¿Fracaso o mascarada?

Por primera vez en los 41 años de la llamada "guerra contra las drogas", el consenso de Washington sobre este asunto se está rompiendo

Crece en la opinión pública internacional un consenso sobre el fracaso de la llamada guerra contra las drogas declarada por Estados Unidos en 1971, en el gobierno de Richard Nixon, con la promesa de obtener un “mundo libre de adicciones”.

Nunca se imaginaron que ésta sólo sería una de las más inútiles, contraproducentes y prolongadas de todas las guerras que han provocado.

De hecho, según un análisis de Eduardo Porter, del New York Times, se necesita una sola cifra para comprobar el fracaso de la estrategia estadunidense: 177.26 dólares, el precio de menudeo de un gramo de cocaína pura en las calles de Estados Unidos. Ese precio es 74% más barato que hace 30 años, lo que indica que el gasto de miles de millones de dólares y la pérdida de decenas de miles de vidas en la lucha contra las drogas ilícitas por Estados Unidos y México a lo largo de los últimos 40 años ha fracasado

“Y lo saben, pero lo niegan o callan. Su asombrosa terquedad va en contravía de la historia y es cínica , impúdica e irresponsable”, señaló el periodista Germán Uribe.

El día 30 de julio, el zar antidrogas de la Casa Blanca, Gil Kerlikowske, ofreció nuevos datos sobre el desplome de producción de cocaína en Colombia y de la reducción del número de consumidores de cocaína en Estados Unidos, como evidencia de que la estrategia antinarcóticos a nivel hemisférico brinda buenos resultados

Sin embargo, analistas y críticos en Estados Unidos y un coro cada vez más amplio de gobernantes latinoamericanos tienen sus dudas y, por primera vez en los 41 años de la llamada “guerra contra las drogas”, el consenso de Washington sobre este asunto se está rompiendo

Ethan Nadelmann, director ejecutivo de la Alianza de Políticas de Drogas (DPA), una de las principales organizaciones en Estados Unidos que aboga por alternativas a las políticas prohibicionistas, afirmó que los presidentes de Uruguay, Guatemala, Costa Rica, Argentina, Ecuador y hasta el de Colombia “saben que las estrategias prohibicionistas promovidas por el gobierno de Estados Unidos durante los últimos 40 años han generado devastación en la región y no ofrecen ninguna promesa de éxito en lograr sus objetivos declarados”. Elogió la estrategia del presidente Mujica de Uruguay de separar la cannabis de otras drogas y promover un esquema para su regulación legal, y afirmó que este es el modelo a seguir no sólo en otros países latinoamericanos, sino en Estados Unidos (La Jornada).

Cuando se siguen políticas durante muchos años con dedicación incesante, aunque se sabe que fracasan en términos de los objetivos proclamados, y se ignoran sistemáticamente las alternativas (que es probable que sean mucho más efectivas), surgen naturalmente dudas sobre los motivos.

En opinión de Noam Chomsky , catedrático del Instituto Tecnológico de Massachusetts, la llamada guerra contra las drogas no está fracasando, sino que sus consecuencias son intencionales tanto dentro de Estados Unidos como en el hemisferio

En Colombia, la guerra contra las drogas ha sido una delgada pantalla para la contrainsurgencia. La fumigación -una forma de guerra química- ha destruido cultivos y rica biodiversidad, y contribuye a desplazar a millones de campesinos pobres a las barriadas urbanas, abriendo vastos territorios a la minería, la agroindustria y otros beneficios para los poderosos.

Otros beneficiarios de la guerra contra el narcotráfico son los bancos que lavan cantidades enormes de dinero. En México, los principales cárteles de la droga están involucrados en 80% de los sectores productivos de la economía, según investigadores económicos.

En Estados Unidos, las víctimas principales han sido los varones afroamericanos, y cada vez más las mujeres y los hispanos.

Gracias en gran medida a la altamente selectiva guerra contra las drogas, las minorías son enviadas a prisión; el factor principal en el aumento radical de los encarcelamientos desde los 80.

En suma, hay elementos de juicio suficientes para sospechar que no son precisamente indicadores de su fracaso, sino consecuencias calculadas y hasta deseadas por quienes impulsan su adopción a escala planetaria.

En su discurso de julio ante el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) en Washington,

Kerlikowske dijo que ante un debate frecuentemente polarizado entre una “guerra contra las drogas” por un lado y la legalización por otro, el gobierno de Obama promueve una tercera vía: la de proceder con un enfoque de salud pública en torno al consumo. Aunque insistió en que la legalización no es una solución al problema.

Pero, mientras persistan en el prohibicionismo, (combustible y atizador de esta guerra, y fuente económica del narcotráfico al que hace cada vez más osado y violento y menos vulnerable), su determinación a continuarla la hará prevalecer como una cruzada ineficaz y absurda, señala Germán Uribe.

“Seamos serios ,dice, aceptemos de una vez que el fin de la guerra contra las drogas y sus catastróficas consecuencias comienza indiscutiblemente con su legalización”