Romper el silencio también es justicia
El paso de Dolores Huerta y de tantas otras mujeres, es profundamente valiente, revolucionario e inspirador
Dolores Huerta reveló que César Chávez abusó de ella en la década de 1960. Crédito: Richard Shotwell | AP
Me tomó varios días procesarlo.
Como muchas personas en nuestra comunidad, crecí escuchando el nombre de César Chávez como sinónimo de lucha, dignidad y derechos para los trabajadores del campo. Su historia forma parte de nuestra memoria colectiva y de lo que nos enseñaron sobre organización, sacrificio y justicia.
Pero también soy hija de inmigrantes mexicanos. Soy mujer. Y hoy soy madre de una niña de seis meses. Desde ese lugar, más personal y urgente, no puedo ignorar las conversaciones que surgieron recientemente por las declaraciones de Dolores Huerta tras el artículo publicado en un medio nacional.
Abrieron una conversación incómoda, pero necesaria. Nos obligan a mirar de frente la violencia sexual y el silencio que por años han sido parte del machismo y el patriarcado, y a preguntarnos qué estamos dispuestas a cambiar. No se trata de borrar la historia ni de reducirla a símbolos. Se trata de algo más profundo: de a quién le creemos, a quién protegemos y qué tipo de futuro queremos construir.
Durante demasiado tiempo, guardar silencio frente al abuso –y especialmente a la violencia sexual– fue la norma. Se justificaba. Se minimizaba. Se escondía en nombre del respeto, de la familia, del movimiento.
Pero ya no.
Hemos estado rompiendo ese silencio. Y por eso, el paso de Dolores Huerta y de tantas otras mujeres, es profundamente valiente, revolucionario e inspirador. No solo abre camino: redefine lo que significa la justicia dentro de nuestros movimientos. Marca un antes y un después para quienes han sobrevivido a cualquier forma de violencia motivada por el machismo y el abuso de poder, en cualquier contexto.
Su voz incomoda, sí. Pero también nos empuja a dejar de proteger narrativas y empezar a proteger a las personas. Y eso no debilita nuestras luchas. Al contrario, las fortalece.
Porque no puede haber justicia para unos si ignoramos el dolor de otros.
Apoyar a las sobrevivientes no es traicionar nuestra historia. Es honrarla con honestidad. Es reconocer que los movimientos están formados por comunidades enteras, no por una sola figura. Nuestro compromiso no puede estar atado a la idealización de individuos, sino a los valores de dignidad, justicia y respeto que nos sostienen.
Quiero ser clara: la lucha de los trabajadores del campo, su organización, sus victorias y su resistencia frente a condiciones injustas siguen siendo importantes, válidas y necesarias. Un momento oscuro no puede borrar ni definir décadas de esfuerzo colectivo ni el impacto transformador de ese movimiento en millones de vidas. Pero tampoco podemos permitir que ese legado se utilice como excusa para silenciar a quienes han sido afectadas.
Podemos sostener ambas verdades al mismo tiempo: honrar la historia colectiva y exigir más de ella. Reconocer los logros y, a la vez, abrir espacio para la reflexión, el aprendizaje y la transformación.
Y en ese proceso, también debemos mirar hacia adelante.
Este momento no puede convertirse en desilusión. Tiene que convertirse en oportunidad. Oportunidad para fortalecer el movimiento, para hacerlo más justo, más inclusivo y más humano. Oportunidad para que nuevas generaciones se involucren, se organicen y ayuden a construir el siguiente capítulo.
Necesitamos que jóvenes, mujeres y comunidades enteras se sientan convocadas, no alejadas. Que entiendan que este movimiento sigue siendo suyo. Que su voz, su energía y su liderazgo son esenciales para revitalizarlo y darle continuidad.
Los movimientos no se sostienen por una sola persona. Se sostienen por la gente. Y es la gente —especialmente las nuevas generaciones— quienes tienen el poder de redefinirlos, de corregirlos y de hacerlos crecer.
Como mujer, sé lo difícil que es alzar la voz. Como hija de inmigrantes, entiendo el peso del silencio. Y como madre, tengo claro que no quiero que mi hija crezca en un mundo donde tenga que elegir entre su verdad y su seguridad.
Quiero que crezca sabiendo que su voz importa. Que su dignidad no es negociable. Que tiene el derecho de participar, liderar y transformar los espacios que habita.
Este momento no es solo sobre el pasado. Es sobre el presente que estamos construyendo y el futuro que estamos dejando. Las mujeres hoy somos más fuertes, más valientes y más claras en lo que merecemos. Y no estamos solas.
Mi llamado es a no retroceder, a no minimizar ni justificar. A escuchar y creer. Pero también a actuar.
Hablemos en y con nuestras familias y comunidades. Apoyemos a quienes alzan la voz. Involucremos a las nuevas generaciones. Abramos espacio para nuevos liderazgos. Exijamos movimientos más justos, seguros y representativos.
Porque la verdadera justicia no solo se mide en las victorias del pasado, sino en nuestra capacidad de evolucionar, de sumar más voces y de construir un presente donde todas las personas sean respetadas.
Ese es el legado que vale la pena defender. Y ese es el futuro que las generaciones que vienen, merecen.
(*) Yadira Sánchez, Directora Ejecutiva de Poder Latinx.
Los textos publicados en esta sección son responsabilidad única de los autores, por lo que La Opinión no asume responsabilidad sobre los mismos.