Llegó el día de la gran final: ¿Simeone puede ser el mejor de todos?

Ni César Luis Menotti ni Carlos Bilardo trascendieron en el Viejo Continente a la altura de su cartel
Llegó el día de la gran final: ¿Simeone puede ser el mejor de todos?
Diego "Cholo" Simeone, técnico del Atlético de Madrid.
Foto: EFE

La consulta parece un arrebato, una temeridad. ¿Diego Simeone es el mejor entrenador argentino de la historia? O una provocación. No se trata de coincidir en un veredicto, sino de estimular el debate. Convendrá desmenuzar el planteo. Inicialmente, acotar la búsqueda al nivel de los clubes. El Olimpo de la selección es un universo paralelo. Y fronteras afuera…, es decir, reconfiguremos la pregunta: ¿hubo algún director técnico más trascendente que el Cholo en Europa? Sin perder de vista que la grandeza de un entrenador no la determina exclusivamente la cosecha de títulos.

Ni César Luis Menotti ni Carlos Bilardo trascendieron en el Viejo Continente a la altura de su cartel. Tampoco Carlos Bianchi ni Alfio Basile ni Gerardo Martino. Marcelo Bielsa dejó huella en Bilbao, en Marsella, y es el mejor ejemplo de relevancia sin conquistas. Héctor Cúper golpeó dos veces a las puertas de la Champions League. Daniel Passarella tuvo un paso fugaz. Jorge Valdano, el Toto Lorenzo y don Alfredo Di Stéfano ganaron alguna Liga o copa. Pero no brota un apellido incuestionable. Pizzi, Sensini, el Cai Aimar, Gorosito, Calderón, Veira, Pastoriza, Cantatore, Eduardo Solari y Esnaider, entre otros, vivieron sus experiencias también. Ahora, Mauricio Pochettino y Eduardo Berizzo invitan a confiar…

Sí la justicia debe viajar en el tiempo. Hasta Renato Cesarini, campeón en el calcio con Juventus a finales de los 50. Y especialmente hasta Yiyo Carniglia, vencedor con Real Madrid en 1958 y 1959 de la entonces Champions, y hasta Helenio Herrera, que llevó a la cima de Europa a Internazionale en 1964 y 1965. No se trata de restarles méritos, solamente apuntar que se trataba de una época distinta. Con otro protagonismo de los entrenadores…, el fútbol todavía era exclusivamente de los jugadores en los días de Zárraga, Paco Gento, Raymond Kopa y Di Stéfano… Un recorrido abreviado de entre siete y nueve partidos conducía hasta la Orejona.

Si Simeone alza la Liga de Campeones conseguirá lo que nadie: ganar la Liga y la Copa de su país, más la Supercopa nacional, y las tres competencias europeas posibles, la UEFA League, la Champions y la Supercopa continental. Todos los trofeos y con el mismo club. Y en un puñado de temporadas. ¿Y si pierde? Llorará Neptuno, las burlas merengues no acabarán jamás, Simeone tragará el veneno de la derrota y será infeliz hasta que proyecte su relanzamiento. Se excede: “Sólo me importa ganar. Para eso me preparo, no para gustarle a nadie“. ¿Hay necesidad de subrayar el desdén por la belleza del juego? Nunca pide que lo comprendan, simplemente vive así. Como tiene un enérgico rechazo por la indiferencia, no se preocupa.

Si gana… Atravesará un umbral inédito. Nadie lo hizo. Ni Pep Guardiola ni José Mourinho. Tampoco Carlo Ancelotti ni Jupp Heynckes ni Fabio Capello. Ni Ottmar Hitzfeld ni Alex Ferguson. Ni Emery. Tampoco Claudio Ranieri ni Marcello Lippi ni Arrigo Sacchi. Ni Johan Cruyff. Claro, algunos siempre dirigieron en la elite, nunca condujeron un club que por ejemplo tuviera que participar en la Europa League, el trofeo complementario… Punto a favor de Simeone entonces: encadenó sus éxitos con menores recursos. “Sólo el corazón les puede ganar a los presupuestos”, recuerda siempre el Cholo. Porque si bien creció la billetera rojiblanca desde su desembarco, la desventaja en millones con los Gigantes del continente aún es impactante.

Rafa Benítez, Giovanni Trapattoni y Louis van Gaal sí atraparon el Sexteto, pero entre varios clubes, diferentes ligas y muchos más años. Si de todos modos nada sirviera como argumentación para sostener la discusión original, la talla de los nombres en danza ya posicionaría a Diego Simeone en un lote de excelencia. Pero él detesta el confort y maldice la resignación. Va por las zonas inexploradas, ahí donde aún nadie llegó.