Impremedia/La Opinion

Se ha mantenido públicamente que emigrar es un privilegio, lo dijo el presidente en un pasado encuentro con Merkel, jefa del gabinete alemán. Al darle vueltas al asunto uno se da cuenta de que tanto sea verdad o no, pues no se discute esto, hay dos lados: el del que acoge al emigrante y el del emigrado.

La mayoría de los que emigran lo hace por “fuerza mayor”, lo que en principio no casa bien con privilegios concedidos desde la comodidad de un despacho. Para reequilibrarlo, se hace necesario buscar algo común entre las partes que ponga la urgencia de los unos en las entendederas de los otros. Porque la otra opción es ponerle puertas al campo

Igual que hay estudiantes en las universidades que son ricos, hay otros que solo pueden estudiar si reciben ayuda financiera. Así mismo, hay turistas emigrantes que se compran casas en Florida sin que se piense si hizo falta concederles un privilegio. La capital de los ricos latinoamericanos puede acoger a tantos ricos como quieran y puedan llegar. Es un estatus del que presumir al fin y al cabo. Los pobres son de otra madera, y nunca presumen de emigrar porque emigrar tiene tanto de éxito como de fracaso.

A veces se habla de conceder permisos prioritariamente a los emigrantes de profesiones en gran demanda y costosa formación. Se aplica tanto a un jugador de béisbol caribeño como a un ingeniero andino; menos, a un cocinero de postín. Visto de una manera radical, es una forma de “apropiarse de las personas” a precio de saldo. Normalmente, nadie estudia para irse a otro país. Porque si así fuera sería un caos, ya que no habría gobierno que invirtiera en educación. Sería tirar el presupuesto nacional por el desagüe.

Hay quienes sugieren que se debe hacer un hueco a emigrantes que hagan los trabajos que nadie quiere hacer. Esto, de realizarse, solo conduciría a una sociedad de castas en la que los ciudadanos se estratificarían en función de sus trabajos. Me recuerda a las princesas rusas que llegaban a París después de la revolución rusa, y que enseñaban las manos para probar que nunca habían trabajado. El efecto a largo plazo sería que nunca se alcanzaría una sociedad igualitaria. En parte ya está ocurriendo.

La emigración debería liberalizarse en todas sus formas. Y no debería ser demasiado teledirigida porque en el momento en que unos humanos se ven en control de otros, pasan a sentirse dueños de ellos, y los humanos no tienen dueño en el siglo veintiuno.

@lenguaporoficio

Profesor titular de lengua y lingüística, CMU/CO