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Tumbos en migración

La política hacia los mexicanos en el exterior es simbólica y testimonial

El estado mexicano ha renunciado a emprender una política sobre la migración.

El estado mexicano ha renunciado a emprender una política sobre la migración. Crédito: Archivo / Notimex

MIGRACIÓN

La política de México hacia sus ciudadanos en Estados Unidos sigue dando tumbos. Hace menos de diez años, el presidente en turno, Vicente Fox, llamaba a los migrantes héroes.

Hoy, el gobierno federal ha puesto a los migrantes en un segundo plano. La política hacia los mexicanos en el exterior se ha reducido a un carácter simbólico y testimonial.

Es decir, una política repleta de actos emblemáticos, como el otorgamiento de medallas a personajes y simpatizantes de las comunidades mexicanas, pero de poco peso real sobre las condiciones de vida de los migrantes.

Doy dos ejemplos que me parecen representativos. Hace unos días, el subsecretario para asuntos de América del Norte de la Secretaría de Relaciones Exteriores declaró que el gobierno mexicano no haría labores de cabildeo en el Congreso estadounidense a favor de la reforma migratoria. El funcionario agregó que los esfuerzos de cabildeo realizados durante administraciones anteriores (en clara referencia al gobierno de Fox) habían causado molestias entre los políticos norteamericanos y habían resultado contraproducentes. ¿La evidencia? Ninguna ¿La conclusión del Gobierno actual? Un lamentable “calladito me veo más bonito”.

También hace pocos días, el director del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME) anunció que deja el puesto para asumir el cargo de embajador en Colombia. Si bien estos cambios y transiciones ocurren constantemente, llama la atención que el actual director lleva menos de un año a la cabeza del IME. Desde mi punto de vista, su prematura partida muestra la devaluación del organismo como institución del estado mexicano. Tal devaluación es resultado de una política hacia los migrantes que está en franco retroceso. Y un puesto que vale cada día menos, es de poco atractivo para cualquier político o funcionario de carrera.

Se podría argumentar que aun contando con una política dinámica y propositiva, lo que un Gobierno de un país en desarrollo como México puede llegar a hacer por sus emigrantes es necesariamente limitado. Tal argumento tiene su mérito. De entrada, todo Gobierno tiene acotada su capacidad de acción más allá de sus fronteras.

Pero el asunto es que el estado mexicano ha renunciado a emprender una política sobre la migración, inclusive en su propio territorio. Pongo como caso a los migrantes de retorno. Durante el último lustro, cientos de miles de mexicanos han retornado al país, a raíz de la recesión en Estados Unidos y de la política de deportaciones masivas del gobierno norteamericano.

¿Cuál es la política del estado mexicano de cara al retorno? ¿Existe una estrategia del gobierno federal para reintegrar a aquellos que han vivido fuera de México por décadas y que involuntariamente se encuentran de regreso? ¿O una política para aprovechar las destrezas laborales de los retornados? No, nada de esto existe. Son las familias, las comunidades de origen y las fuerzas del mercado las que se encargan de recibir a los migrantes. Mientras tanto, las instituciones del estado brillan por su ausencia.

Uso una metáfora que leí hace poco: México volteó a mirar su migración y se quedó petrificado.

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