Los ProUstáticos modelo 64

Los maestros son esos inmortales enamorados del anonimato que tiran la piedra de la enseñanza, del consejo, y esconden la mano de su entrega.

Se dan por amor al arte pedagógico. Regalan el pescado y enseñan a pescar. Comparten lo que saben: es su “forma de alcanzar la inmortalidad”.

Somos la suma de los maestros que nos han enriquecido. Lo recordé la noche que nos reunimos quienes estudiamos bachillerato hace ¡50 años! en el colegio La Salle, de Envigado, a una jaculatoria de Medellín.

Bien educados y aconductados dimos las gracias a religiosos y seglares que trataron de desasnarnos.

Aprovechamos para mirarnos las arrugas que el tiempo, el implacable, ha ido dibujando en nosotros. Nos miramos con lupa hasta descubrir quién vive tras de tales arrugas. “¿Sos vos?”,”¿Todavía estás vigente?”, preguntábamos. O nos preguntaban.

La comunidad lasallista encabezada por el rector Alexis Molina Jaramillo, seglar, y varios hermanos lasallistas que estuvieron en los inicios del colegio, hace 60 años, echaron la casa por ventana para mimar a la promoción del 64.

En discos de 78 revoluciones nos dimos un baño de nostalgias oyendo melodías estilo “que viente años no es nada”, o “te acordás, hermano, qué tiempos aquellos”.

Hay una época de nuestras vidas en la que somos inmortales. Esa época la vivimos en La Salle, proclamado este año el mejor colegio privado del departamento de Antioquia.

Nunca pensábamos en la vejez. Asumíamos que solo se mueren los demás.

El reencuentro nos recordó nuestra fragilidad y fugacidad. Y que somos prescindibles como las crispetas. De hecho, dicen que Napoléon decía que el cementerio está lleno de imprescindibles.

Como envejecer es cambiar de verbos, ahora ennietecemos, los médicos nos monitorean presas con las que antes nos divertíamos, desayunamos y nos acostamos con purés de pepas. Olvidamos subirnos la bragueta. O bajarla.

La velada de los proUstáticos del 64 incluyó misa de dos yemas con bella homilía de uno de los nuestros, el misionero carmelita Juan Guillermo Correa… el único que no envejece de todos nosotros. Dios no es imparcial…

Nos regalaron emocionadas palabras el rector Alexis, el escritor y tallerista Jairo Morales, el marido de Aquella, y el terrible cirujano Luis Fernando Villegas, la lengua más brava del oeste.

Escuchamos la música que hay detrás de apellidos de camaradas nuestros como Vanegas, Parra, Mesa (Saúl vino desde Miami), Ochoa, Uribe, Escobar, Arias, Tamayo, Londoño, Arango, Zuluaga, LibertusP., Acosta, Serna, Restrepo, Chaverra, Duque, Saldarriaga, Muñoz. El señor Alzheimer esconde otros apellidos.

Aprovechamos para brindar por ese paseo de día entero que es la vida. Los lasallistas “de entonces que ya no somos los mismos” compartimos tiempos en que no sabíamos qué hacer con la vida. Pero así sea dándonos contra las paredes hemos hecho camino.

Espero no calumniar a mis contemporáneos si concluyo que la mejor reciprocidad que podemos darles a nuestros gurús lasallistas es haber hecho bien el oficio que escogimos.

Preferible si lo hicimos sin haber pisoteado los códigos, con una mezcla de ética y estética. Y de amor-humor

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