Hay esperanza, inmigrante deja el desamparo para convertirse en carpintera

Un programa ofrece a las personas desamparadas, la oportunidad de entrenarse como carpinteros
Hay esperanza, inmigrante deja el desamparo para convertirse en carpintera
Alicia Guadalupe Jiménez perdió su casa y vio como su familia se separó, pero nunca dejo de luchar. (Aurelia Ventura/La Opinión)
Foto: Aurelia Ventura / Impremedia/La Opinión
Si hay alguien que tocó fondo al perder su hogar y verse obligada a vivir en las calles de Los Ángeles al grado de desear estar muerta, es Alicia Guadalupe Jiménez. Pero esta inmigrante mexicana logró darle un vuelco a su vida y a sus 49 años, encontró su vocación y se convirtió en carpintera.

Alicia es madre de siete hijos con edades de 30, 27, 25, 23, 21, 18 y 16 años. Cinco mujeres y dos hombres.

Nació en Jalostotitlán, Jalisco en México. Vino a los Estados Unidos cuando tenía 14 años. Tiempo después regresó a su país de origen, pero volvió a los 19 años con su primera hija en brazos. “Crucé la frontera por el cerro con mi hija de 30 días de nacida”, recuerda.

Fue una madre soltera que nunca se casó y pasó su vida de trabajo en trabajo. Laboró como niñera; fue obrera en una fábrica de madera y en la construcción. La hizo de mesera y vendedora.

Alicia Guadalupe Jiménez nunca imaginó que un día iba a ser carpintera. (Aurelia Ventura/La Opinión)

Con muchos trabajos compró su casa en el año 2000, pero cuando vino la recesión de 2008 y los pagos mensuales de su hipoteca se fueron por las nubes, las cosas se le salieron de control.

“Traté de modificar el préstamo de la casa. Me puse en manos de varias compañías, pero no hacían nada. Al final, encontré una, pero por no hablar inglés ni entender bien el proceso, me hizo fraude. Terminaron sacándome de mi casa en el año 2013”, relata.

Alicia dice que cuando se vio en la calle, su familia se desbarató.

Los hijos mayores se fueron por su lado. Ella se quedó con las dos hijas menores.

“Tenía un novio que me dio chanza de quedarme en su casa, pero fue una mala decisión, pasé por mucha violencia doméstica con él. Hasta que una consejera me dijo que prefería que viviera en mi camioneta a seguir siendo víctima de abuso”.

Para su mala fortuna, al mismo tiempo que dejaba la relación violenta en la que estaba, perdía su trabajo en un asilo para ancianos que cerró.

“Con mis hijas de 15 y 13 años, me fui a dormir al parqueadero del restaurante Denny’s de Glendora. Le expliqué mi situación a la gerente y me dio permiso de estacionar mi camioneta en el lugar y usar el baño por las noches”, cuenta.

Alicia Guadalupe Jiménez aprendió a ganarse la vida como carpintera en Los Ángeles. (Aurelia Ventura/La Opinión)

Durmieron en su vehículo hasta 2016 cuando le prestaron una un remolque en un vivero. “El dueño me dijo que le empezara a pagar cuando trabajara. La traila no contaba con agua ni luz, pero por lo menos ya no teníamos que dormir en la camioneta, y ya podíamos estirarnos”, dice Alicia.

Esos años durmiendo en el automóvil fueron muy duros. “Yo buscaba albergues o lugares donde quedarnos, pero me decían que todo estaba lleno. Me querían mandar a Las Vegas”, explica.

Alicia se deprimió tanto, que llegó un punto en que de plano ya no quería vivir.

“Para qué vivir si ya no tengo nada ni que darles a mis hijas. Mi autoestima estaba por los suelos”, confiesa.

Se sintió terrible cuando su hija le dijo que ya no aguantaba vivir en la camioneta. “Ahí fue donde pensé en darlas en adopción. Creía que así tendrían el techo que yo no podía ofrecerles”, explica.

La mexicana fue diagnosticada con depresión severa. “Mis hijos mayores pensaban que perdí la casa para deshacerme de ellos”, recuerda.

En medio de su depresión tuvo la genial idea de inscribirse en el colegio comunitario para estudiar inglés; y por increíble que parezca se unió a un club para motivar a los jóvenes que recién salen de la cárcel.

“Yo trataba de ayudarles a que vieran el mundo diferente”, dice. Al mismo tiempo, en medio de tu turbulenta vida, se dio la oportunidad de hacerse ciudadana de los Estados Unidos.

Alicia Guadalupe Jiménez llora de felicidad por haber logrado dejar la vida en la calle y tener un empleo y un techo. (Aurelia Ventura/La Opinión)

Alicia asegura que salió del hoyo gracias a su gran fe en Dios. “Me llevaba rezando y orando. Mi fe en Dios nunca se vino abajo. Siempre le decía, que tenía algo muy bueno para mí”.

