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Osteomielitis, una infección grave causada por una bacteria: ¿cómo se trata?

Es una infección bacteriana que afecta los huesos y la médula ósea, causando inflamación, dolor intenso y daño permanente

Osteomielitis, una infección grave causada por una bacteria: ¿cómo se trata?

Una profesional de la salud evalúa la osteomielitis utilizando rayos X y un modelo de pie anatómico para obtener precisión. Crédito: H_Ko | Shutterstock

La osteomielitis representa uno de los desafíos más complejos en el ámbito de las enfermedades infecciosas osteoarticulares. Esta patología, caracterizada por la infección del tejido óseo, ha acompañado a la humanidad desde tiempos remotos, pero continúa siendo una amenaza significativa en la medicina contemporánea.

Es una infección bacteriana que afecta los huesos y la médula ósea, causando inflamación, dolor intenso y potencialmente daño permanente al tejido óseo si no se trata adecuadamente. Esta condición, que puede presentarse de forma aguda o crónica, constituye una emergencia médica que requiere atención especializada inmediata.

Aunque los avances en antibioticoterapia y técnicas quirúrgicas han mejorado sustancialmente el pronóstico, el tratamiento de esta condición sigue requiriendo un enfoque multidisciplinario y prolongado.

La gravedad de la osteomielitis genera complicaciones que pueden comprometer la calidad de vida del paciente e, incluso, poner en riesgo extremidades completas.

Origen y causa de la infección

La bacteria más comúnmente responsable de la osteomielitis es el Staphylococcus aureus, aunque otros microorganismos como estreptococos, bacilos gramnegativos y, en casos específicos, micobacterias u hongos también pueden estar implicados.

La infección puede llegar al hueso por tres vías principales: diseminación hematógena (a través del torrente sanguíneo), por contigüidad desde tejidos blandos infectados cercanos, o directamente tras una fractura abierta, cirugía ortopédica o traumatismo penetrante.

Los grupos de mayor riesgo incluyen pacientes con diabetes, insuficiencia vascular periférica, sistemas inmunitarios comprometidos, usuarios de drogas intravenosas y personas con dispositivos ortopédicos implantados. En niños, la osteomielitis tiende a presentarse por vía hematógena, mientras que en adultos predominan las formas por contigüidad o inoculación directa.

Manifestaciones clínicas

Los síntomas varían según la forma de presentación. En la osteomielitis aguda, los pacientes experimentan dolor óseo severo, fiebre elevada, malestar general e hinchazón en la zona afectada. La movilidad puede verse significativamente limitada.

En contraste, la forma crónica presenta un curso más insidioso, con dolor persistente, pero menos intenso, drenaje intermitente de material purulento a través de trayectos fistulosos y síntomas sistémicos menos pronunciados.

Diagnóstico: un enfoque integral

El diagnóstico de osteomielitis requiere la combinación de evaluación clínica, análisis de laboratorio y estudios de imagen. Los marcadores inflamatorios como la velocidad de sedimentación globular (VSG) y la proteína C reactiva (PCR) suelen estar elevados. La radiografía simple puede mostrar cambios óseos, aunque estos frecuentemente aparecen semanas después del inicio de la infección.

Las técnicas de imagen avanzadas juegan un papel fundamental. La resonancia magnética es el estudio más sensible para detectar osteomielitis temprana, permitiendo visualizar edema medular, abscesos y alteraciones de tejidos blandos. La tomografía computarizada resulta útil para evaluar destrucción ósea y planificación quirúrgica. Los estudios de medicina nuclear, como la gammagrafía ósea, pueden identificar focos múltiples de infección.

Sin embargo, el estándar de oro diagnóstico es el cultivo de tejido óseo obtenido mediante biopsia, que permite identificar el microorganismo causante y determinar su sensibilidad antibiótica, guiando así el tratamiento específico.

Tratamientos: antibióticos y cirugía

El manejo de la osteomielitis exige un abordaje combinado que integra terapia antimicrobiana prolongada y, frecuentemente, intervención quirúrgica. El tratamiento antibiótico constituye el pilar fundamental, iniciándose habitualmente por vía intravenosa con fármacos de amplio espectro hasta obtener resultados de cultivo. Una vez identificado el patógeno, se ajusta la terapia según el antibiograma.

La duración del tratamiento antibiótico es considerablemente extensa, generalmente entre cuatro y seis semanas, aunque en casos crónicos puede prolongarse meses. Los antibióticos más utilizados incluyen vancomicina para Staphylococcus aureus resistente a meticilina, cefalosporinas, clindamicina y fluoroquinolonas. Después del período intravenoso inicial, muchos pacientes pueden continuar con antibióticos orales de alta biodisponibilidad.

La intervención quirúrgica resulta necesaria en múltiples escenarios: cuando existe tejido óseo necrótico que debe eliminarse (desbridamiento), para drenar abscesos, remover cuerpos extraños o implantes infectados, o cuando el tratamiento médico no logra controlar la infección. El desbridamiento quirúrgico agresivo, que implica la remoción de todo el hueso y tejido infectado o desvitalizado, es esencial para erradicar la infección crónica.

En casos complejos, pueden requerirse procedimientos reconstructivos para rellenar defectos óseos mediante injertos, técnicas de distracción osteogénica o colgajos de tejido vascularizado. Ocasionalmente, cuando la infección es intratable y amenaza la vida del paciente, la amputación puede ser la única opción terapéutica.

Terapias complementarias

Además del tratamiento convencional, existen modalidades coadyuvantes que pueden mejorar los resultados. La oxigenoterapia hiperbárica ha mostrado beneficios en casos seleccionados, especialmente cuando existe compromiso vascular. El uso de perlas o cementos óseos impregnados con antibióticos permite la liberación local sostenida de altas concentraciones del fármaco directamente en el sitio de infección.

Con tratamiento oportuno y adecuado, la mayoría de los casos de osteomielitis aguda se resuelven satisfactoriamente. Sin embargo, la forma crónica presenta mayores desafíos, con tasas de recurrencia que pueden alcanzar el 30%. Las complicaciones potenciales incluyen desarrollo de fracturas patológicas, artritis séptica, formación de secuestros óseos (fragmentos de hueso muerto), diseminación de la infección a otros sitios y, en raras ocasiones, transformación maligna del trayecto fistuloso crónico.

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