La verdadera causa de Donald Trump

A través del ejercicio de la tolerancia podremos construir relaciones de respeto y armonía
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La verdadera causa de Donald Trump
La verdadera causa de Donald Trump
Foto: Getty Images

Es innegable que, a pocos meses de haber asumido su mandato, se ha convertido en una cuestión rutinaria escuchar acusaciones hacia Trump. A la vez, es prácticamente impensado que un presidente recientemente en funciones no enfrente un sector determinado de la sociedad manifestando en su contra. Pero ¿qué ocurre cuando muchos sectores son los querellantes?

Estas imputaciones, provenientes de diversos sectores, en su mayoría están dirigidas hacia las políticas que el presidente proyecta frente a las minorías de este país. Y cuando esto sucede, lógicamente las palabras racismo, sexismo, clasismo, xenofobia, homofobia, etc., son moneda corriente en el discurso popular. Cuando tantas personas y/o grupos sociales de distinto origen y con diferentes intereses denuncian su malestar, angustia frente a la discriminación que sufren en esas políticas de gobierno, ¿es realmente válido fraccionar el análisis y hablar de racismo, sexismo, clasismo, xenofobia, homofobia? ¿Como si fueran síntomas independientes pero que coinciden en un mismo momento? ¿Realmente pensamos que el señor Trump odia a cada una de las minorías por separado? No lo creo. Creo que es peor aún. El síntoma que evidencia tiene mucho más que ver con la intolerancia extrema que con diferentes percepciones de la gente “de su propio país” y a la cual representa.

 Entiendo que a partir de su intolerancia se proyectan el resto de sus sentimientos, y no al revés. Donald Trump no tolera nada de lo que es diferente a él, por lo que quedamos la gran mayoría de las personas afuera de su “selecto círculo social”. La gran paradoja es que él representa y gobierna un país en donde el estandarte es justamente la diversidad, un país constituido y construido por inmigrantes, sinónimo de diferencia. La diferencia enriquece al ser humano, aquello que él no tolera es lo que la mayoría de nosotros pensamos que nos ennoblece. Y me refiero a la mayoría porque en un país de inmigrantes la mayoría es diferente. La tolerancia es la condición que nos permite convivir con el prójimo, en cualquier ámbito.

Todos sabemos lo difícil que es la convivencia con otra/s persona/s, más allá de la relación que tengamos con esa/s persona/s. A través del ejercicio de la tolerancia podremos construir relaciones de respeto y armonía. La tolerancia es la capacidad de aceptar la diferencia, es sinónimo de respeto. El que no respeta es porque no puede aceptar la diferencia del otro. Aceptar es dejar pasar (la diferencia) sin cuestionamientos, de ningún tipo.

 Todo intolerante será en consecuencia agresivo, pues si algo caracteriza a este síntoma, y por ende al grupo de personas que lo padece, es la necesidad de querer cambiar al otro. Justamente porque no se lo acepta, y, ante el inevitable fracaso, sobreviene la frustración, que deriva en agresividad y angustia, y así se da paso a un nuevo síntoma cerrando el ciclo patológico. Donald Trump es un muy buen exponente de este sistema. Por eso cada vez que se lo confronta desde la diferencia (de ideas, de opiniones, de sentimientos) su respuesta es sistemáticamente agresiva o atacando a su “adversario”. Desde su perspectiva, o se está a favor, o se está en contra, no admite espacio a poder convivir (en buenos términos) con la diferencia. El intolerante también puede ser fanático.  El fanático es aquél que busca o defiende una causa de manera extrema y/o apasionada más allá de lo socialmente aceptado, que cruza el límite, en otras palabras. Es casi imposible entonces toparse con un fanático que no esté sesgado o cegado por su pasión, es decir por su causa, entiéndase, su vínculo personal con esa causa. Este es el caso de Trump nuevamente, que, a mi entender, su causa tiene un vínculo personal con su síntoma (intolerancia). Y esto en un presidente resulta alarmante. Pensemos que nos podría estar gobernando desde su síntoma y no desde sus ideales. Su “pasión” (fanatismo) no está dirigida a un deporte o a un pasatiempo, sino que está orientada a su causapersonal. Al igual que ocurre con los terroristas, cuya causa excede el límite de la razón, del sentido común, del límite impuesto por el respeto al otro, o por la vida del otro. ¿Cuál es la causa de Trump? Combatir al terrorismo. ¿Por qué Trump insiste tanto, obsesivamente, con la idea de combatir al terrorismo? Idea con la que todos estamos alineados, desde luego. Pero… ¿estamos o no de acuerdo en que en él se vislumbra un vínculo personal (sintomático) cuando hace alusión al tema? Da la impresión de que habla de una causa personal y no de la de un país. La causa del terrorista es la aniquilación, el fanatismo, la irracionalidad, es hacer justicia por mano propia, es ignorar las normas (instituciones) y dar lugar al impulso demoledor. Trump parece apasionarse tanto por su causa que suena personal, domina su discurso, ocupa el centro de su interés, y lo hace actuar y arengar de forma impulsiva. Cuando los seres humanos reaccionamos de esta forma casi siempre hay una cuestión personal que gobierna nuestra voluntad. Trump está tan obsesionado con esta causa porque tal vez pertenece al mismo linaje.

A juzgar por su comportamiento, Trump parece identificarse con la “causa terrorista”, sólo que se ubica en la vereda de enfrente, elije ser “the good guy” luchando contra “the bad guys”. Pero su lógica es la misma, su esencia no difiere de la lógica terrorista, aunque el objetivo sí sea diferente. Y si prestamos atención al discurso de Trump podemos reparar en que está plagado de vocabulario infantil, en donde los “buenos” luchan por “la seguridad y el bien” y los malos “nos quieren destruir”, más propio de un juego de niños que de un presidente.

 

Considero necesario declarar que todo el contenido de este artículo, incluidas las apreciaciones que ilustro en el mismo referidas al señor Donald Trump, no deberían valorarse como un diagnóstico profesional, y sí desde una óptica crítica (subjetiva) con contenido clínico dada la idoneidad que me brindan varios años de experiencia y formación profesional. Asimismo, no es mi intención violar la regla Goldwater que se refiere al nombre informal dado a la sección 7.3 del código de ética de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA), que indica que no es ético para los psiquiatras ofrecer una opinión profesional sobre las figuras públicas que no han sido examinadas en persona ni han brindado consentimiento para discutir su salud mental en contextos públicos. También creo oportuno agregar que, si bien esta regla se limita a los psiquiatras, al tratarse de un asunto de ética los demás profesionales de la salud mental deberíamos adherirnos.