Purépechas luchan por su cultura en México

Indígenas mexicanos hacen todo lo posible para mantener vivas sus tradiciones.
Purépechas luchan por su cultura en México
Los purépechas mantienen vivas sus tradiciones.
Foto: Archivo / La Opinión

Última parte de una serie

Los purépechas trajeron los íconos religiosos hasta esta región para transmitir su cultura a las nuevas generaciones, pero también para recordarles que no debían de adoptar otras costumbres, como beber alcohol los fines de semana o malgastar su dinero, dijo Villubaldo López, quien es nativo de Janitzio y vive desde 1988 en Baja California con sus cinco hijos y seis nietos.

López contó que fue pescador en la isla situada en el lago de Pátzcuaro, Michoacán. Pescaba charal blanco y trucha, pero para mediados de la década de 1980 comenzó a escasear la pesca “históricamente el sustento de los purépechas de esa zona” debido al desarrollo en la zona lacustre.

Como miles de nativos de Michoacán “cuna de celebraciones como el Día de Muertos y la danza de los viejitos, pero también uno de los estados que ven partir más indígenas. Villubaldo se fue con su esposa e hijos en busca de mejores oportunidades de empleo.

Llegaron a vivir a la zona norte de Tijuana, donde ya estaba establecida una pequeña colonia de unos 50 indígenas purépechas que llegaron a finales de los 70 y que principalmente se dedicaban a vender elotes cocidos o asados en la catedral de la ciudad.”Vivíamos en unos cuartitos de tres por cuatro y nos cobraban la renta en dólares. Era muy incómodo para una familia. En Janitzio estamos acostumbrados a vivir muy libres, cada quien tiene su casita, nadie paga renta, uno es muy libre de salir a asolearse, tener su patio y ver el agua (lago) todos los días”, dijo.

A dos años de haber llegado a la frontera, decenas de familias purépechas de Janitzio se mudaron a Rosarito animados por Feliciano Justo, un pequeño comerciante también purépecha “de los primeros que había llegado a la frontera” que les había enseñado a sus paisanos a elaborar piñatas para venderlas principalmente a turistas estadounidenses y había logrado mantenerlos unidos.

Empresarios y políticos de Rosarito impulsaron durante la primera mitad de los 90 que esta ciudad se convirtiera en municipio y muchos exejidatarios ofrecían facilidades para adquirir terrenos.

Lázaro Guzmán dijo que toda la comunidad purépecha que vivía en la zona norte de Tijuana emigró hacia el barrio Constitución y pronto convirtió sus casas austeras en pequeños “talleres de piñateros”. En la actualidad, cada una de las 250 familias entrega en promedio cien piñatas a un distribuidor y la venta es su principal sustento económico.

“Hemos mantenido viva nuestra lengua y nuestras tradiciones aquí debido a nuestros principios de vernos como comunidad, considerarnos como hermanos, amigos, compañeros; no nos hemos dejado en las buenas y en las malas”, dijo Guzmán.

A un costado de la casa de Villubaldo, en la calle San Luis Potosí de la misma colonia, está el preescolar y la primaria que construyó la comunidad bajo el nombre de ‘Sentimiento Purépecha’.

La directora del plantel, Catalina Soto, dijo que actualmente tiene 80 estudiantes, 20 de ellos de origen purépecha. En el preescolar hay 70 niños, 30 hijos o nietos de indígenas de Janitzio. Aunque la escuela no es bilingüe, cantan el himno y algunos cantos en purépecha, además de practicar algunas frases en este idioma.

“Desafortunadamente no todos hablan el idioma purépecha, pero tratamos de continuar todas las tradiciones y las fiestas que celebran en su tierra”, comentó Soto.

Ese día la comunidad hacía una verbena afuera de la iglesia, ubicada en la misma cuadra donde está la escuela, con diversos platillos típicos de su tierra.

“Tenemos diferencias, como todos, pero con la celebración de nuestras tradiciones todos convivimos y nos olvidamos de si tenemos pleitos o rencores entre nosotros”, dijo Sara Silvestre, de 39, originaria de Janitzio y madre de cinco hijos nativos de Rosarito.

Ella hace 50 piñatas en su casa cada semana y dijo que mientras trabaja se mantiene al pendiente de la educación de sus hijos, la comida y las labores cotidianas que tiene que hacer en su hogar.

“Algunas veces nos dicen que somos una comunidad especial porque estamos muy arraigados a nuestras tradiciones; pero yo creo que simplemente nos gusta trabajar y que nuestros hijos crezcan con respeto y valores”, dijo Silvestre.