Fue entonces cuando escuchó de un programa sindical que entrenaba a las personas vulnerables para ser carpinteros.

“Llamé por teléfono y me dijeron que tenía que ir un sábado. Cuando llegué había una fila de más de 100 personas. Me asusté porque hablaba poquito inglés y pensé que eso me podía afectar, pero venía confiada en mi fe y mis oraciones”, agrega.

Durante la entrevista, le abrió su corazón a su entrevistador, y le dijo que tenía muchas ganas de sobresalir y estaba buscando desesperadamente una oportunidad.

Su mayor reto se presentó el primer día de entrenamiento. “Cuando miré las maderas tan grandes. Dije, ¿yo voy a levantar eso? Me fui al baño, doblé las rodillas y le pedí a mi ángel que me diera fuerzas. Bajé al entrenamiento, dueña de una gran calma”, recuerda.

Alicia Guadalupe Jiménez ha encontrado en la carpintería su vocación. Lamenta que no la haya descubierto en su juventud. (Aurelia Ventura/La Opinión)

Alicia comenzó su adiestramiento para ser carpintera en noviembre de noviembre de 2017. Terminó en febrero de 2018.

“Al terminar, empecé a buscar trabajo. Me levantaba a las 3:40 de la mañana para ir a los sitios de construcción. Me encontré con un ángel llamado Jorge que me dijo, dónde ir a buscar trabajo. ‘Tienes ganas de darles de comer a tus hijas y yo te voy a ayudar’, me prometió. Ese día presenté mi solicitud para un empleo; y ese mismo día me llamaron para contratarme”.

Alicia consiguió empleo el 19 de marzo de 2018 en una empresa muy grande de construcción que le trabajo al sistema de transporte público Metro, donde aún continúa laborando.

“Trabajo poniendo el armazón para las bardas”, dice.

Entre lágrimas, cuenta que a los siete meses de trabajar en la construcción le dieron un aumento salarial.

“Lloró de felicidad porque yo ya no quería vivir. Pensaba que ya no había nada para mí, que nunca iba a salir del desamparo en el que me encontraba y metí a mis hijas”, afirma.

Alicia Guadalupe Jiménez disfruta mucho su trabajo en la carpintería que la sacó de vivir en la calle. (Aurelia Ventura/La Opinión)

Pero además se siente muy contenta porque sus hijos mayores de edad que se habían alejado de ella, se han acercado de nuevo.

El verano pasado, Alicia pudo rentar un lugar para vivir con sus dos hijas.

“Seguí viviendo mucho tiempo en la traila porque mi crédito estaba dañado. Nadie te quiere rentar con ese antecedente. Me tomó tiempo reconstruirlo. Además, me habían robado mi carro. Ahora ya tengo otro que compré con intereses altísimos”, menciona.

“Mi sueño es comprar una casa propia”, afirma.

Alicia está muy agradecida por el entrenamiento que recibió para ser carpintera que la ayudó a tener un techo para ella y su familia.

“He podido llevar comida a la mesa y he vuelto a sonreír”, sostiene.

Matt Dunphy, coordinador del programa Brother’s Keeper del sindicato Southwest Regional Council of Carpenters. (Aurelia Ventura/La Opinión)

Una segunda oportunidad

Matt Dunphy es coordinador del programa Brother’s Keeper del sindicato Southwest Regional Council of Carpenters que entrena como carpinteros a personas de la comunidad en estado vulnerable como desamparados o quienes acaban de salir de la cárcel. El único requisito para aceptarlos, explica, es que muestren actitud, deseo, dedicación e interés.

“Les enseñamos las habilidades que necesitan para trabajar en la construcción. Al terminar el entrenamiento que es como una especie de boot camp (adiestramiento militar), les entregamos un juego de herramientas para que comiencen a trabajar, los ayudamos a encontrar empleo y a cómo hablar con los contratistas”, precisa.

El programa es financiado con una beca del Sindicato Internacional de Carpinteros. “Los participantes no pagan nada. Les dan 100 dólares por semana hasta que se hacen miembros del sindicato”, indica.

Este entrenamiento, considera, es un generador importante para un cambio de vida.

“La carpintería es una carrera muy bien pagada. Empiezan con sueldos entre 50,000 y 60,000 dólares al año más beneficios, pero un experto puede llegar a ganar 100,000 dólares al año”, anota.

Dumphy precisa que ellos salen prácticamente a la calle a buscar a las personas que quieran una oportunidad de un buen trabajo.

“Nosotros los empoderamos. Les proporcionamos adiestramiento y apoyo. Les damos una oportunidad enorme, pero la pelota está en su cancha, depende de ellos que suceda. Los fuertes y decididos como Alicia sobresalen”, subraya.

Este artículo fue el último de una serie de cinco sobre la crisis de indigencia que actualmente vive Los Ángeles.